Registro Público José Ángel Moya Salas

El Perro

​José Moya debe ser el único carnicero del Universo que tiene representante. Todo empezó en octubre anterior, cuando un video suyo se coló al ciberespacio sin su permiso. ‘Pegar porte’ lo llevó a la fama. Y la vara.

Por María Montero 7 de febrero, 2015

Fotos de Gloriana Jiménez

Esta mañana, José Ángel Moya Salas, mayor, soltero, de oficio carnicero y vecino de San Francisco de Concepción de Tres Ríos, conocido simplemente como Moya o Moyita, se levantó de su cama con más de 77 mil seguidores en su página oficial de Facebook.

De todo lo que se ha dicho, hay algo incontestable: el dinero –todo lo que el dinero puede comprar– definitivamente no es la raíz del fenómeno. Hasta ahora, la lista de quienes han solicitado la imagen del ciudadano Moya para promocionar sus productos sigue siendo modesta y algunos de ellos, incluso, han utilizado el trueque antes que el efectivo. Sus patrocinadores más fuertes son Pollo Happy, de Río Segundo, la marca de ropa Dafa y Copacabana Discomóvil.

El año recién comienza, pero el accidente electrónico que sufrió José Ángel a finales del año pasado ya podría considerarse el suceso viral de los ticos en este 2015.

Moya o Moyita, como se le conoce, volvió a nacer a finales del 2014, solo que esta vez nació como estrella de las redes sociales, muy a su pesar, en un principio. Todo sucedió así: Moyita tenía un teléfono inteligente, con cámara y whastapp, entre otras funciones tentadoras. Y entonces él, que nunca documentaba sus bromas, tuvo la ocurrencia de hacer un videíto y mandárselo a un amigo. Era domingo y venía llegando de misa. Se fue directo a su cuarto, se quitó la camisa, se aflojó la gorra y se plantó delante de la pequeña pantalla. Fueron 56 segundos en total, pero Moyita soltó la bomba en el primer segundo: “Véanme gente, aquí estoy yo, pegando porte y la vara…”

Repitió las mismas frases como si fuera un eco, manteniéndose siempre muy serio, mandó el archivo y se olvidó del asunto. Hace tres meses de esto.

Como carnicero de su comunidad, Moyita tiene 18 años de ser un personaje público.

Puede que no sepa mucho de cortes –toda la carne viene cortada y procesada–, pero él sabe lo más importante: cómo venderla. Trabaja jornadas de ocho horas en dos turnos, día o noche, con un día libre a la semana. Goza de un domingo cada 22 días.

Conoce a los clientes fijos y sabe mejor que nadie cuánta proteína mastican o dejan de masticar sus vecinos, lo cual tiene un sesgo de intimidad, de profundo conocimiento. Sin embargo, su participación en las actividades cotidianas de su pueblo no se limitan a labores tan mundanas como el kilo de molida o la posta de cerdo, sino también a las más altas esferas de su vida espiritual, porque la religión no ha sido una etapa más en la vida de Moyita, sino el telón de fondo de todo lo que le ha sucedido desde que estaba chiquillo.

Además de ir a misa o tratar de ser un cristiano de austera existencia, Moyita le imprimió dinamismo y estilo a su devoción católica gracias a las procesiones de Semana Santa, en las cuales participó como monaguillo, apóstol y Judas, personaje que interpretó una vez, aunque nunca fue de su agrado.

“Judas era cuando ya estaba en el grupo bíblico, cuando salía de apóstol, antes de pasarme a la tropa, porque ahí si uno quiere, se pasa. Fue el último año, no me gustó. El chavalo que nos escogía dijo que me quería seguir poniendo, pero dije que no, que ya no más”.

“Yo quería salir de San Juan, porque era muy bonito. Y me dijo: No, lo voy a poner de Judas porque Judas es bien feo. Entonces estuve un año y hasta ahí, ya no más. No volví”.

–Y ese chavalo que te puso a hacer de Judas, ¿quién era?

–Era el que hacía el papel de Jesús. Nos manejaba. Él escogía a la gente.

Entonces Moyita dio un giro radical: decidió que se convertiría en soldado romano, papel que interpreta hasta la fecha. Actualmente, Moyita desfila con la tropa de Concepción. Es un mandato, una misión, un honor y un placer. Nada sobre la Tierra, mucho menos las mieles de la fama, harían que no participara en las procesiones de este año. Ni del siguiente ni del siguiente.

 

“Si yo quiero, sigo ahí, si no, me salgo, pero me gusta mucho. Voy para 14 años de estar en la tropa de los soldados. Si usted no quiere salir de soldado puede salir de verdugo o porta-imagen o así, pero a mí me gusta más el soldado, para llevar la lanza, casco y escudo. Lanza, sí. Claro claro”.

En algún momento, Moyita trató de sacudirse y probó suerte por otros rumbos, pero no duró mucho y rápidamente volvió al rebaño.

–Antiguamente yo era metalero, rockero… usaba cadenas y así.

-¿Y qué te gustaba, qué oías?

-Música pesada.

-¿Como cuál?

-Maiden, Metallica, Sepultura.

-¿Y por qué cambió? Era un buen estilo.

-Es que no sé…

-¿En qué momento?

-En un momento, de pronto, porque también me estaba alejando de Dios, ajm…

-Ah, ¿de verdad?

-Porque los rockeros... Es que es tan fuerte, que usted al estar ahí con esta gente ahí, usted en ese momento, usted cambia. O sea, ya no quiere nada con Dios. Quiere estar con las cosas de Satán, nada más. Cosas del Diablo y todo. Agarrar la Biblia del Diablo, y leerla, y así, ¿sabe? Estar en esa onda. Ser metalero es muy pesado, y hay que meter al diablo en esas cosas. No iba a misa ni nada. Mi tata me decía, vaya a misa. ¡No, para qué! Creále a Dios. ¡No existe dios! El ser metalero es muy pesado.

El único hijo de Rigoberto Moya Salas, policía y misceláneo ya pensionado, y Mercedes Salas Mora, ama de casa vitalicia, nació el 15 de setiembre de 1971, en San José, bajo el nombre de José Ángel. Católicos fervientes y trabajadores humildes, los padres se mudaron a San Francisco de Concepción de Tres Ríos cuando su hijo aún era muy pequeño. En esta comunidad, el padre levantó –hasta donde se lo permitió la fuerza de sus ingresos– una casa de madera.

Ni doña Mercedes ni don Rigoberto recuerdan cuánto llevan de casados. En su álbum de fotos no hay registro de fotos familiares donde aparezcan todos juntos ni tampoco de cuando José era pequeño. La única que tenían, Moyita se la llevó al trabajo y “se la quitaron” o “la perdió”. Las escenas cariñosas han aflorado debido a las entrevistas. Cada vez que se besan y abrazan, Moyita tiene que contenerse.

Los primeros años de José Ángel, tal y como él los recuerda, transcurrieron en un perímetro aún más pequeño que su barrio, libre de amistades, mejengas y otros lugares comunes de la infancia. ¿Fue a la escuela? Sí, sacó sexto grado en la escuela Fernando Terán Valls. ¿Y al colegio? También. Llegó hasta segundo año en el Técnico Profesional de Calle Blancos. Sin embargo, nunca aprendió a andar en bicicleta ni a nadar ni a jugar futbol.

"Bueno, tener infancia así, como jugar bola, y así, de carajillo, y jugar con carritos y todo eso, para serle sincero, infancia no tuve", relata José. “Y, además, si me invitaban, no me dejaban ir”.

Su trayecto era invariable: de la casa a la escuela y de la escuela a la casa. “Para ayudarle a mi mamá en los quehaceres”.

José tenía que estar ahí como un soldado, limpiando, barriendo, alimentando a las gallinas o limpiando el corral.“Yo veo carrillos y me alegro”, asegura.

-¿Todavía te hacen gracia?

-Por lo menos me hacen gracia, porque para jugar ya… como que no.

-Usted puede jugar, pero sin grabarse un video.

-Jugando carritos... Perroooo.

-¡Ahí sí que te harías más famoso!

-¿Todo infantil, dice usted? Porte y la vara con los carritos…

En el cuarto de Moyita hay objetos sagrados, además de los religiosos: uno es su lanza de soldado romano, con la que desfila en las procesiones, y otro, la gorra con la que grabó el video que lo hizo famoso. Moyita nunca ha salido del país, aunque su ropa diga lo contrario. Hace poco recibió una invitación de la comunidad tica en Los Ángeles, pero su representante cuenta que Moyita la rechazó por temor a un accidente y que sus padres queden desamparados.

Dejó el colegio y se dedicó a trabajar. ¿Por qué permanecer en un aula cuando podía salir a la calle a ganar dinero? Lo primero era una apuesta económica tan a largo plazo que ni siquiera era una opción, mientras que lo segundo era un acto de realismo puro que no planteaba ningún dilema.

“Quería trabajar. Quería plata”, cuenta Moyita. “Trabajé en una fábrica de muebles, en otra fábrica ahí en Tres Ríos, cogiendo café, en viveros… La verdad es que me he ganado la plata honradamente”.

En esa época su papá aún trabajaba como misceláneo en el hospital Calderón Guardia y su mamá seguía liderando los oficios domésticos entre cuatro paredes, hasta el día en que finalmente Moyita asumió la jefatura económica de su casa.

“Él se pensionó al poco tiempo de que yo salí del colegio”, relata. “Le dijeron que si más adelante hacía las vueltas para la pensión, le iba a costar más”.

Moyita tampoco se ha casado ni ha tenido hijos. Según su propio relato y el de sus padres, es un buen hijo, casero, bien portado y sin vicios.

–Leí que no tiene novia.

-No.

-¿Y diay?

-Sólo Dios sabe por qué.

-Bueno, pero usted también tiene que saber algo, no solo Dios.

-Sí, no, diay, no sé. No sé, es que…

-Ahora con la fama, tal vez eso cambie. Tal vez le sobren novias.

-No sé.

-¿Y qué, está ansioso?

-...Que vengan a mí... ¡Que vengan a mí todas las que estén cansadas! (ríe)

-¿Y nunca ha tenido una novia en el trabajo?

-Las del trabajo lo que hacen es que me vacilan. ¡Quién lo va a querer a usted!, me dicen. Ellas son así. Claro claro.

Introvertido pero no huraño, despistado hasta niveles místicos, sencillo pero no inocente, solitario, trabajador, humilde, muy liguista. Moyita también tiene una forma única de sonreír con gran seriedad. Se transforma delante de las cámaras, especialmente cuando es él quien sostiene el celular: le cambia la voz, se le oscurece la mirada, le tiembla la mano.

Una extraña emoción lo invade cuando repite esos lemas cortos y reiterados que no argumentan mucho pero lo expresan todo: “Pegando porte y la vara”, “Conoce conoce”, “Perro perro”, “Ya saben cómo es ya saben cómo es, manillos”, “A cachete a cachete”.

“Mi intención es hacerlo serio, no estarme yo riendo como un payaso”, explica Moyita. “Mis presentaciones y mis comerciales y a lo que yo voy a hacer, tengo que hacerlo como está en el video: serio. Si no, que lo diga aquí, mi representante”.

Frank Ávila, representante de Moyita, colabora con las fotos para los admiradores, minutos después de la grabación de un programa de televisión en vivo.

En diciembre anterior, cuando conoció a su representante, Moyita estaba atravesando el peor bombardeo de su vida –ningún bullying tan feroz como el de esos días– y no aceptó ninguna oferta ni colaboración ni nada de nada. Frank Ávila insistió. Al cabo de unos días, lo esperó a la salida del trabajo y lo invitó a comer. Fueron a una marisquería. Moyita pidió medio cantonés, pero terminó comiendo pasta, su comida favorita. Después de conversar un buen rato, buscaron un propósito para aprovechar ‘los 15 minutos de fama’, y coincidieron en que arreglar la casa de sus papás siempre había sido un anhelo inalcanzable, al menos hasta ese momento.

Acordaron trabajar juntos. Lograron eliminar de Facebook 11 páginas no-oficiales que se dedicaban a denigrar al hombre. Ávila se convirtió en su principal asesor creativo y empresarial, y en su director de cámaras.

“Mi propósito más que todo, en este poquito que me queda de la fama, es arreglarle la casa a mis papás. Usted vió, ¿verdad?, ¿cómo estaba la casa, ah?, de maderita. Y este año, que se me cumpla la realidad de una casita ya formal, de cemento… Es que mi tata, cuando compró ahí, no tenía la plata suficiente para, ¿como te dijera?... para hacerla ya… Ahí tenía plata para hacerla de madera. Ese es mi propósito”.

Si la campaña de Moyita prospera, la puerta de la que ha sido su casa por cuatro décadas podría ser sustituida. Su frase célebre Pegando porte y la vara –ahora convertida en una marca– le ayudará a financiar la compra de materiales para reconstruir la humilde vivienda familiar.

-¿Y cómo lo van a lograr?

-Vendiendo camisetas, gorras y haciendo comerciales. Con comerciales yo me gano algo, bastante. No soy malagradecido, si alguien quiere regalarme algo, pues bienvenido sea. Yo nunca he sido malagradecido. Uno debe agradecer las cosas. Como le agradezco ya a mi representante todo lo que ha hecho por mí. Si no hubiera caído en manos de él, ya ni estuviera trabajando ahí.

-Moya, usted es tímido, pero no tanto.

-Diay, tengo que echarme al agua, porque el día que fui a los toros, allá a Cartago que me llevaron, supuestamente al principio no quería agarrar el micrófono, y después no lo soltaba. A lo último sí. Es como todo, diay. Es que eso es como todo. Claro claro.

Para Moyita, diciembre fue un infierno. Su video seguía irrigando el foso sin fondo de las redes sociales y las cosas, en vez de mejorar, parecían descomponerse todavía más. Una clienta le dijo a la administradora del negocio que no volvería a comprar carne porque él salía ‘todo drogado’ en un video.

“Y era que estaba muy serio”, explica Moyita. “Me quité la camisa por hacer el vacilón”.

La gente se arremolinaba en el mostrador de la carnicería para fotografiarlo con celulares escondidos. Lo seguían, le gritaban, le hacían memes y estuvo a punto de perder el trabajo. “Yo no olvido al año viejo, y menos diciembre”, murmura Moyita, como escupiendo un trauma. “Ahí sentí lo que es el estrés. Si padeciera del corazón me hubiera muerto. Es que es demasiado. Estrés por la gente que llegaba a joder y a tomar fotos”.

Mientras Moyita trataba de hacerse invisible y mantener un perfil aún más bajo, achucuyado por las groserías de gente que lo ofendía, en las autopistas del ciberespacio se gestaba un tsunami. Miles de usuarios congestionaban la ruta de los videos y la frase “Pegando porte y la vara” aparecía citada cada dos por tres, e incluso quienes no estaban urgidos por utilizarla, muy pronto lo estarían, porque la cara de Moyita repitiendo ese gerundio tenía un involuntario y estremecedor poder de seducción.

De pronto brotaron miles de fans, y lo que empezó como una chota, pasó de la curiosidad al acoso, del acoso a la humillación y de la humillación a la duda. A principios de enero, el maltrato se transformó en adoración por él y su porte.

A veces Moyita transmite en diferido, pues de vez en cuando sus respuestas tienen un delay de unos 10 segundos, como si estuviera más acostumbrado a pensar lo que le gustaría decir, que a decirlo. Aunque las cosas han cambiado: ahora tiene que saludar, por lo menos, pues ya no pasa desapercibido prácticamente en ningún lugar.

Este enero, el fenómeno de Moyita dijo boom: decenas de entrevistas y fotos, programas de radio y televisión, saludos en la calle, solicitudes de selfies, nuevos amigos, reales y virtuales... Se ha ido acostumbrando a que, cada vez con más frecuencia, Frank le diga que muchos admiradores le escriben desde muy lejos pidiéndole camisetas… Argentina, Michigan, Dubai, Canadá, New Jersey, Miami, Australia…

-¿Qué te ha parecido la fama?

-Totalmente diferente, me siento. Por el momento no se me ha ido a la cabeza, ¿se imagina? No quisiera que se me fuera a la cabeza ni jugar de vivo ni jugar de loco. Yo quiero ser la persona humilde.

“¿Ya vio a mis bebés?” Con esa pregunta, Moyita alertó a la fotógrafa Glorianna Jiménez de la presencia de sus peluches, objetos indispensables a la hora de dormir.

Mucho antes de convertirse en una marca registrada, “Pegando porte y la vara” fue la expresión más afortunada y espontánea que Moyita ha tenido en su vida, con dedos incluidos, sin ninguna equivalencia en la Historia de la Literatura Universal. Para miles de admiradores, esa frase logró revelarles un nuevo estado de la materia y, a través de él, una nueva forma de ver el mundo.

“Yo creo que la gente se emociona por mi forma de actuar ahí, muy serio, muy rudo. En la calle nada más me saludan: Ahí va el mae pegaporte. Y me toman muchas fotos. No importa, yo dejo que me tomen fotos. Sí, como que se conmueven y hay muchos likes y todo. También hay mucha gente que no tiene féis”.

-¿Cuánto durará?

-Tres meses, no sé... Lo que Dios quiera.

-Y cuando se acabe, ¿qué?

-Esto es como la política.

-Pero no es que te interese la política. ¿O sí?

-No, porque yo soy liguista.

-Moya Presidente.

–Suena, ¿verdad? Claro claro.

Junto a la cama de Moyita cuelga un cartel didáctico, regalo de una profesora del colegio por ser buen estudiante y demostrar interés por la Ciencia y los sentidos. En la bolsa verde guarda su uniforme de soldado romano, pero se negó rotundamente a sacarlo de la bolsa para ser fotografiado, por temor a que se le arrugara o ensuciara. Fue la única oportunidad, durante todo el rato que compartimos para este reportaje, en que Moyita dijo “no”.


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