Registro Público Zeneida Flores Valverde

La cuentacuentos

​Panchita asegura que en Escazú había verdaderas brujas que volaban en escoba y que, cuando el cura les echaba mostaza bendita, caían chingas y derrotadas en el centro de la plaza. Ella es, entre otras cosas, la memoria viva de su cantón.

Por María Montero 21 de Febrero, 2015

Fotos de Gloriana Jiménez

Miles de diplomas sobre la mesa del comedor; cientos de cartones de participación en cursos y talleres, más otros tantos de premios, menciones honoríficas y certámenes para adultos mayores de cuanta institución exista: desde la Caja hasta el ministerio de Cultura, pasando por la municipalidad de Escazú hasta la Universidad de Costa Rica. Los concursos literarios se convirtieron en su especialidad, pues con ellos dio rienda suelta a una memoria pendenciera, capaz de recordar, por ejemplo, los detalles de un diálogo sucedido hace más de 80 años, porque a Panchita le encanta recordar y, más todavía, escribir lo que recuerda.

Una vez se ganó un trofeo en un certamen literario de la zona de Escazú, Santa Ana y el cantón de Mora.

“Hice un poema muy lindo de un viejito, una viejita, los hijos y yo qué sé qué”

Panchita tiene mucho tiempo de ser viejita pero, desde entonces, se dedicó a recorrer la senda del libre albedrío, ida y vuelta. Antes no pudo. Dejó de ser enfermera a causa de un mal matrimonio (la condena duró 33 años) pero, tras la muerte de su marido, ni se pudo contener ni se quiso dominar. Estudiar Historia, viajar en avión, pintar, transcribir sus memorias, escribir poemas y participar activamente en la vida cultural de Escazú son algunas de las tareas que la han tenido ocupada las últimas décadas. Más que un ejercicio de acumulación o supervivencia, estudiar ha sido para Panchita una forma de introspección, porque haciéndolo descubrió que aún tenía mucha juventud sin estrenar. ¡Y tantas deudas pendientes! Además, el estudio le permitió desarrollar otro de sus talentos, algo que le fascina: guardar papeles. “Todo lo tengo allá en un sobre. Todo lo guardo”.

Hace 8 años se ganó el premio de Mejor Actriz en el Festival de Teatro de Escazú. Lo dice un diploma fechado el 10 de diciembre del 2007.

–Has visto lo que es la gente, vagabunda conmigo…, dice, mientras examina el pedazo de cartón.

–¿Y qué obra era?

–Uvieta.

–¿Y qué papel hacía usted?

–Ángel del Señor y el que tenía que reprender a Uvieta, porque Uvieta era muy malo. La gente gozaba conmigo porque Uvieta era un hombre muy machista.

Panchita persiguió al actor a chilillazo limpio por todo el salón del Liceo de Escazú. Claro que en la obra Dios le daba permiso de hacerlo, es más, Dios en persona la incitaba a darle su merecido al ingrato de Uvieta, que se había atrevido a retener a la Muerte encima de un palo. “¡Qué vamos a hacer con el mundo lleno de viejitos que no pueden morirse!”, le decía Panchita a Dios.
Fue un espectáculo largo, como de hora y media, para el cual los actores tuvieron que aprenderse un libreto y ensayar varias veces. Panchita dice que fue una experiencia inolvidable y que el auditorio estaba a reventar. Lo resume así: “Muy largo, muy bonito y muy complicado”, aunque enseguida añade una nueva versión del suceso, corregida y aumentada: “A mí no me gusta la fama, ¿vos sabés?”

Se llama Zeneida Flores Valverde, pero casi todos los que lo sabían ya están muertos. Incluso quienes aún lo saben, lo olvidan. Ella es, para todos los efectos, simplemente Panchita. Nació en su casa un Viernes Santo, “antitos de las tres de la tarde”, es decir, en San Antonio de Escazú, un 22 de marzo de 1923. Si la memoria no le falla –y ella jura por todos los santos que no le falla– empezó a entrenarse como enfermera a los 13 años en el hospital San Juan de Dios, al lado de monjas y doctores, especializándose en el cuidado de pacientes del área de oftalmología.

“Empecé ganando doce colones mensuales y, al cumplir los quince añitos, ya me pagaban ciento treinta colones”.

Tenía 26 cuando recibió uno de los encargos más importantes de su carrera: supervisar la recuperación del entonces presidente de la República, Otilio Ulate Blanco.

Al igual que muchísimas otras, Panchita convirtió la anécdota en un texto literario. Este, que ganó uno de los certámenes de la Asociación Gerontológica Costarricense, se titula Años Inolvidables.

–¿Y qué le pasó a don Otilio?

–Lo atropelló una bici

–Qué accidente más sin gracia.

–Diay, ni tanto, es que don Otilio… Vos sabés.

–No, Panchita, ¡no sé! ¿Qué le pasaba a don Otilio?

Se levanta todos los días entre cuatro y media y cinco de la mañana, pero no se acuesta temprano, todo lo contrario. Con facilidad llega al filo de la medianoche muy despabilada, rezando o viendo tele o pintando o escribiendo o conversando con alguna visita. “Los viejitos dormimos poquito”, dice casi con alegría, como si dormir fuera algo de por sí censurable.

En ambos extremos del día, ella encuentra qué hacer. Sus artesanías, hechas con piedras, palos, goma y pintura, son el mejor ejemplo de su temperamento, donde el sentido del humor y la creatividad se revuelcan hasta sus últimas consecuencias.

No le gusta entretenerse, le gusta trabajar. Si se tira de la cama apenas abre los ojos, es porque quiere ganar tiempo y hacer los oficios domésticos antes de que alguien le sugiera o la obligue a contratar asistencia. Ese alguien podría ser su hijo Luis Roberto que, a diferencia de sus dos hijas, aún vive con ella. “No quiero empleadas”, dice rotunda, y acto seguido, se suaviza: “¿No ve cómo tengo la casa? Todo aseadito. ¡Y en orden! Lo que a mí me encanta más es el orden. Esa cocina tiene 20 años; esa refrigeradora tiene 60. Yo cuido mucho mucho las cosas”.

Se arregla, barre el portal de su casa, limpia los cuartos, lava trastos, cocina y prepara su agenda de actividades exteriores, en caso de que las tuviera. Si se quedara en la casa, la diversión sería casi igual de grande.

Padece de presión alta, ríe con facilidad, chorrea café al menos dos veces al día y las siestas no le hacen ninguna gracia. Nunca anda desabrigada. Lleva taquitos de algodón en los oídos pero eso no le impide devolver los saludos que la gente le lanza desde la calle que sube hacia San Antonio, a través de la puerta de su casa, generalmente abierta. Parecería que todo la divierte y, también, que se hace buena compañía.

Cuenta que cuando era niña, Escazú era una zona apartada, sin luz ni apenas casas, llena de indios y supersticiones. El Cadejos, la Llorona y la bruja Zárate (“que en realidad se llamaba Saray Chang Díaz”) eran vecinos que, tarde o temprano, salían a darse una vuelta. “La gente era un poquito atrasada y las atormentaban mucho esa clases de espíritus”.
Recuerda que cierta vez, un domingo, su mamá la mandó al río a lavar una bolsa. Con sus propios ojitos vio a una mujer muy rara que salió espantada cañal abajo cuando la oyó cantar canciones religiosas. “Yo vi una señora con el pelo larguisisísimo que le tapaba la cara y el cuerpillo, y era menudita, solo pelo, con las patillas flaquititillas y negras”. Era la Tule Vieja, sin duda.
“Esos espíritus no entran al cielo y quedan vagando”, asegura.

“Mi mamá era muy bonita, hasta mayor era muy bonita, muy apetecida, muy amistosa. Una mujer le cogió idea… voy a decir el nombre, de por sí ya murió: Tiburcia González. Chiquitilla, fea, pelo espantado. Era muy feíta, pobrecita, sin forma en el cuerpo ni nada. Le tenía como envidia a mi mamá. Mamá era muy feliz, muy educada, muy cortés. Tenía un matrimonio muy bonito”.

“Un día le dice a mamá: Amalia Valverde, ¿usted cree en brujas? Y mamá le responde: No, yo no creo en brujas, eso no existe. ¡Sí existen!, le dijo Tiburcia, bien brava. Bueno, hoy es jueves, mañana me va a decir si había brujas o no, le dijo Tiburcia, dando media vuelta”.

“Dice mi mamá: ¡La Santísima Trinidad! Nos llamó a todos, los ocho. Vean, pase lo que pase hoy en la noche, ustedes no digan nada. Si oyen algo, no digan nada. Recemos el rosario primero para encomendarnos a Dios, pero pase lo que pase, no tengan miedo. La verdad, yo sí creo en brujas, pero esa vieja es mala y yo le dije que no creía para que no venga a fregar. Ya estábamos advertidos: Está bien, mamá está bien, le dijimos”.


“Ay, mamita, María. Ay Mariquita de Dios. A la media noche oímos que se nos estaba desarmando el techo. Era una casa vieja del finado Isidro Marín, y esa casa era de tejas. Ruuuun ruuuuun. ¡Era como un cuero viejo arrastrando todo el techo! ¡Por-esta-santa-cruz-que-me-está-oyendo-Tatica-Dios-que-no-puedo-mentir! Yo siempre he dicho la verdad. Nos fuimos en carrera a la cama de mamá. Ay mamá, mañana no va a amanecer ninguna teja, pero al otro día, la casa estaba intacta”.

“La Tiburcia llegó como a las 10 de la mañana y tocó la puerta. ¿Amalia Valverde? Sí, Tiburcia, aquí tengo cafecito caliente como a usted le gusta… Pase y le doy una tacita, con tortilla con queso. Entró y tomó café… ¿Y cómo les fue anoche?, preguntó. ¿Cómo les fue de qué? Yo, como saco achiote, asisto a maestros de escuela y trabajo mucho aquí con los chiquillos, Tiburcia, yo me acuesto cansada y no me doy cuenta de nada… Chiquillos, ¿ustedes oyeron algo? ¿Algo cómo qué?, dijimos. Nosotros no oímos nada. Y dice mi hermano, simulando: Yo me estaba soñando con mariposas muy lindas que llegaron a mi cama, de colores. ¿Cómo que no oyeron nada?, dijo Tiburcia muy disgustada. ¿Ustedes no oyeron nada? Y no le gustó. Le dio cólera, pateó una escoba que estaba atravesada en la puerta y salió en carrera. Adiós, Tiburcia, le dijo mamá, pero Tiburcia no le contestó y no volvió. No volvió nunca más.

“Antes las brujas caían en la plaza vieja, donde hoy está el parque. El padre Fuentes Chinchilla les echaba un poco de mostaza bendita y agua bendita y ahí caían desnudas, con la escoba, porque andaban volando”.

–Ay, no.

–Sí, hechiceras, de las malas. Caían ahí, volando desnudas. Volaban en las escobas de antes, como si fueran carros. Brujas brujas brujas de las hechiceras malas, de las que tenían un pacto con el diablo. Un día cayeron como 20 o 15 que andaban haciendo fechorías por todo Escazú. Salían a medianoche, y a las 2 o 3 de la mañana ya se iban. El padre les decía: ¡¡Cochinas, sucias!!, y ahí se iban, todas avergonzadas, y dejaban tiradas las escobas.

“Esas no son mentiras: es un cuento real. Por eso a Escazú se conoce como el pueblo de las brujas”.

–¿Y ya no hay?

–Ahora hay comerciales, pero no como las de antes.

Su papá era guitarrista y jornalero de San Antonio de Escazú, Pedro Flores Flores, y su mamá, oriunda de Alajuelita, no paraba de trabajar: Amalia Valverde Retana. Sacaba achiote, lavaba ajeno, vendía comida, bordaba en esterilla y cuidaba una marimba: Alcibiades, Noemi, Lauro, Telmo, Quirico, Flora y Amalia. Panchita fue la tercera de las ocho bocas que la pareja tuvo que alimentar.
Como a los 10 años empezó a vender ramitos de flores para ayudarle a su mamá, porque en su casa todos estaban enfermos y solo ellas dos podían trabajar. Todo por culpa de las brujas. Por esas fechas, su papá se murió de un derrame cerebral y, al cabo de otros 10 años, un fulminante cáncer de hígado se llevó a su mamá.

La única vez que Panchita desobedeció a su madre fue cuando se casó, porque su mamá no quería que le hiciera caso a un pretendiente en particular, un hombre corpulento llamado Roberto Fernández, electricista y guarda del Banco de Costa Rica y, más tarde, también del Country Club. Lo hizo cuando ésta ya había muerto. Panchita no está segura si el susodicho era 20 o 25 años mayor que ella, pero lo que sí recuerda con claridad es que a ella le daba miedo. Y entonces, ¿por qué se casó? Quizá por pura insistencia o porque, simplemente, era impensable que una mujer se negara a semejante propuesta. “Pero es que yo no sé… insistió tanto tanto tanto”.

Su matrimonio fue una agresión permanente. Duró 33 años y se acabó hace 26, tras la muerte del marido a causa del cáncer de estómago. Esos años fueron un extraño paréntesis en la vida de Panchita, una racha que prácticamente la obligó a suspender sus signos vitales. Dejó de trabajar y se quedó encerrada entre cuatro paredes, junto a sus hijos, padeciendo golpes y humillaciones. “Traía mujeres aquí a la casa y les decía que yo era la empleada de él”, recuerda.
Es algo de lo que Panchita no puede hablar sin ponerse cabizbaja, porque son años sinónimo de pobreza, violencia y soledad.

Está segura de que los viajes, así como todo lo demás, son regalos de Dios, porque Dios premia el sufrimiento, y ella tuvo de sobra. Solo a México fue cinco veces. Siempre que se montaba a un avión, se llevaba a su muñeca. A quienes le preguntaban, les decía que era un regalito muy querido por ella, un recuerdo de su infancia del que no podía separarse… pero ¡mentiras! Una amistad le había dicho que en los hoteles robaban y que mejor escondiera los dólares en el trasero de la muñeca. Así lo hizo durante años.

Panchita extiende unas fotocopias con un texto transcrito a mano. El encabezado dice Años Inolvidables.
“Trabajaba yo para ese momento con el Dr. Loría Cortés en el salón de niños del hospital antes mencionado… ya que no existía el Hospital de Niños, cuando se recibe el aviso de que el señor Otilio Ulate había sido atropellado por una bicicleta cuando pasaba por una calle josefina llamada La avenida de los Damas… lo que posteriormente se le llamó Antigua Licorera”.
“Ante tal circunstancia, el señor Presidente fue internado en el hospital y fui llamada por mi superior a cuidarlo y a atender sus necesidades… Cabe destacar que el paciente fue ubicado en el área de los niños, en un anexo con cuidados especiales”.
Viene a mi mente cómo un viernes de esa misma época, a la 1 p. m. me dijo: Mi pequeña institutriz, ¿me harías un favor? Yo amablemente le contesté: ¡¡Usted dirá!! Él, con tono suave, me pidió que saliera a la calle y que le realizara ¡una encomienda privada. Mi respuesta fue: Sí, señor Presidente, con mucho gusto…”

“Con el mensaje recibido, me dirigí hacia afuera, topándome con un guarda al cual le pedí que me dejara salir ya que necesitaba cumplir con un mandato del señor Presidente. El guarda, con voz tosca, me contestó: ¿Se puede saber qué es ese mandato? A lo que contesté que NO, ya que debo cumplir con la promesa de no contárselo a nadie”.

“Pues para no cansarlos con el cuento… y sacarlos de la duda… la encomienda tan ultrasecreta era… comprar media botella de guaro Cacique en la cantina Manzanero, la cual se ubicaba a los 400 m sur del hospital y cuyo valor fue de ¢4”.
“Luego de haber cumplido con la misión, me dirigí donde el Dr. Loría para informarle de lo acontecido y que tomara en cuenta la situación para que los medicamentos empleados en su tratamiento no afectaran a don Otilio… Agradeciendo la información brindada, el Dr. Loría toma las medidas del caso”.
“Pues bien, al llevarle el guaro a don Otilio, éste de forma jocosa me pidió que vaciara su medicina en un chupón grande… Yo sonreí y creí que era broma, pero muy sonriente me dice: ¡Hacelo, es verdad! Yo obedecí y se lo llevé a su cama, a lo cual, me dijo: Ahora podés irte donde querrás dentro del hospital porque yo voy a dormir. Luego, en forma relajada y chistosa se tapó la cara y empezó a hacer sonidos de llanto de bebé… algo así como o-e-a o-e-a o-e-a o-e-a… y se atacó de risa”.
“Cuando me disponía a salir del cuarto, escuché su voz decir: Niña, ¿qué querés que te regale?, y sin titubear le dije: Yo quiero una lorita que llore como usted. Él muy dulcemente sonreía”.

“El tiempo pasó y sus heridas sanaron y llegó el momento de la despedida. Fue entonces cuando llegaron los médicos y enfermeras para despedirlo. Don Otilio les pidió unas horas de tiempo para cumplir una promesa”.

“Entonces llamó a un conserje y le dijo: Venga por favor. Vaya al Mercado Central y búsqueme una lorita o un perico… En ese tiempo se vendían sin problemas… Fue así como a las 4 p. m. llegó el empleado con una cotorra en una jaulita verde, me la entregó y el señor Presidente me miró y me dijo: Mi pequeña, aquí tenés, misión cumplida. Luego, con una sonrisa en sus labios, se marchó”.
“Oh, Señor, qué experiencia tan bonita fue para mí tratar con don Otilio Ulate. Él estuvo siempre atento y fue un gran presidente de 1949 a 1953 y muere en San José un 25 de octubre de 1973. Aún recuerdo cuando vivía en San Rafael de Escazú, cerca de Hernán Fernández, primo de mi esposo”.
“Ay Costa Rica, danos presidentes como los de antes… No perfectos pero sí cumplidores de sus promesas”.



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