Registro Público Kirsha Waggon Moya

El Tesoro

​Kirsha estuvo a punto de abandonar las aulas, pero le ganó su inteligencia. Es una de las grandes riquezas de Aserrí, porque a sus 14 años, se ha convertido en una de las voces más autorizadas de su generación en temas de sexualidad

Por María Montero 28 de febrero, 2015

Fotos de Gloriana Jiménez

En el barrio Santa Cecilia de Aserrí huele a pan por todos lados, porque con los hornos de dos panaderías basta para que el barrio entero flote en una nube de azúcar tostada y bollitos recién horneados. Son las cinco de la tarde y la abuela de Kirsha, Maribel Corrales, acaba de chorrear café, pero Kirsha prefiere tomar fresco.

“¡Hola, Moya!”, exclama Kirsha, lanzando un saludo hacia su derecha.

Casi siempre, cuando regresa del colegio, en su casa están los que están hoy:

Su abuelito, Héctor Manuel Moya, un veterano corredor de maratones que, tras lesionarse para siempre las rodillas, se la pasa camuflado entre las matas de la entrada, en un improvisado taller al aire libre donde recicla bobinas con alambre de cobre; en su cuarto –encima de su cama–, sus hermanos gemelos de 6 años, Ethan y Dean, hipnotizados con la programación infantil, y por supuesto, su abuela, que es la encargada de que el entorno no pierda forma ni fondo.

Su mamá Ericka no está nunca, porque desde hace año y medio trabaja precisamente haciendo de mamá en otra casa, en el albergue que el Hospicio de Huérfanos de San José tiene en Vista de Mar de Goicoechea. Es la encargada de cuidar a los bebés, así que viene a la casa solo los domingos. Kirsha desearía verla más a menudo, pero comparte con ella la alegría de que encontrara un trabajo estable, porque hubo una época…. Mientras no se ven, hablan por teléfono o se mandan mensajes. Kirsha la adora, y posiblemente también la marea, porque lo repite cada vez que se acuerda. “Ella es mi luz. Mamá perfecta yo digo que solo la mía”.

Itzell, su hermana mayor y a quien Kirsha también ama con locura, está a veces. Itzell regresó a vivir con ellos en enero pasado, tras un año de vivir con su papá, tal y como lo había estado haciendo los últimos años, por temporadas. Nadie más que Itzell sabe dónde vive él. Casi todo alrededor de la figura paterna es un gran misterio, pero no desde que se fue con su nueva familia, hará unos cinco años, sino desde mucho antes. Kirsha sabe que es panameño pero no conoce su verdadero nombre porque, en su acta de nacimiento, quien la registró como papá fue un tío.

“Dice mi mamá que, a lo que ella sabe, se llama Jairo, pero no está segura”.

La última vez que se vieron, tuvieron un problema: él se enojó porque supuestamente Kirsha le dijo “bruja” a su esposa; eso aseguró la señora. Kirsha niega rotundamente los cargos.

–¿Y a qué se dedica tu papá?

–Es guardaespaldas. O algo así.

Es cierto que el liceo de Aserrí, donde estudiaba antes, le quedaba mucho más cerca de la casa, pero ella y su mamá decidieron que, después de fracasar en séptimo, lo mejor era pasarse, “por aquello de las amistades y por aquello de los profes”, aunque hubiera que hacer un sacrificio para los pases.

Como su hermana, Kirsha terminó matriculada en el liceo José María Castro Madriz, en barrio Córdoba, y dio la casualidad de que este año les tocó ser compañeras de clase, porque Itzel también ha tenido sus tropiezos. Su mamá no quería que las pusieran juntas, pero así sucedió.

Kirsha se siente buena en Informática (“aunque no es una materia-materia”) y en Cívica, y no podría rescatar mucho más de las otras 15 materias que le dan en el colegio. Algo es algo. Lo que Kirsha sí tiene son amplios, sólidos y muy actualizados conocimientos en materia de derechos sexuales y salud reproductiva. De hecho, la sexualidad humana, en toda su amplia gama de matices, es uno de sus temas favoritos de la vida.

“Cuando sea grande quiero estudiar Trabajo Social, es mi mayor anhelo y lo voy a cumplir. Dicen que los adolescentes son el futuro, pero yo digo que son el presente. El pasado, se borró; el presente, lo estamos escribiendo, y el futuro, no sabemos. He tenido la realización de ir a talleres con personas diversas, con personas jóvenes en embarazo o con discapacidades… entonces, yo veo que muchas veces las personas se sienten juzgadas, y creo que el mundo no está para juzgar, porque todos cometemos errores o simplemente somos diferentes. Las trabajadoras sociales le ayudan a las personas cuando tienen baja autoestima o cuando tienen problemas”.

No es cuento. En los últimos dos años, y gracias a la trabajadora social de la clínica de Aserrí, Liliana Mejía, Kirsha comenzó a recibir talleres de capacitación sobre autoestima, noviazgo saludable, explotación sexual comercial, diversidad... El primero que recibió fue uno de sexualidad: un curso completísimo de 12 módulos que duró casi un año y que llevó junto con su hermana Itzell. Desde entonces, se ha capacitado en medio centenar de talleres para jóvenes convocados por el ministerio de Cultura y Juventud, el Inamu, la Asociación Demográfica Costarricense, la Clínica de Aserrí, el Parque La Libertad...

El año pasado, Kirsha participó en dos actividades “increíbles”: el programa Tu voz vale, liderado por Unicef (que pretendía trasladar las preocupaciones de los jóvenes al plano político) y una auditoría ciudadana realizada a los servicios de salud sexual y reproductiva para adolescentes en seis clínicas y Ebais de la Caja, por iniciativa de la Red Nacional de Defensa y Promoción de Derechos Sexuales y Reproductivos (con el objetivo de lanzar sugerencias sobre cómo se podría mejorar la manera de brindar estos servicios a las personas menores de edad). Diez adolescentes, con una metodología específica, acudieron a estos centros de salud a hacer diversas consultas. El resultado fue revelador, pero por alguna razón, no sorprendente.

“Cuando fui al Ebais a consultar sobre cómo protegerme en una relación de mujeres, me mandaron a un psicólogo y me dijeron que si creía en Dios”.

–¿Cómo resumirías lo que has aprendido en todos los talleres?

–Que la integridad física no solo cuenta como uno, sino que, entre todos, también somos alguien.

–¿Qué es lo más importante que deberían saber los jóvenes?

–Que la sexualidad y la afectividad no son delitos, y que podemos hablar de ello sin tapujos.

–¿Cómo crees que debería verse la sexualidad de los adolescentes?

–Es un tema normal, y deberíamos estudiarlo como estudiamos ciencias o español. No creo que las clases de educación sexual y afectividad debiera darlas un profesor de ciencias, porque no basta con que ellos sepan de anatomía, aunque los genitales sí están involucrados en el tema. Yo creo que deberían encargarse a los sicólogos o a los trabajadores sociales, aunque tal vez no tienen plata para pagarles.

–¿Qué ves a tu alrededor?

–Ignorancia.

–¿Y lo peor de esa ignorancia?

–El miedo. El miedo de los jóvenes a equivocarse, a ser criticados, a ser despreciados, a que no valga su palabra.

–¿Tomaste alguna decisión?

–Ya me cansé de que las palabras de los demás me depriman, que las palabras de los demás me bajen la autoestima. Todos somos lo mismo en este mundo y nacimos para morir.

–¿Qué sabés ahora que no sabías antes?

–Hemos aprendido a ser fuertes, a madurar y a tener respeto por nosotros y por los demás… a no estar ni por encima ni por debajo de nadie.

–De todos los problemas que enfrenta la juventud en este país, ¿cuál te parece que es el más grave?

–El embarazo no deseado.

Hace dos años, Kirsha era otra persona; no solo se sentía “basura”, sino que todo a su alrededor parecía decirle que estaba en lo cierto. Era una niña precoz y curiosa, como suele haberlas y, en un entorno sin muchas opciones para el diálogo y la información, una cosa llevó a la otra: rebeldía, bajo rendimiento escolar, peleas, incomunicación. Ella y su mamá habían peleado casi por todo. Una de las razones fue que ésta la persuadió de dejar a un novio que no le convenía, y a la larga no se equivocó.

“Mi exnovio está en la cárcel y dejó a una muchacha embarazada. Ahora la muchacha está de nuevo embarazada y no sabe ni de quién es el hijo”.

Esa época coincidió con la decisión de su papá de abandonar la casa y desentenderse. La situación económica de la familia se vino a pique. Su mamá, desesperada, decidió sacar a ambas hermanas del colegio, pero no para facilitarles las cosas. “No nos dejó salir por tres meses, se lo juro, ni para recargar el teléfono”, interviene Itzell. La mamá obligó a las hermanas a llevar cursos de fotografía, repostería, chocolatería, manipulación de alimentos, manualidades… y de este modo, un día, se vieron todas en el consultorio de la trabajadora social, en la clínica de Aserrí. Esto mejoró notablemente el panorama. Y más tarde, ambas volvieron al colegio.

Kirsha tiene 14 años y sus dientes blancos guardan el alboroto de una dentición reciente, de alguien que hasta ayer tomaba biberón o se chupaba el dedo. Sin embargo, cuando narra sus experiencias como mujer, hija, hermana, novia o vecina, uno sabe que ella ha vivido a pasos agigantados y, a veces, forzados.

Nació el 9 de abril del 2000, en el Hospital de la Mujer. “La hora en que me dijo mami en que nací es a las cuatro y tres de la madrugada”.

Dice que es mala cocinera, pero su hermana no deja de recomendar sus chocolates, y su tiempo libre prácticamente no existe, porque se lo dedica al futbol o a ayudar en el bazar de sus “abuelos postizos”, José Luis Espinoza y Marita, o a sus tíos (Geovany, Roy y Rolo) o a sus hermanos.

“A mami le dijeron que eran gemelos el primer día que se dio cuenta que estaba embarazada, como a los dos meses, por los latidos de los corazones. Sonaba uno y detrás sonaba el otro. Ethan estaba acomodado en el lado derecho y Dean en el izquierdo”.

Hace como 15 días, Kirsha le enseñó a su tío de 28 años a poner un condón. El diálogo, según lo recuerda ella, transcurrió más o menos así:

–¿Qué, Rolo, ahorita pega panza?

–¡No cállese!

–¿Pero usted sabe poner un condón?

–Diay, sí, ahí, a como caiga.

–No sea tonto.

–No me diga eso. No me sale.

–Pérese un tirito.

Kirsha se fue a su cuarto y regresó con un condón en la mano. Dijo:

–Sí quiero tener un sobrinito… pero le voy a enseñar.

–¿Qué tiene ahí? ¡Si su mamá la ve, la mata!

–No, tranquilo. A mami ya le enseñé a ponerlo.

–¡Ay, usté está loca!

–¿Sabe cómo se abre?

–¡No se monte!

–¿Sabe o no?

Científicamente hablando, el tío no sabía, así que Kirsha agarró un banano (“¡Pobre banano, le tocó!”) y le dio una lección básica de educación sexual a su tío. En ese momento, la abuela llegó a la sala y les preguntó que qué estaban haciendo. El tío, nervioso, dijo que nada, que viendo tele. Kirsha le dijo la verdad a su abuela. “Le estaba enseñando a poner un condón a su hijito”.

–¡Y Diay! ¿No sabía?, exclamó la abuela.

“Soy demasiado extrovertida. La gente se asusta conmigo”, comenta Kirsha. “Dicen que yo no soy una persona normal. Eso es genial: así nadie llega a ser como yo”.

“Vamos al parque”, sugiere Kirsha.

Entonces salimos de su casa y caminamos unas tres cuadras hasta el parque de Aserrí, donde Itzell, que iba rumbo a la casa, nos descubre y se nos une. Durante un rato trata de estar callada, pero Kirsha quiere conocer su opinión sobre todos los asuntos tratados, así que muy pronto la voz de cada una está en el extremo de cada frase, como pasaba con el corazón de los gemelos: uno era el eco del otro y, al mismo tiempo, seguían latiendo de forma independiente. Nos morimos de frío, pero no nos movemos, y ninguna se da por vencida hasta que terminamos de hablar de todo esto.



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