Registro Público Álvaro Escalante Montealegre

El inextinguible

Su ruta de ascenso hasta el grado de coronel de bomberos fue tan larga e irrevocable como su nombre: Álvaro Escalante Montealegre. Tiene 81 años y sigue en servicio. Si no lo detuvo el fuego, mucho menos el calendario.

Por María Montero 14 de febrero, 2015

Fotos de Gloriana Jiménez

Puede que lo piense o puede que no –que él ya conoce todas las consecuencias del fuego– pero esta vez la ceniza que cae del cielo es un evento totalmente diferente. No se trata de la escoria habitual tras un incendio ordinario, como a los que está acostumbrado desde los 17 años, ni tampoco de las secuelas de uno fuera de control que repentinamente devora un edificio alto. No precisamente. La ceniza que esta vez cae del cielo se convierte rápidamente en una tragedia nacional. Él no lo sabe aún, pero descubrirá muy pronto que la lluvia de grava ardiente que comienza a caer el 13 de marzo de 1963, tras la erupción del volcán Irazú, y que cubre el Valle Central y la mayor parte de las tierras altas del país hasta 1965, es la clase de adversidad que reduce a polvo la voluntad de cualquiera, incluida la suya.

Él tiene 30 años, una esposa, dos hijos y 250 vacas. Su finca, en Dulce Nombre de Tres Ríos, produce leche y mantequilla. Todo cambia de pronto, tras las erupciones. El viento se encarga de dispersar sobre la tierra lo que la fuerza del cráter no ha logrado alcanzar por sí misma. Un día manda a un grupo de mujeres a lavar pasto al cauce del río Tiribí. Es una medida desesperada, pero ya lo ha intentado todo. Después de dos años, la ceniza sigue cayendo y las mujeres tienen que lavar el pasto porque los animales necesitan alimentarse con algo. El pasto ha alcanzado precios increíbles en el mercado y tienen que usar el poco que aún pueden rescatar de su finca y que no ha sido incinerado. Esos míseros puñados de paja lo hacen dudar, sostener la vaga esperanza de que tal vez, pero la extraña lluvia no cesa.

Los pájaros han desaparecido y un día los caballos empiezan a escupir sus propios dientes, hasta que alguien dice: es por la ceniza, la que comen con el pasto.

No le queda más remedio que sacrificarlos. La Naturaleza está enloquecida y con ella los ciclos, las jerarquías, el equilibrio. Proliferan extrañas y repentinas plagas. Ya no son tiempos felices.

El hato de ganado Guernsey que hasta hace poco sostenía la finca de 150 manzanas –regalo de su padre a mediados de los ’50, como premio por una brillante carrera de agrónomo en Estados Unidos– ha llegado a su fin. Vende todo, tierra y animales.

Él, Álvaro Escalante Montealegre, que hasta ese momento ha apagado y sigue apagando toda clase de siniestros como voluntario del benemérito Cuerpo de Bomberos de Costa Rica, y que algún día alcanzará el máximo grado de coronel de esa institución, por primera y única vez, se rinde a causa de la ceniza.

El coronel Escalante vive desde hace 15 años en una casa de dos plantas en las cercanías de la autopista Florencio del Castillo, en los linderos de Curridabat. La tierra de la urbanización perteneció a la familia materna, los Montealegre, hasta que el clan decidió poner fin al negocio del café y entrar en el de los bienes raíces. Sus viejos vecinos hicieron lo mismo. Prácticamente todos los cafetales de la zona dejaron de serlo y los terrenos aportaron más capital y asfalto a los nuevos negocios de los Terán, los Jiménez de la Guardia, los Tinoco, los Malavassi, entre otros, según consta en la memoria de don Álvaro. Él decidió quedarse a vivir en esas tierras, quizá cegado aún por el aroma imborrable de un antiguo y poderoso amor.

“El mejor café de Costa Rica se daba en Tres Ríos y Santa María de Dota”, sentencia.

Hoy más que nunca su vida cotidiana sigue siendo asunto suyo –casi siempre fue su propio jefe–, a menos, claro, de que haya una emergencia, y específicamente, un incendio. Si eso sucediera, él suspendería todo para entregarse a su mayor y nada secreta vocación de apagar fuegos y salvar vidas. Aunque hoy no parece ser uno de esos días en que tenga que arriesgar algo más que su paciencia ante un interrogatorio.

Acaba de pasar la hora del almuerzo y don Álvaro baja las escaleras para acomodarse en un sofá de la sala. En su semblante no hay rastros de la marea alcalina. Se mueve despacio, pero sus ojos chispean. Tiene ganas de hablar y de contarlo todo. Gilda Fonseca de Escalante le sigue los pasos. La verdad sea dicha: él también a ella.

Llevan 57 años casados, así que más que un acecho mutuo y prudente, seguirse el uno al otro es un movimiento involuntario.

Álvaro Escalante Montealegre no tenía ninguna necesidad de convertirse en bombero voluntario, ninguna, y por esa misma falta de apremio, la vida probaba una de sus leyes: hasta lo innecesario es indispensable. Lo que el joven Álvaro tenía era la certeza inapelable de querer convertirse en lo que en los 50 se consideraba uno de los oficios más gloriosos, fantásticos y heroicos de su tiempo, como decir los astronautas, que aún no existían. Su propia definición es tajante: él es, fue y será bombero, incluso primero que ingeniero agrónomo, piloto, empresario lechero y cafetalero o padre de familia.

“El entusiasmo con bomberos nadie me lo quita”, explica, sabiendo que nadie pretende quitárselo. “Es un vicio sano. Es algo en lo que usted se mantiene la vida entera. Bombero para siempre es una frase muy famosa entre nosotros. El Cuerpo de Bomberos es una organización de hermandad. El compañero suyo, que está trabajando a la par suya en un incendio, es responsable de que a usted no le pase nada. Es un sentido de solidaridad, seguridad y confianza absoluta”.

Sin embargo, don Álvaro sabe de sobra que si alguna vez hubo algo que amenazara el hogar y, sobre todo, el prestigio de los voluntarios, fue precisamente la naturaleza humana.

“Es una vida muy dura. Especialmente las esposas no aguantan. Pasa algo que no debiera haber pasado: muy a menudo, los atorrantes justifican su ausencia de la casa con los bomberos. Antes era totalmente común”.

En términos absolutos, don Álvaro cumplirá 82 años el 31 de marzo próximo, pero no solo eso: su disposición para seguir haciéndole frente a lo que venga también es absoluta, sin términos relativos. Es decir, don Álvaro aún vive alerta al sonido de las sirenas y si la palabra fuego aparece de pronto, aunque sea de pasada, a él automáticamente se le enciendan todas las alarmas. Lo insulta quien crea lo contrario, porque su grado de coronel no es un adorno.

“Yo tenía don de mando en cualquier incendio y podía darle órdenes a quien fuera, donde fuera. Ahora los incendios pueden ser muy complicados, por los químicos. Hay productos que si usted les echa agua, explotan. Apagar un incendio es una ciencia. Antes, en mis tiempos, cuando yo entré a bomberos, era de tirar agua y punto. Ahora hay una jefatura de incendio de la que yo formo parte”.

La palabra clave brota en la conversación como una llamarada. “El que no tiene mística, no sirve de bombero. La mística de ayuda al semejante que existe en bomberos no existe en ninguna otra profesión del mundo. Eso se lo puedo asegurar”.

 

El 30 de julio de 1976, la tienda La Gloria sufrió un incendio devastador. Los bomberos duraron 16 horas apagándolo; Álvaro Escalante estuvo 8 horas subido en una gigantesca grúa –tecnología de punta en ese momento– luchando contra las llamas. Cuenta que durante la jornada todos llegaron a un estado de agotamiento extremo

Nació en San José el 31 de marzo de 1933 y, junto a sus otros dos hermanos, aprovechó la infancia para ejecutar elaboradas fechorías y actos de valentía memorables, como robarse el carro de la casa (no una, sino un millón de veces) y, a la hora del juicio sumario, ser incapaz de delatar a sus cómplices. Gregorio, el mayor, y Alfonso, el menor, fueron los otros hijos de Jorge Escalante Bonilla y María Cristina Montealegre Rohrmoser. Álvaro, por su parte, a los 17 años había decidido ser bombero, y también piloto, pero don Jorge tenía otros planes. Y punto.

“Papá decía que la profesión se la iba a dejar a los hijos como herencia de vida. Gregorio tenía que ser médico, yo, ingeniero químico, y Alfonso, ingeniero civil. Gregorio se hizo geólogo, al igual que Alfonso, y yo me hice ingeniero agrónomo. ¡Viera las conversaciones más aburridas que tenían esos dos cuando nos juntábamos!”.

“Yo no me animaba a decirle a papá que quería ser piloto, porque era una locura. En aquella época, la mitad de los pilotos se mataban. Así que me animé cuando ya estaba en secundaria. Me dijo: De ninguna manera. Usted no me va a dar ese disgusto. No va a ser tan irresponsable”.

Álvaro Escalante entre dos amigos de juventud.

Para que no quedara duda de que el asunto había sido zanjado y no volvería a discutirse, lo mandaron a Estados Unidos a terminar el highschool. En Costa Rica se quedó, por cierto, la gentil señorita Gilda Fonseca, esperándolo, como era de esperar, puesto que ya desde entonces era su novia. Una carta diaria de ambas partes (cartas que duraban un mes en ir o venir) le dio oxígeno a esa relación, aunque ciertamente no mucha sincronía al posible diálogo. El joven Álvaro terminó el colegio y siguió directo a un pueblito muy encantador llamado Cobleskill, donde está la New York State University, y de ahí salió graduado como ingeniero agrónomo al cabo de cuatro años.

“Me especialicé en ganadería de leche”.

Aunque en Costa Rica había sido un estudiante más bien malito, Cobleskill hizo el milagro: tuvo matrícula de honor durante toda la carrera. Esto no solo fue motivo de orgullo para la familia, sino algo aún mejor: un gran ahorro. “La universidad mía les costó muy poco, en cambio, con mis hermanos... Papá me dijo que él me quedaba debiendo”.

A su regreso, papá Escalante fue directo al grano. “Vamos a ver una finca”, le dijo, y no habían terminado de verla cuando ya se la estaba pagando; nada menos que la propiedad de Dulce Nombre de Tres Ríos, con vacas incluidas. “La finca más linda que se pueda imaginar”, suspira don Álvaro. “Viví un año ahí. Yo pensaba: Esto va a ser la vida mía… Estoy en lo que me gusta, haciendo lo que me gusta… Al año, no tuve más remedio que casarme”.

Ella tenía 19. Él tenía 22.

Su vocación paralela estaba dada, pero también quién le diera un empujoncito favorable. Don Álvaro es el primero en reconocerlo cuando relata que fue gracias al ejemplo de un primo-hermano que se hizo bombero y, más tarde, directamente a su influencia. En 1950, cuando contaba con 17 años, Juan Félix “Chimpa” Bonilla, mucho mayor que él, era Primer Comandante del Cuerpo de Bomberos Voluntarios de Costa Rica.

“En una fiesta familiar, le dije: Mirá, Chimpa, yo quisiera ser bombero voluntario. Él trabajaba en la estación central de La Dolorosa. Llegate mañana, me dijo. Esa noche no pegué los ojos de la emoción. Cuando llegué, me dijo: Vamos a llenar los datos. Él ya se los sabía todos, pero de pronto me preguntó: ¿Cuantos años tenés? Le respondí: 17 recién cumplidos. Él agregó: Hay que entrar de 18. Se quedó pensando un momento y finalmente dijo: La verdad es que yo soy el jefe y puedo hacer lo que me de la gana. Ya estás adentro”.

Si eso no hubiera sido suficiente, el joven Álvaro estaba ya de por sí en la familia que le convenía: su propio papá ocupaba y ocuparía dos puestos importantes en el Instituto Nacional de Seguros, con un recargo como Jefe Superior del Cuerpo de Bomberos.

Cuando se enteró de que su hijo había entrado como voluntario, don Jorge Escalante le expresó todo su apoyo con una expresión severa, que en realidad encubría demasiada felicidad: “Ahora yo soy su jefe y su papá”.

Don Álvaro se detiene a reflexionar. Recuerda que dos de sus propios hijos (él y su esposa tuvieron cuatro) alcanzaron el grado de capitán de bomberos. “Casi se diría que es una profesión hereditaria”, advierte. “Y viera la cantidad de bomberos que se retiran y cuyos hijos ingresan”.

El entregado. El abnegado. El fogoso. El servidor. El ardiente. El coronel Escalante asegura que jamás le ha tenido miedo al fuego y que en toda su trayectoria habrá colaborado en sofocar muchos incendios, quinientos incendios, mil incendios. Hasta dormido podría repetir el abc de esa tarea. “Se controlan debajo de las llamas. Lo que más ayuda son los chorros de aspersión, porque cubren una gran área, y el control más grande es el que está más cerca”.

La vida misma del bombero, ya sea asalariado o voluntario, se vuelve una anécdota permanente. Don Álvaro lanza sus cuentos como quien se saca piedras del zapato después de correr sobre un polvazal. Son cosas peligrosas que se viven demasiado cerca de la adrenalina de otros, y también peligrosas porque se viven demasiado cerca de la propia.

“Una vez en un incendio, en un barsucho allá por el Mercado Central, don Miguel Yamuni y yo sacamos un billar para evitar que se quemara. Y cuando lo fueron a meter de nuevo, tuvieron que llamar a 8 personas”.

“Un incendio es una tragedia para cualquier persona. Y ni se diga en las casas. Varias veces los bomberos contribuyeron a la reconstrucción de vidas y viviendas. Un bombero no hace discriminación de ninguna especie”.

–¿Y nunca piensa en el retiro?

–No me diga… Es mi vida. Ya lo tengo planeado.

–¿Qué?

–Morir bombero.

“Al cabo de la vejez me hice piloto. Estudié a escondidas. Me dije: Ahora aprendo aviación. Nunca le conté a Gilda”.

Gilda, por supuesto, terminó dándose cuenta de la doble vida de su marido. Al principio renegó, pero después de un par de paseos en avioneta a un ranchito que tenían en playa Guiones, cambió de opinión. Don Álvaro llegó a tener tres avionetas.

“¡Disfruté como usted no se puede imaginar!”, exclama el coronel. “Desde el aire o la tierra, Manuel Antonio es de las playas más lindas del mundo”.

Piloteó aviones cessna-caravan para la compañía Servicios Aéreos Nacionales S.A. (Sansa) durante dos años, aunque en principio lo habían contratado solo por tres meses. Llegó a ser jefe de pilotos, pero lo detuvo la edad. “Me di cuenta de que yo estaba ocupando un campo que podía ser para un muchacho joven”.

Anduvo por todo el territorio nacional y también por Cuba, durante un año, gracias a un acuerdo comercial entre Sansa y el gobierno de la isla.

Un día se salvaron de tener un accidente aéreo. En realidad, lo tuvieron. Iba toda la familia: él, Gilda y los muchachos, Jorge, Roberto, Norma y Federico. Si se salvaron de algo fue de morirse del susto. Fue la única vez que el coronel Escalante tuvo un contratiempo similar, aunque más tarde se descubriría que se debió a un error mecánico.

“Fuimos a Guiones. Cuando veníamos de regreso, empecé a descender desde Orotina. Ya por el hipódromo íbamos muy bajo y con un viento bastante pronunciado. El avión se apagó. Solo se veían un montón de potreros llenos de piedras negras. Lo único que les dije fue: Vamos a tener un aterrizaje forzoso. Se quedan callados, no quiero oír ni una sola palabra. Y se amarran.

Encontré un potrero e hice un aterrizaje de emergencia. Cuando casi estábamos detenidos, una zanja insignificante nos hizo una especie de zancadilla. El avión capoteó, dio vueltas. Hubo un llamarón que me asustó. El avión fue pérdida total. Gilda se hizo una pequeña cortada en la cabeza y yo me fracturé el codo derecho, pero a los chiquillos no les pasó nada”.

No había pasado una semana cuando volvió a volar. El yeso estaba aún fresco y reluciente. “Es como montar a caballo”, explica don Álvaro. “Si después de un accidente usted no se monta de inmediato, nunca más se vuelve a montar”.

–Dígame la verdad, ¿era buen piloto?

–Excelente.

–A ver. Raje.

–Un culazo.



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