Registro Público Rosa Marina Sánchez Molina

La guitarra

Lo primero que hizo Rosa Sánchez cuando se fue de Costa Rica, hace 20 años, fue tener un accidente. Tardó 4 años en llegar a su destino, Brasil, y de ahí se fue a México y luego a Barcelona. Solo quería cantar y fue lo que hizo

Por María Montero 23 de mayo, 2015

Fotos de Rodrigo Vázquez

Rosa no dio muchas explicaciones antes de subirse a la lancha, y tampoco se las pidieron. Tenía 20 años, pero una carita de 15. Dijo que quería llegar hasta Colombia y preguntó si la podían acercar a su destino, saltando de isla en isla. Ellos –las dos mujeres y el hombre de la etnia cuna– le respondieron que bastaba con que les ayudara a cargar unas cosas y que partirían en media hora. En realidad, se lo dijo el hombre, que era el único que hablaba español. Todo iba bien hasta ese momento. 

Rosa había salido de Costa Rica cinco días antes y aún le faltaban 5 mil kilómetros de recorrido. 

No tenía ningún apuro. Su agenda estaba en blanco, sin direcciones ni teléfonos, y su único plan era dar un paso después del otro hasta llegar a Brasil, el lugar donde absorbería toda la música que necesitaba para su repertorio. Estaba tranquila y confiada, porque realmente creía que para cruzar el tapón del Darién bastaba con poner su dedito en el mapa de Suramérica.

Isla El Porvenir, capital de la comunidad Kuna Yala, Panamá, 1997. 

Al poco rato de navegar, desacostumbrada al movimiento de la lancha, se dobló contra el borde y vomitó sin remedio. Las mujeres se rieron de ella hasta que el motor se apagó de pronto y la lancha empezó a zozobrar. Eran como las 2 de la tarde y, aunque todo se veía con claridad, Rosa no entendía por qué las mujeres empezaban a inquietarse de una forma que ella consideró algo prematura. 

Desde su punto de vista, la situación no era alarmante. La costa se dibujaba a lo lejos y mientras no la perdieran de vista, ¿qué podía salir mal? Incluso la lancha –un cascaroncillo de pocos metros– se iba acercando poco a poco a tierra firme, lo cual era muy tranquilizador –según Rosa–, pero conforme esto pasaba, los gritos y la desesperación de las mujeres aumentaba, tanto así, que estuvieron a punto de lanzarse por la borda varias veces.

El verdadero terror de Rosa era que se los tragara el mar abierto, mientras que el de las mujeres era el opuesto. Pegaban gritos ininteligibles y se agarraban de los vestidos. Al parecer, ellas sabían algo que Rosa no.

Cartagena de Indias, Colombia, 1997. 

Con casi 400 islitas, el archipiélago de San Blas salpica la costa caribeña de Panamá y es el territorio ancestral de los indios cuna, además de una vía ineludible para quienes se aventuran a cruzar de América Central a América del Sur sin despegarse de la tierra, que es como decir el agua. Incluso en un mapa es difícil detectar las islas, porque son imperceptibles junto a la masa continental, pero ya de cerca, el paisaje no solo revela millones de playas de arena blanca y agua turquesa, sino también los arrecifes que, como anillos de piedra sólida y profunda, rodean cada pedazo de tierra. Cuando Rosa los descubrió, la lancha ya volaba por los aires, sobre las olas, a punto de reventarse contra el filoso borde coralino. El desastre era inminente. 

Arrastradas por la corriente, lancha y tripulación estaban a punto de estrellarse contra las rocas. 

“Parecía el toro mecánico”, recuerda Rosa. “Las cosas volaban”.

El Porvenir, Panamá, 1997. 

Fue entonces cuando Rosa vio que había dos cuerdas muy largas amarradas a cada extremo de la lancha. Pensó rápido. Decidió que si nadaba hasta una piedra lejana que sobresalía en aguas tranquilas, tal vez podría jalar la lancha hasta ella. Aulló su pregunta en medio de los gritos y oyó la voz del hombre. ¡Láncese!

Los metros que nadó estilo perrito le parecieron interminables, pero consiguió llegar a la piedra y seguir su plan. De pronto, una masa de agua, gigantesca como un tsunami, emergió frente a sus ojos. Rosa vio un espectáculo deslumbrante: la lancha remontaba la ola y empezaba a caer en picada sobre su cabeza. Rosa pensó que el verdadero desastre sería su biografía: morirse tan cerca de Costa Rica, sin siquiera haber llegado a Colombia.

Santa Isabel, Panamá, 1997. 

Como en las películas, Rosa vio pasar su vida en un segundo, e inmediatamente la invadió otra certeza: no iba a morirse todavía. Se lanzó al agua. Las olas la arrastraban hacia el fondo y la restregaban contra las piedras y los erizos de mar, pero cuando abrió los ojos de nuevo, se vio tirada como un náufrago sobre las planchas de coral muerto. 

Todos estaban desperdigados en la costa, expulsados de la lancha, que también estaba escupiendo agua sobre la arena.

Lograron empujar la embarcación hasta un estero, donde pasaron la noche. Al día siguiente, Rosa caminó 10 horas en busca de ayuda, sin conseguirla. Más tarde fueron rescatados por una avioneta que los trasladó a la isla El Porvenir, porque una de las dos mujeres era la hija del saila, la autoridad política del lugar. 

El naufragio cambió el estatus de Rosa frente a los lugareños, que la invitaron a quedarse con ellos el tiempo que quisiera. Vivió cuatro meses en El Porvenir antes de retomar su camino, y así empezó su verdadero viaje, el que la llevaría hacia el estilo de vida errante que aún conserva.

“Fue el dolor de espalda más grande de mi vida”.

En una plaza de Bogotá, en 1998. 

Rosa no está sentada en la terraza de un restaurante en las inmediaciones de la Universidad de Costa Rica por casualidad. Si regresa al país cada vez que puede es porque aún tiene recuerdos que alimentar y una familia en Villa Esperanza de Pavas, aunque su hermano mayor –quien es parte importantísima de ese núcleo de mamá, papá y hermanos– vive allá por Chicago, en Estados Unidos. 

Han pasado 20 años desde su primera salida del Costa Rica y, desde entonces todo ha cambiado, excepto una cosa. Para Rosa Marina Sánchez Molina, nacida en la maternidad Carit el 14 de abril de 1976, la música sigue siendo su pasaporte a cualquier parte.

Sus ganas de tocar guitarra las descubrió sin necesidad de viajar; le bastó con seguir un impulso conocido, el mismo que hacía que su papá y su tíos siempre terminaran rasgando sus penas y alegrías abrazados a una. 

“En mi familia todos eran guitarreros y cantores, así que desde chiquita yo agarraba la guitarra y era una cosa frustrante, porque no me sonaba tan bonito como a ellos”, recuerda Rosa.

Ese fue un ejemplo que no le costó seguir, porque Rosa –única mujer entre tres hermanos varones, desobediente y terca por naturaleza– decidió que aprendería a tocar guitarra antes que a lavar platos.

“Mi madre es buena persona, pero tenía su pensamiento, ese tan tradicional, de que yo tenía que servirle a mis hermanos. Ella sufrió un montón conmigo, y yo con ellos. Toda mi vida fui como un carajillo más, pero cuando mi mamá empezó a decir ésta se está haciendo grandecita y ya tiene que ponerse a lo suyo, cuando ya quisieron imponerme ese orden, fue imposible, yo no podía, me rebelaba de una forma instintiva”.

Años más tarde, cuando ya corría los riesgos de su propia aventura, Rosa aprendería que “uno no solo se va por sobrevivir, sino por vivir”, como le dijo una amiga. 

“Si me hubiera quedado en Costa Rica, no sé qué hubiera sido de mi existencia… estaría en el siquiátrico o algo”.

Rurrenabaque, Bolivia, 1999. 

Empezó a los 12 años con métodos de guitarra popular, y después siguió en una academia del centro de San José, donde descubrió la trova y sus efectos secundarios. La guitarra sustituyó todo, incluso los estudios académicos. Quiso terminar el colegio, pero no lo hizo. “Cuando eran los exámenes de Bachillerato, amanecí en una playa en Puerto Viejo, vieras qué desastre”. 

También pretendió estudiar música en la universidad, y estuvo muy cerca de lograrlo. 

“Lo intenté, pero no sé... yo tenía algo por dentro que me hacía irme a último momento para otro lado”.

Todo lo que Rosa necesita para trasladarse es una guitarra. Ella es el único mapa que la ha orientado y le ha permitido ejercitar su devoción por los instrumentos de la música latinoamericana, que son muchos, pero especialmente los prehispánicos, como la ocarina o el teponaxtle, y los ambientales, como la caracola.

Con su guitarra como principal medio de transporte y sustento, Rosa recorrió todas las calles de San José y casi todos sus bares. Con ella hizo lo mismo en casi todo el Cono Sur, donde vivió a salto de mata, con dinero y sin dinero. ¿Cómo se resume esa etapa de su vida? 

“Trabajaba, viajaba, conocía gente. Me enfermaba. Me curaba”. 

Cuando se acabó la travesía suramericana, recorrió toda Centroamérica, hasta que encontró abrigo en Chiapas, donde vivió del 2001 al 2008, y por último en Barcelona, donde se curó del mal de amores que había contraído en México, y donde vive hasta la fecha. En esta ciudad española conoció al músico Héctor Serrano. Junto a él fundó, hace seis años, el conjunto Rosa Sánchez Quinteto, el único quinteto del mundo que cuenta con 11 integrantes. Musicazos todos, aunque con dudoso talento para la artimética.

La voz de Rosa es un potente rugido que se ajusta muy bien a la tradición de la canción protesta latinoamericana, aunque basta con escucharla metida en una salsa para saber que su talante es más combativo que competitivo, porque podría desplumar fácilmente a más de una diva, y no lo ha hecho. 

Su estilo musical irradia sin pudor la influencia de Chavela Vargas, Mercedes Sosa y Violeta Parra, por mencionar a tres intérpretes que ella misma nombra en la conversación.

–¿Influencias masculinas?

–Por el tema de la poesía y la música, Silvio Rodríguez y claro, Caetano Veloso. Me gustan mucho las voces graves.

–¿Tipo Leonard Cohen?

–¿Quién es ese?

–Un poeta canadiense.

–No lo conozco, fijate. Voy a conocerlo.

“Yo me dedico a la música latinoamericana, todo, desde el Brasil hasta Veracruz… Conozco bien los ritmos de varias regiones de México, como el son jarocho, ritmos andinos o afrocolombianos, caribeños, argentinos, chilenos… empecé con la guitarra, seguí con el charango, el cavaquiño brasileño, y no he terminado de aprender todavía… ”

Rosa lleva los nombres de sus dos abuelas y una sonrisa permanente en el cuerpo, que no es pequeño. Se mueve ligera entre dos continentes y lo único que le pesa es no poder cargar con todos sus instrumentos cuando va o cuando viene. Canta para ganarse la vida, aunque antes podría ganarse el cielo pues, cuando se lo piden, también arremete en nombre de la solidaridad y otras causas sociales, generalmente ligadas a la promoción de derechos de mujeres e inmigrantes.

“Me gusta mucho la temática social. Para mí, la música tiene que tener un contenido que nos aporte algo, que nos diga algo, y también a la Humanidad, aunque sea un poquito, aunque sea un momento, que algo quede a través de la música…”

Asegura que pasó muchos años sin darse cuenta de cuál era su estilo musical, y que fue en México donde finalmente le puso nombre y apellido a su vocación. 

“Los viajes me fueron enseñando géneros, ritmos, instrumentos, a conocer el mundo de la música latinoamericana, pero estando ahí, en el camino. Esos sonidos me fueron cautivando. También iba buscando maestros y maestras, y así me iba formando yo solita, hasta que me di cuenta de que ésta era mi onda: la música de Latinoamérica, la música de los pueblos”.

Rosa no tiene hijos ni responsabilidades con nadie, pero sí un par de discos en su conciencia: Sonidos del camino, grabado artesanalmente durante su período mexicano, y Picante pero sabroso, grabado hace dos años al calor del quinteto, en Barcelona. En ambos se nota la determinación de Rosa en su doble papel como compositora e intérprete. 

Ambos discos tienen covers –como Cucurrucucú Paloma o La Macorina–, pero la mayoría de las canciones son de Rosa, con arreglos de otros y el sabor de todos. Rosa insiste en que su trabajo es “colectivo”, pues este quinteto, además de desafiar la exactitud de los números, también desafía el canon de la autoría.

En San Cristóbal de las Casas, Chiapas, México, 2001. 

En Costa Rica, Rosa es prácticamente una voz desconocida, aunque en términos de identidad, el tiempo que vivió aquí bastó para que ser tica no sea una opción y tampoco un destino. Ya ha vivido afuera la misma cantidad de años que pasó entre Alajuelita y Pavas. Rosa, naturalmente, se resiste a las imposiciones de cualquier tipo. A ella le encantaría venir más, cantar más. ¿Quién no quiere ser profeta en su tierra?

“Siento que aquí, con lo poquito que he tocado y la poquita bulla que he hecho, la gente es muy atenta y muy receptiva. A pesar de que no muevo medios, ni voy a los medios, la gente viene y se llenan los lugares donde me presento, tal vez porque es chiquitito y se corre la voz muy rápido… Cuando te vas de un sitio, desapareces de ahí. En la distancia, desde Barcelona, no sé cómo podría desarrollar mi carrera también en Costa Rica. No tengo ni la menor idea”.

Tikal, Guatemala, 2000. 

Antes vivió en El Raval, pero ahora vive en el barrio Gótico, uno de los más famosos de Barcelona. Sin embargo, Rosa ya está pensando en mudarse. Dice que una temporada en Italia no le cae mal a nadie, y según los antecedentes, sus posibilidades de migrar son cada vez mayores: solo el año pasado, ella y su guitarra viajaron ahí tres veces. 

Mientras tanto, en Barcelona, sigue una estricta rutina: observar qué le depara el día.

“Todo en mi vida gira en torno a la música. Me levanto por ahí de las 10 de la madrugada, hago ocarinas de barro, máscaras de papel maché, invento mis canciones... paso inventando todo el día, a veces se me olvida comer. Participo en asambleas con colectivos, reuniones que se hacen interminables. Eso me absorbe un montón de tiempo…”

Trata de no complicarse la vida, y a veces lo consigue. Sin embargo, sus pasos tienen un rumor colectivo, como si las suelas de sus zapatos arrastraran el bullicio de tantos viajes y canciones.

“Vivo sola en un estudio muy pequeño, con su cocinita, su habitación, una salita y ya está. No necesito más. Sólo cuando hago fiestas, pienso: ¿A dónde meto a tanta gente?”


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