Registro Público Juan Diego Moya Bedoya

El estilista

Además de docente universitario, es un ejecutante virtuoso del castellano y la filosofía. Juan Diego Moya ha convertido el acto de vivir en un ejercicio de estilo, aunque ni corta pelo ni hace las uñas

Por María Montero 21 de Marzo, 2015

Fotos de Gloriana Jiménez

Sobre el escritorio del cubículo 245 de la Facultad de Letras de la Universidad de Costa Rica hay un libro abierto y, delante de él, un hombre. El libro podría ser una monumental Semiótica Filosófica, un volumen de casi mil páginas, o bien Observaciones Filosóficas, un libro de similar tamaño escrito por Ludwig Wittgenstein, pero con respecto al hombre no habría ninguna duda. La imagen de Juan Diego Moya sentado en su oficina con un libro delante se repite de forma constante desde hace 15 años: erguido al borde de la silla, delicadamente atento, sin levantar la vista de una lectura milimétricamente ordenada en diversas torres de libros y apuntes, como si el escritorio guardara una estricta cuadrícula invisible. En su caso, ni el tamaño ni la complejidad de una obra –mucho menos si es de filosofía– han sido nunca un obstáculo para su lectura sino todo lo contrario: provocación y estímulo, cuando no inspiración directa y fulminante, o sea, imperativo categórico.


Recientemente, Juan Diego se vio obligado a aceptar un regalo que lo llenó de una discreta euforia, y quizá también de una efusiva cautela: un biombo. El obsequio no tenía otro destino que su propia oficina. Él y la Revista de Filosofía comparten el mismo espacio, así que la puerta debe permanecer abierta siempre, a la espera de hipotéticas multitudes. El regalo vino a facilitar un poco las cosas. Agazapado detrás de la pantalla blanca, el profesor Moya Bedoya puede sumergirse ahora en la existencia-del-ente-por-sí-necesario, o en cualquier otro tema de su interés, sintiéndose mucho más protegido, aunque no totalmente inmune a las interrupciones que emergen desde el pasillo. Claro, el biombo no tiene mucha razón de ser después de diciembre ni antes de marzo, que es cuando la universidad pasa más tiempo cerrada y cuando los estudiantes apenas pisan el campus en aras del conocimiento.

Es 7 de enero y aún faltan dos meses para la entrada a clases. El edificio de Letras está desolado y probablemente él sea el único profesor activo en varios kilómetros a la redonda. Sin embargo, Juan Diego está ahí por una razón: ni le gusta desatender los rituales de la vida diaria, particularmente de la suya, ni mucho menos improvisar sus lecciones aunque, como él mismo aclara, “la improvisación puede ser virtuosa y no tiene que ser necesariamente viciosa”. Falta mucho para que se reanude el ciclo lectivo, pero ese mucho es poco para él. Hay que estar preparado: el azar es inminente.

Estudiar y escribir, así como escribir y estudiar, son las dos caras de la moneda con que Juan Diego Moya se juega el todo por el todo de sus días (ya que no hay ninguna diferencia entre su vida académica y su vida civil), extrayendo de ambas actividades la única justificación que necesita para continuar. Lo hace para sí mismo, pero también para sus alumnos, especialmente aquellos que deciden matricular sus cursos en las secciones de Historia del Pensamiento y Metafísica. “Los productos me permiten alimentar mi docencia”, explica, con una dicción más que perfecta, sobrenatural. “Me agrada mucho ofrecer lecciones porque para hacerlo debo prepararme y organizar los contenidos en un orden progresivo, de lo menos complejo hasta lo más complejo. Mis interlocutores son mis estudiantes. Para ellos pienso lo que escribo”.

Uno de los tres cursos que impartirá este semestre es Filosofía de la Religión, un tema que, a grandes rasgos, lo atrae sin resistencia, aunque más por razones mundanas e intelectuales que piadosas y dogmáticas. “El aroma del incienso me fascina”, confiesa. “Existe en mí una propensión hacia lo ritual, hacia lo litúrgico, y me agrada asistir a las ceremonias y aspirar su aroma. Además, me interesa la oratoria sacra, que es un subgénero de la retórica. No es necesariamente por un tema de fe, sino histórico”.

–¿Y qué hay de Dios? ¿Cree Juan Diego en alguno?

–Sí, pero mi deidad es una deidad especulativa. Mi dios es el dios de los filósofos, es el dios cartesiano.

Cuando Juan Diego entró a la universidad, en 1986, no pensaba que terminaría convertido en filósofo –había fantaseado con estudiar Derecho o Historia Política–, pero el daño estaba hecho: la filosofía ya lo había “deslumbrado” cuando cursaba el último año del colegio Metodista, donde estudió toda la vida. A los 17 años tuvo contacto con un texto relativamente breve del filósofo alemán Gottfried Leibniz, La Monadología. “La lectura de esa página me ha cautivado; me ha embelesado, literalmente”, recuerda, visiblemente emocionado. Entonces empezó a leer filosofía “sistemáticamente”, como el joven que agarra el periódico todos los días en busca de la sección de Deportes. Igualito: la misma ansiedad por los resultados.

“La lectura de las Meditaciones metafísicas de Descartes ha sido avasalladora. A partir de entonces no he podido pensar más que en el abordaje filosófico de un montón de temas”, relata.

No tuvo escapatoria y, según sus propias palabras, estudió filosofía para intentar responder a ciertas preguntas acerca del sentido de la vida. “Como por ejemplo, cuáles razones poseo para creer en aquello en lo que creo”. Obtuvo el bachillerato el 5 de mayo de 1993 y la licenciatura el 20 de octubre de 1995, ambos en la UCR y, en el año 2000, un Doctorado en Filosofía en la Universidad Autónoma de Barcelona, con una tesis titulada La crítica ontológica del milagro según Baruj de Spinoza. Desde entonces se ha dedicado exclusivamente a la docencia y la investigación. Publicó 7 libros, dejó listos otros 13 y, hasta la fecha, escribió cientos de textos, entre artículos y ensayos filosóficos, que vieron la luz en revistas y medios especializados. En 2009 fundó Antanaclasis Editores, junto a su colega Luis Diego Cascante y, tras una labor frenética, publicaron unas 40 obras en cosa de tres años.

Algunas de las mentes más brillantes de su generación, aunque no todos filósofos. Juan Diego Moya es el segundo en la fila superior, de derecha a izquierda.

Juan Diego Moya Bedoya nació filósofo, tal y como se dice de los niños que nacen zurdos, con oído absoluto o pie plano, un 31 de mayo de 1968. Lo hizo por casualidad en Madrid, España, pero no había terminado de lanzar su primera queja de recién nacido cuando ya había sido debidamente registrado como costarricense, sin lugar a dudas. Le tocó ser mayor que su única hermana, Ana Cristina, y desde siempre amó los libros y el conocimiento.

Su papá, ingeniero civil y geohidrólogo, fue quien le enseñó a leer y a escribir cuando tenía seis años, y su maestro de matemáticas durante toda la primaria. Fue él quien se dedicó a recoger y conservar documentos, fotografías, exámenes y papeles de la infancia de Juan Diego.

Su mamá, secretaria ejecutiva y lectora voraz de novelas históricas, es quien hasta la fecha organiza su vida doméstica, pues Juan Diego aún vive con ella. Su papá falleció en 2010, y su hermana está casada y tiene dos hijos.

“Debería independizarme. Lo he hecho en alguna oportunidad, y me transformo en un sujeto mucho más responsable, pero la verdad es que soy dependiente y soy desobediente, universalmente desobediente. Mi madre constantemente me lo reclama. Soy desobediente con las indicaciones de mi madre y con las recomendaciones de los médicos”.

Los libros y las mascotas siempre le han hecho compañía. Hoy tiene tantos ejemplares que su biblioteca perdió los límites y la casa entera se ha convertido en una sala de estudio, con libros en cada esquina; mejor dicho la casa de su mamá, en Zapote, la cual comparten con tres gatos y un perro.

“Mi biblioteca convencional es muy nutrida, y cuento por añadidura con una inmensa biblioteca digital de 10 mil volúmenes. Cuento con todo lo que necesito, y con mucho más de lo que podré leer durante el periodo restante de mi vida. Lo que poseo es océanico y abrumador. En la actualidad compro pocos libros, porque es absurdo que continúe adquiriendo, y es mejor que me concentre en lo que poseo”.

Juan Diego es austero en el vestir e impecable en el peinado. No es de carácter noctámbulo –se levanta entre las 5 y las 6 am, aunque antes lo hacía entre las 2:30 y las 3 am– y su ímpetu no es atlético, si bien hizo ejercicio desde muy joven, hasta que el nervio ciático de su pierna izquierda empezó a rebelarse, y entonces tuvo que suspender el régimen matutino de trotes y carreras a que tenía acostumbrados a sus músculos. Es menudo, de estatura mediana, ceremonioso y cortés, y sus pestañas tienen un embeleso como de niñodios extravagante. Amante de la literatura (es egresado de la Maestría en Literatura Española), es soltero, no tiene carro y tampoco teléfono celular, pero de todos sus rasgos, quizá el más sobresaliente sea su devoción hacia el castellano culto y antiguo, porque Juan Diego no habla, sino que practica la oratoria, en el sentido de que busca expresarse con la máxima elocuencia y precisión.

“La abundancia de palabras de alguna manera te faculta para expresar con precisión una multitud de contenidos. La pobreza de palabras te condena a expresarte de manera muy poco precisa a propósito de una pluralidad de objetos. No me agrada experimentar dolorosamente la limitación y por ello derivo deleite del aprendizaje de palabras. Quizá por ello valoro profundamente la vastedad del caudal léxico”.

Su conversación es una elegante coreografía de sentidos que van y vienen, rozándose sin estrellarse. A menudo intercala citas en latín –que siempre está dispuesto a traducir de inmediato– y habla y escribe con fluidez inglés, francés, catalán, italiano y portugués y, con dificultad, alemán y latín, es decir, con un diccionario a mano.

“Estudié el griego pero lo abandoné prontamente. Ahora lo lamento”, dice.

“El castellano es muy abundante en palabras que considero voluptuosas, como alcabala, como almojarifazgo, como jitanjáfora, muchas de ellas son arabismos, y es también una lengua con lusitanismos, me agradan muchísimo los lusitanismos porque considero que el portugués es una lengua poética. Por ejemplo, fornecer (un sinónimo de suministrar), por ejemplo, ultrapasar (un sinónimo de sobrepasar)… Me agrada mucho el estudio de las lenguas y emplear palabras de otras lenguas, incluso utilizar oraciones que pertenecen a otras lenguas. Derivo deleite de la consideración de las palabras, lo confieso. Las palabras me parecen objetos de deseo, son voluptuosos objetos de deseo. Y creo que experimento esa fascinación por las palabras desde la infancia”.

–¿Qué clase de filósofo es, cómo se describiría?

–Conduzco metódicamente mis procesos argumentativos, soy muy cauteloso cuando exteriorizo opiniones en la medida que no poseo conocimiento a propósito de un tema –explícitamente lo reconozco–, no me agrada en absoluto fingir omnisciencia –me parece poco honesto y poco riguroso–, miro con muy poca simpatía el discurso declamatorio, me repugna la demagogia, no me agrada el protagonismo y procuro huir de las cámaras. No me agrada asumir un tono oracular, creo que conduzco austeramente mi vida, valoro muy poco los bienes suntuarios, me repugna la ostentación de la riqueza, la opulencia, particularmente cuando es ostentosa –la considero moralmente reprobable–, sin embargo, no emulo a Diógenes de Sínope, quien habitaba dentro de un tonel. Admiro con extrema simpatía a los eleatas y a los estoicos, singularmente a Crisipo de Soli, en consideración del metodismo de sus procesos argumentativos. Debo reconocer que mis predilecciones se orientan hacia los teóricos, hacia los ontólogos, puntualmente.

–¿Qué gustos le ha dado la filosofía?

–Experimento un placer muy intenso cuando escribo. Un placer que suelo comprar con el placer sexual, la diferencia es que es un placer de duración prolongada, a diferencia del placer sexual, el cual es efímero. He aprendido también a desvincular la operación de la escritura de la edición del escrito. Escribo porque, en primer lugar, requiero de la escritura para esclarecer mis propios pensamientos. Lo encuentro intensamente deleitable.

Juan Diego tenía cuatro gatos, pero su gata mayor, Astarté, de 19 años y dos meses, murió el pasado 14 de diciembre, “cinco minutos antes de las 10 de la mañana”.

“Le he dedicado un libro. Una colección de artículos sobre filosofía de la religión”, cuenta, apesadumbrado.

Aún le quedan dos gatos y una gata, todos encontrados o adoptados desde pequeños: Lucas (Lucas Visando), Bruno (Filippo Giordano) y Andrómaca, a quien su madre llama Lulita. Su perra Casiopea también fue encontrada en la calle.

–Pido disculpas por mi ignorancia, pero ¿quién es Lucas Visando?

–“Visando” es el nombre propio de un guerrero ostrogótico, a quien en singular combate derrotó el general Belisario. Era de colosal estatura y tenía fuerza hercúlea. Sirvió a Teodorico el Grande, monarca ostrogótico de Italia, a quien también sirvieron Anicio Manlio Torcuato Severino Boecio (480-524) y Casiodoro.

Los ejemplares de pasta dura son preferibles a la hora de dormir, y por eso el interés de Lucas Visando por la filosofía sigue siendo superficial, al igual que el de los otros gatos de la casa.

Aunque siempre amó a los animales, Juan Diego llegó a las fuentes filosóficas de la Ética animal hace relativamente poco. Colaboró en la organización de un seminario y conoció de cerca a los activistas. Nadie tuvo que contarle cómo se establece el apego y, por qué no, incluso la comunicación con los animales domésticos, pero tampoco que ese respeto debería extenderse a bestias mucho menos empáticas, como las gallinas o las vacas.

“Considero imperativo reflexionar acerca de la moralidad de nuestra interacción con los animales no humanos. Estoy persuadido de que no contamos con una posición privilegiada en el Universo”.

Hasta la fecha no se ha adherido a ningún movimiento beligerante, pues piensa que, de llegar a serlo, el suyo debería ser un activismo teórico.

“Mi interés preponderante es aproximarme a este tema desde un punto de vista argumentativamente satisfactorio, quizás construir una teoría que me permita dotar de cimentación a ciertos juicios de carácter moral, a propósito de la inadmisibilidad de la depredación que la especie humana suele ejercer en detrimento de una multitud de especies de animales no humanos”.

Según la mitología griega, Andrómaca, hija del rey de Tebas, llevó una existencia prolífica y trágica, modelo definitivamente descartado por la gata de Juan Diego, también llamada Andrómaca.

Juan Diego se levantaba antes del alba a hacer sus quehaceres. Abrumado por una sensación de pérdida, también caía emocionalmente derrotado si un día no seguía su rutina de estudio, si no leía su cuota diaria. Tenía la urgencia feroz de escribir y publicar todos los frutos de su estudio. Todo eso empezó a cambiar hace una década, pero desapareció definitivamente en 2012, tras una pesadilla que atravesó despierto.

“Solía padecer taquicardia y visité a un cardiólogo. Me recomendó visitar a un psicólogo, pero no le presté atención. Por otro lado, era un vegetariano muy inculto y comencé a desnutrirme. Tuve que consumir antibióticos y se activó un patógeno muy agresivo: clostridium difficile. Hubo una concurrencia de circunstancias: el duelo extemporáneo de mi padre y una crisis generalizada de ansiedad, que al cabo de los meses se había transformado en algo incontrolable. No lo podía manejar. Experimenté una debacle. Debí ser hospitalizado en el Calderón Guardia durante tres semanas. En algún momento fue tan opresivo el tema de la muerte que me sentí paralizado. Toqué fondo. Ha sido un año calamitoso. He estado muy deprimido”.

Abandonó el hospital el 7 de diciembre de ese año. Estaba debilísimo, Juan Diego dice “raquítico”. Se le despertó un hambre incontrolable y, gracias a que no intentó frenarla, se recuperó rápidamente. Su ánimo también se recobró, y sus obsesiones dieron un giro radical.

“Anteriormente era muy afecto a lo voluminoso, pero actualmente soy muy afecto a lo conciso. He adoptado otro estilo de escrito. Estaba muy obsesionado con la edición, pero esa inquietud se desvaneció. La experiencia de ser hospitalizado ha sido emancipatoria; me ha liberado respecto de ciertas creencias a propósito de labrarse una reputación profesional envidiable. Actualmente, esos temas me son absolutamente indiferentes”.

–¿Para usted es filosóficamente relevante pensar en el futuro, tener expectativas?

–Creo que no. Yo ya no me propongo proyectos de largo plazo. Debo confesar que, con posterioridad a la enfermedad, se acabó esa formulación de proyectos de 10 y 15 años plazo. De alguna manera, vivo al día.

“Vive eternamente quien vive en el presente. Lo dijo Ludwig Wittgenstein”.



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