Registro Público Ana isabel Barrientos Bonilla

La visionaria

Hace 30 años, Ana Barrientos descubrió que la artesanía tica era un mundo en blanco y negro que no dialogaba con su entorno. Desde entonces, trabaja para que el arte popular costarricense adquiera las destrezas de un lenguaje universal

Por María Montero 6 de junio, 2015

Fotos de David Bolaños

Esperanza Bonilla era una mujer diminuta, que daba la sensación de ser indestructible. Maestra apasionada, su mayor afición era ampliar la base social del Magisterio, pues estaba convencida de que podía convertir a todo el mundo en maestro, y no puede decirse que no lo intentara. 

Convirtió en maestro a su marido –finquero cafetalero–, y también a sus dos hijas y a sus cuatro hijos. Todas las muchachas de campo que pasaron por su casa por razones de trabajo, o por la razón que fuera, terminaron alfabetizadas y reinstaladas al frente de una pizarra. 

Tenía un caserón en barrio Carit, en el centro de San José, que vivía lleno de gente y donde siempre sucedían muchas cosas a la vez. Si uno por casualidad llegaba temprano, podía toparse al expresidente Calderón Guardia tomando café, a un vendedor de naranjas conversando en la cocina o despedir a un grupo de bomberos que habían pasado a saludar. 

Doña Esperanza era culta, entusiasta y generosa. Le gustaba leer, declamar, salir en obras de teatro e, incluso, organizar largos paseos en carreta. Amaba San José, cuyas calles recorría prácticamente todos los días y en cuyos almacenes la llamaban por su nombre y, si era el caso, lo anotaban en una libreta para que pasara a pagar después. 

Para Ana, describir a su abuela es el primer paso para describirse a sí misma. 

“Yo vivía con ella porque en esos tiempos se acostumbraba que la hermana menor se quedaba con la mamá, y mi mamá fue la menor de sus hermanos. En la casa de mi abuela todo era mágico. Era alguien fuera de serie. Más bajita que yo... No conocía límites. Fue determinante en mi vida”. 

Ana Barrientos Bonilla es pequeñita, laboriosa y despistada como un cometa. Sobrelleva sin errores una ansiosa serenidad pero, cuando algo le interesa, puede enfocarse en ello de por vida. Este año cumplirá 58 –el 19 de noviembre– y si puede seguir celebrando sus cumpleaños es justamente porque hace tres dejó su adicción a la nicotina. Antes fumaba con dedicación exclusiva y ahora tiene que conformarse con respirar aire puro. No tuvo más remedio: el freno se lo puso un infarto. 

Tiene su propia fortaleza en Curridabat. Una construcción amplia y llena de luz, con un solar interior repoblado con elementos básicos para el aprendizaje (mesas, sillas, plantas) que comparte con su única hija, Paloma, de 24 años, quien hace poco terminó Administración de Empresas, su segunda carrera. Es, como todas las que ha tenido hasta ahora, una casa alquilada. 

El paisaje general describe el tipo de trabajo que Ana ha hecho toda su vida y que, si pudiera resumirse en una frase, sería “empujar a los demás”. 

El 2014 no fue su mejor año así que, tras una temporada vital inclemente, hace un mes reabrió sus legendarios ‘talleres de creatividad y diseño’. Su casa volvió a transformarse en un centro comunal donde, como por arte de magia, todo proceso es colectivo pero individual, turbulento pero introspectivo. 

“Es la historia de mi vida”, comenta Ana, a propósito del 2014. “Yo me caigo, y hay una fuerza que me vuelve a levantar”. 

Ana estudió Diseño en la Universidad de Costa Rica y, gracias a su propia visión más que al diseño mismo, se ha pasado toda su vida rodeada de desconocidos que esperaban que ella les ayudara a plasmar y mejorar sus ideas creativas, incluso sus inquietudes artísticas, hasta convertirlas en negocios o, como está de moda decir ahora, en “emprendimientos”. 

“Nos pertenece ser creativos. La creatividad es una herramienta sumamente importante que la gente por lo general relaciona con pintar o tocar música, pero la creatividad también puede ser una herramienta económica y comercial, sólo que necesita espacio psicológico. Se trata de que la gente recupere la fe en sí misma”. 

El conocido mascarero de Tres Ríos, Alfonso "Pocho" Vega: amigo, alumno y maestro de Ana Barrientos. 

Las experiencias laborales de Ana se remontan 35 años atrás y se ubican en cualquier punto del mapa costarricense. Empezó trabajando como ilustradora, diseñadora y fotógrafa, y terminó como capacitadora y desarrolladora de proyectos. Colaboró para el Alto Comisionado de Naciones Unidas para Refugiados, la Asociación de Artes y Tradiciones Populares, la Unión de Artesanos Bruncas… 

Recorrió prácticamente todo el país capacitando grupos de artesanos, en su mayoría y, para hacerlo, invirtió casi todo su tiempo. Como tampoco lo hizo sola, le cuesta abandonar el plural y constantemente recurre al “nosotros”. 

Hasta finales de los años 90, cuando su hija Paloma tenía 7 años, su otra mitad fue su antigua pareja, el diseñador Fernando Páramo, con el cual aún está casada, aunque del papel no pasa. 

“Nosotros nos encontramos con una Costa Rica que quería contar sus historias. Lo que hicimos con la gente fue darle herramientas para que pudieran comunicarlas”. 

Juntos crearon una especie de movimiento de renovación del diseño artesanal costarricense que impactó, principalmente, a comunidades de zonas rurales: los mascareros borucas, un pequeño poblado en la selva de Bahía Drake, antiguos oreros de Osa, agricultores sancarleños, mujeres de Monteverde, habitantes de Pavones, productores de cabuya en El Guarco de Cartago… 

En cada lugar al que iban a montar un proyecto o dar un taller, enseñaban, y lógicamente, aprendían. Uno de sus grandes hallazgos fue unir las experiencias del artesano y el diseñador en la creación de productos, algo que hoy parece una obviedad, pero que hace 30 años no lo era. 

Fue un proceso largo y difícil, porque era un camino que prácticamente nadie había recorrido. 

“Nos empezamos a dar cuenta de que vivimos en un país lleno de color, pero que no se reflejaba en la artesanía. Esta era de dos colores, tierra o madera, y ¡tenía que competir contra el colorido guatemalteco y salvadoreño!” 

Muchas de sus decisiones sobre cómo trabajar con artesanos de aquí y de allá fueron guiadas por la intuición. El resultado desembocó en otro concepto víctima de abuso: la identidad. 

“Ahora hablar de identidad está de moda, pero yo hace muchos años hablo de identidad sin darme cuenta, porque todo tiene una historia”. 

Entonces no faltó el funcionario de alguna institución pública vinculada al sector turístico que renegara de su propuesta, con el argumento de que lo que estaban haciendo “no era artesanía costarricense”. 

“Yo siempre les decía: Qué raro. La gente con la que yo trabajo, se despierta en Costa Rica, vive en Costa Rica, tiene hijos costarricenses, y ustedes me dicen que lo que hacen no es de aquí y que no me pueden apoyar porque lo único que reconocen como artesanía costarricense es la carreta”. 

Un día, hace muchos años, una gringa llegó a la casa-taller que Ana y su esposo Fernando tenían en Tres Ríos, “para decirnos que ella quería recibir clases con nosotros”. La gringa tenía un grupo de mujeres de La Unión de Monterrey de San Carlos y quería montar un proyecto productivo basado en la artesanía. 

Empezó a ir y venir, pero los resultados no eran satisfactorios. Decidieron que tenían que reunirse y, después de mil obstáculos, las sancarleñas llegaron hasta el cuartel general en Tres Ríos. Ese día, casualmente, otro grupo de mujeres recibía clases de pintura, pero estas eran profesionales de la ciudad y empresarias, que veían la pintura como un pasatiempo. 

“Cuando vieron a todas las alumnas, dijeron: Nosotras queremos hacer lo que ellas hacen. Yo les dije que no se podía. ¿Por qué no?, preguntaron. ¡Porque ellas no necesitan trabajar y ustedes sí! Ellas dijeron: Es que nosotras queremos pintar”. 

–¿A vos no te interesaba formar pintores? 

–No, para nada. 

–¿Qué te interesaba? 

–La artesanía. Pintores no, porque además yo pensaba: ¡Se van a morir de hambre estas majes! Al cabo les dije: Bueno, está bien. Vamos a hacer una cosa. No vamos a criticar ni vamos a juzgar. Si va a ser una clase de arte, vamos a hablar de todo lo que nos está pasando. ¡Y vieras qué cosa más bella! Empezaron a hablar de que querían ir a un bar a tomarse una birra, a fumar, de que estaban enojadas con el doctor porque no las operaba y ya tenían un montón de hijos. Se abrieron por completo. Hablaron de la masturbación, de todos los tabúes, de los mirones del campo… Ellas me enseñaron mucho a mí. 

La gringa se llamaba –se llama– Rebecca Hart, una voluntaria del Cuerpo de Paz que, en 1990, fundó el colectivo de pintoras y muralistas Corazones Valientes o Brave Hearts. 

Ana y Fernando terminaron separándose al cabo de 20 años, pero Ana persistió, segura de que cualquier proyecto productivo exitoso requiere identidad, y que ella seguiría explorando nuevas metodologías para apoyar el emprendimiento de quien fuera. 

Por sus talleres han pasado indígenas, campesinos, amas de casa, pescadores, artesanos… Desde gente con una idea o un producto hasta otra con las manos vacías, pero determinada a saber de lo que es capaz. 

En el universo de las pymes todo el mundo la conoce porque, al igual que su abuela, Ana Barrientos tampoco le pone límites al trabajo. 

“Yo sencillamente soy conductora de eso que la gente siente y quiere. Primero, lo saco, y después le empiezo a dar forma. Con el tiempo descubrí que mis alumnos llegaban, aprendían aprendían aprendían, pero en un punto dejaban de aprender. Sin ser yo sicóloga, sentía que pegábamos contra algo, había un muro de dolor emocional que detenía el aprendizaje. Yo tengo que ‘hacer campo’ y botar ese muro”. 

Ha dado –y sigue dando– consultorías y apoyos para el Instituto Nacional de las Mujeres, el Ministerio de Cultura, el Museo del Oro, el Instituto Mixto de Ayuda Social, el Instituto Costarricense de Turismo, el Ministerio de Economía, Industria y Comercio, Café Britt, el Instituto Tecnológico de Costa Rica… 

En las dos últimas ediciones del Programa de Mejora Artesanal, Ana estuvo presente. Se comprometió hasta el fondo con este esfuerzo público-privado que, durante un año entero, capacitaba a artesanos de todo el país con herramientas de diseño, mercadeo, producción y propiedad intelectual, con el objetivo de que surgieran productos innovadores y con identidad local. El PMA probó ser un éxito, pero la edición de este año se canceló, Ana cree que por razones políticas. “Es el único programa que hay –había– hasta el momento para colaborar con los artesanos”, dice. Otra razón para dejar atrás el 2014. 

Pintora, consultora, desarrolladora, artesana. No se desdoblaría tanto si fuera contorsionista. Sin proponérselo, se convirtió en una de las pioneras en introducir la noción de diseño en la artesanía popular costarricense. Lo hizo a su modo, claro está. 

“Yo nunca hablo de diseño, porque el diseño es muy aburrido, son cosas matemáticas… equilibrio, peso, trazo, punto, línea… elementos totalmente abstractos. El diseño es una herramienta muy funcional, indispensable, pero yo también trabajo con las historias particulares y la creatividad de la gente, tratando de hacer un trabajo integral. Si pintás flores, no es solo que estás pintando flores, también estás pintando qué significan para vos, porque en el momento que yo me voy, vos ya sabés hacer cosas que te significan. Sos vos el que aprende a darle forma a las cosas que te significan”. 

Cada una de sus experiencias no merece un renglón aparte, sino un libro. 

Por ejemplo, la aventura con los mascareros de Boruca. “Cuando me meto en la zona indígena a trabajar, me doy cuenta de que la máscara está desapareciendo, entonces se nos ocurre contratar a los verdaderos maestros mascareros para que dieran clases a otros, para ver si lográbamos reactivar ciertas tradiciones. A don Ismael González Lázaro le dije que no, que con niños no íbamos a trabajar. Por dicha no me hizo caso. Ahí se empezó a reactivar la artesanía indígena”. 

La introducción del color en el proceso de creación de estas máscaras, convirtió a Ana en facilitadora de uno de los proyectos más exitosos e innovadores a nivel centroamericano, con ventas que hoy día representan el 80 por ciento de las entradas económicas de este territorio. 

“Entre 1000 y 1500 máscaras vendidas al mes”, asegura. 

“Vimos el potencial, porque los diablitos eran todas máscaras blancas de balsa. Nadie nos apoyó y fuimos muy criticados, porque decían que esa comunidad tenía que quedarse así, pero nosotros asumimos la responsabilidad”. 

Ana se describe como una muchacha sencilla de los barrios del Sur, indolente para el estudio, lectora voraz, que un día llegó a la universidad y empezó a estudiar Trabajo Social, creyendo que así sería mejor persona. Al ratito se dio cuenta de que no podía entregarse al prójimo de esa manera, y el papá de una compañera le sugirió que probara con una carrera artística. 

“Vos tenés pinta como de que te gusta el arte”, le dijo el señor. Ella pensó: “¿En serio?”

Ana no había dibujado nunca en su vida y tampoco había hecho nada para que alguien albergara la mínima esperanza en sus dotes artísticas, pero apenas puso un pie en la facultad de Bellas Artes, supo que había llegado a su destino. Eso fue a inicios de la década del 70. 

“Vieras qué impactante fue, sin yo hacer nada. Entré a ver y sentí que había llegado a mi casa. Fue un sentimiento total y absoluto. Una seguridad en el corazón de que estaba donde tenía que estar”. 

Lil Mena y Ana Barrientos. El trabajo las unió en el pasado, en la extinta Asociación de Artes y Tradiciones Populares. Hoy las une la amistad. 

La experiencia de estos años la han llevado a una certeza sin salida: absolutamente todo tiene una historia, y ese material es el germen de una fortuna. 

“Yo me dije: Jamás voy a ser maestra. Jamás de los jamases. Y vea qué interesante. Todos mis tíos fueron maestros, sus esposas fueron maestras y los primeros nietos también fueron maestros. Vengo de una generación que rompió el esquema familiar –unos médicos, diseñadores, arquitectos, abogados– pero yo vuelvo al origen y me convierto en pedagoga… Me encanta pero me encanta”. 

En su propia biografía, la figura diminuta e inconmensurable de su abuela, la maestra Esperanza Bonilla, está al principio de todo. Quizá por eso, cuando habla de sí misma, empieza un par de generaciones atrás. 

Ana se reacomoda en las palabras de su propio relato, y agrega: “Mi abuela se parece mucho a mí”.  




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