Registro Público Roberto Chaves bonilla

El elegido

Hay dones que se traen en la sangre, otros, en el espíritu, y algunos, en los bolsillos. La herencia de Roberto Chaves cruza esos tres lugares, porque suyo es el reino del arte, los negocios y las cantinas

Por María Montero 18 de abril, 2015

Fotos de David Bolaños

Alguien faltó al ensayo y Roberto ocupó su lugar. Después de verlo en acción, su amiga Isabel vino y le dijo: Ay, Roberto, usted tiene algo, como una gracia... Debería meterse al grupo de bailes folclóricos. Roberto lo pensó un instante, porque aquello parecía ser cierto: se había aprendido todos los pasos en dos toques y, si no era un gran bailarín, al menos gozaba de buena memoria. Sin embargo, a sus 13 años, Roberto tenía más conciencia de su imagen pública que de sus atributos artísticos, así que lógicamente le respondió: No qué va, qué bañazo, jamás, mucho menos aquí en Escazú...

Vea, le dijo Isabel, alargándole una foto. Venimos llegando de Nueva York. En la imagen todos sonreían, a excepción de la Estatua de la Libertad. 

Roberto descubrió que jamás hay que confiar en la propia vergüenza, mucho menos cuando la alternativa es un pasaporte.

En un lapso de cinco años, Roberto no puso un pie en el extranjero sin bailar el punto guanacasteco, siempre en las filas de la Asociación Folclórica Escazuceña o Matambú. "Para mí, lo más importante era viajar, conocer otras cosas y subirme en un avión". Gracias al folclor, conoció Panamá, Holanda, Inglaterra, USA, Cuba y Canadá, pero también a bailarines y músicos de millones de países, algunos realmente profesionales, con los que recibió talleres de bailes y danzas de todo el mundo.

Ya montado en la carreta de las tradiciones, tuvo otro hallazgo: descubrió que también era un bicho para los negocios. "Yo en los viajes iba forrado. Nos dejaban vender cosas, así que llevaba artesanías... café, carretas, billetes de cinco colones... En uno de esos viajes, a los 16 años, logré llevar $2000 cash de plata que había hecho con esas ventas. 

"Ahí descubrí que lo mío era el comercio y el arte".

Roberto es el arquetipo del ciudadano modelo: no solo vive en la ciudad, sino que vive la ciudad. Su casa está a la vuelta del Calderón Guardia, en barrio Otoya, su negocio, el bar El 13, queda en el Paseo de los Estudiantes –rebautizado como barrio chino–, su segundo trabajo (en la galería Despacio) está al pie de la avenida Central y su proyecto más reciente (una especie de salón comunal, aún sin nombre) quedó anclado a propósito en las riberas del Líbano, donde decidió centralizar la operación de todos sus negocios y actividades. 

Más que un ejemplo, Roberto es el colmo: sabe que tiene derechos, pero exige que le respeten sus obligaciones.

“Yo quería entender, porque yo no entendía. ¿Cómo es posible que Costa Rica, que tiene un cierto nivel en la región, tenga olvidada por completo a la capital? Y no le estoy echando la culpa a la municipalidad. Yo creo que las demandas de la sociedad exigiendo calidad han sido mínimas. Eso hace menos presión, cuando la gente no exige ciertos mínimos de seguridad o limpieza. 

"La ciudad está cambiando y creo que esa transformación tiene que ver con un cambio generacional".

 "A la gente joven le encanta la ciudad, visitar los parques, habitar inmuebles que otros consideran una mierda”.

Oriundo de “la parte rural” de Escazú, aunque rodeada de mansiones, Roberto Alejandro Chaves Bonilla nació el 13 de julio de 1984, en el hospital San Juan de Dios, en calidad de hermano menor, lugar del que lo desplazó su hermana menor cuando ya era un mamulón. Durante toda su infancia y juventud anduvo suelto por esos mundos extremos del millonario y el campesino. De chiquito, su ‘nana’ fue un boyero.

“Tengo las dos cosas: lo patapelada y lo wanabi”, reflexiona Roberto. “Me gusta tener de ambas, porque son armas para sobrevivir. De pronto, estar solo de un lado lo pone a uno vulnerable del otro". 

"Póngalo así: toda mi vida he tenido un pie en la mierda y otro en el oro”.

Cuando salían del colegio, los estudiantes del Liceo de Escazú no se iban a las pozas ni a las montañas sino a un paraíso recién construido: Multiplaza. 

“En el caso mío y de mis compañeros, nos alcanzaba para un cono, y había que irse caminando, y tal vez uno se regresaba en bus”.

Describe a su mamá como una gran “pulseadora” que trabajó en la Hitachi durante 15 años y, más tarde, en un supermercado una cantidad de tiempo similar, con tal de sacar a flote a la familia, es decir, a él y a sus tres hermanos. No hace falta prestar mucha atención para ver que Roberto tiene una dulzura que quizá proviene de su confianza y una luz que con toda seguridad proviene de su inteligencia.

“Mi papá y mi mamá se conocieron en una cantina. Mi papá es de Escazú pero mi mamá es guanacasteca. Ella era salonera y él, bartender. El asunto de las bocas y las micheladas para mí era el pan de cada día. Mi papá es alcohólico, un caso muy terrible, pero él es un amor, yo lo adoro, me tatué su nombre y todo. No es como decir un borracho detestable. Desde que era niño mi papá me parecía lo más cool, interesantísimo y cariñoso. Si lo veía acostado en la acera, yo decía: Está descansando. No pensaba en las cosas problemáticas”.

Roberto hacía ronda por todas las cantinas de Escazú, buscándolo cuando se perdía, pero también lo acompañaba a sus terapias para controlar la bebida. Esto entrenó sus ojos y su sensibilidad, y así aprendió a reconocer las claves del lenguaje popular, sólido, líquido y gaseoso.

“Muchas veces lo acompañé, y todavía, a las reuniones, internamientos en el Iafa y apoyos familiares. Quizá por ser el menorcillo de los varones la relación con él se hizo más cercana. Yo me fui haciendo amigo de borrachos, de piedreros, de indigentes... Me acuerdo que iba a las reuniones de Narcóticos Anónimos –mi papá me llevaba, como a los 9 ó 10 años– y ahí descubrí que ellos en realidad son los más fiesteros del mundo, aún en abstinencia. Eso no les quita el buen humor ni les quita la chispa”.

“Cuando me vine a vivir a San José, no me daban miedo los borrachos, ni los piedreros, ni los indigentes, porque en mi mente más bien eran compas, aliados. En el pasado ellos me habían dado plata o contado un chiste, y me habían tratado bien, así que no era posible que yo sintiera algo feo por ellos. También, lógicamente, yo entiendo la enfermedad, solo que la entiendo no como un científico o un médico, sino como un familiar”.

Apenas se graduó como contador de un colegio técnico, Roberto fue a pedir trabajo a una agencia de publicidad, donde no solo encontró trabajo sino también a un mentor, el publicista Marcos Blanco. Más tarde empezó a estudiar Administración de Empresas, pero ya desde entonces sabía que no quería estudiar sin trabajar, sino todo lo contrario.

“La experiencia es un pilar importantísimo en los negocios. Uno necesita conocer la calle, conocer las mañas de todo el mundo para ir bien afiladito”.

Al cabo de un tiempo dejó la agencia y se fue a Canadá, a Toronto, donde vivió un año, tuvo tres trabajos y experiencias multiplicadas. Dilapidó sus numerosos salarios en una fiesta interminable, pero aún no cumplía 20 años. 

Dice que necesitaba ordenar sus prioridades lejos del Valle Central, pues quería saber si era gay, bisexual o heteroflexible. La pasantía funcionó, porque dejó perdidas todas las etiquetas, y no intentó recuperarlas.

Regresó a Costa Rica sin ahorros pero con ganas de comerse el mundo y el mayor reto que encontró de entrada fue buscar vida en San José. Tampoco era que estaba cruzando un continente pero incluso entonces –hablamos de inicios del Siglo XXI– “venir a trabajar a la capital”, así fuera desde Escazú, tenía un aura de aventura épica. Digamos que Roberto se encargó de ponerle sabor a esas incursiones, porque ni siquiera su búsqueda de apartamento fue lo que suele ser –un acto de sometimiento al destino, con pésima iluminación y sin clósets– sino una de las apuestas más pacientes y categóricas de su vida. 

Así empezó una historia que parece tener un nuevo principio todos los días, porque a fuerza de caminar y observar cada cuadra con ojos de alquiler, Roberto se enamoró perdidamente de San José. 

Encontró la que es su casa hasta hoy día, pero también la que es su ciudad, imperfecta pero única.

“Como sociedad, como país, necesitamos tener una capital digna para nuestro uso y para los visitantes, que muchas veces se montan en un avión con la esperanza de llegar a un paraíso tropical y se encuentran con algo que parece ‘el fin del mundo’. A esas zonas abandonadas de San José mi papá las llama ‘la antesala del infierno’”.

Una vez establecido en su nuevo barrio, pidió trabajo –y se lo dieron– en la agencia de bienes raíces de una compañía inmobiliaria. Fue con el arquitecto José Luis Salinas con quien Roberto terminó de desarrollar su olfato natural para extraer argumentos estéticos del caos. Restauró su casa, que no era suya, y comenzó a acumular chunches viejos –que no antigüedades– con la misma pasión de un coleccionista de arte. Muebles, juguetes, equipos electrónicos, sillas, imágenes religiosas, marcos de ventanas, maderas podridas, lámparas, peluches,maniquíes.

“Yo siempre quise tener una cantina, pero era un secreto que no le contaba a nadie”. Su mamá era la primera que quería verlo lejos de una barra, mucho mejor si era en una oficina, de traje y corbata, bien casado y lleno de hijitos. 

Mientras tanto, Roberto se veía a sí mismo dándole un update a las aventuras de su papá. “Yo me estaba imaginando que era bartender, pero no alcohólico. Me preguntaba por qué las cosas tienen que terminar mal. ¿Por qué no se puede hacer divertido y sano? Yo no tenía por qué abrir un bar, pero como siempre he sido un rebelde, finalmente lo abrí”.

Cuando ese momento llegó, tenía tantas cosas acumuladas en su casa que pudo decorar todo el bar, y más aún, imprimirle una personalidad irrepetible entre todos los bares, cantinas y discotecas de la capital.

Lo de El 13 Roberto se lo soñó (soñó que abría un bar con ese nombre), pero desde antes andaba obsesionado con el número. También con la ciudad, pero no con sus alrededores, sino con “la magia” del mismísimo centro de la capital. 

“Yo sentía que al vivir y trabajar en el puro centro de San José iba a contribuir en algo, no sé, en algo social”, recuerda. “Esto que está aquí”, dice, mientras palpa el desayunador de cemento de su casa, “fue mi primer experimento. Antes de abrir allá, hice este hueco aquí para hacer pruebas. Hacía sánguches y se los servía a mis amigos. Ponía las birras, hacía cocteles. Y ya cuando me atreví, abrí una ventana de sánguches en avenida 8, entre calles 11 y 3”.

Era un lugarcito de 30 metros cuadrados en los que no se vendía alcohol, porque Roberto se sentía demasiado culpable. “Me decía a mí mismo: Cada cerveza que yo dispense está contribuyendo al alcoholismo y a la destrucción de la familia y de los hogares… Y no deja de ser cierto, aunque no es tan así. A los 6 meses descubrí que a punta de sánguches y jugos me estaba muriendo de hambre. Había pasado de tener un buen salario a la quiebra total”.

La llegada de un socio que “lo obligó” a vender cerveza lo sacó de la ruina por los pelos: Marcos Blanco, su exjefe. La ventana se convirtió en un bar, y debido a mil razones (la ubicación, una agudeza comercial fuera de serie y, por supuesto, los “planchatones”) el negocio reventó. 

Llegaba tanta gente por las noches que un año después, en el 2010, El 13 quedó fundado tal y como lo conocemos, en su esquina del barrio chino y con su caballo de yeso en el techo.

Más que hacer observaciones casuales sobre el comportamiento humano, Roberto lo que hace es tomar decisiones basadas en ese comportamiento. Tiene una inteligencia natural –totalmente antinatural– para comprender la naturaleza humana, y especialmente para lidiar con las situaciones que podrían considerarse conflictivas. Ese talento para ponerse en el lugar del otro ha sido clave en el éxito de todos sus negocios, y tiene un don más atrevido que ninguno: convertir cualquier oportunidad en ganancia. 

Se dice enemigo de la rutina y, por todo lujo, tiene un “personal trainer” desde hace año y medio. “Es la única persona que me hace sufrir y le pago”, dice.

“A mí me encanta trabajar, yo lo disfruto. No me gusta levantarme temprano –es lo único que no–, pero el resto, me encanta. Yo puedo trabajar feliz de la vida, me gusta que otras personas trabajen, y promover el trabajo”.

Las tres reglas básicas de El 13 sirven de punto de partida para una comunidad que, al menos hasta ahora, parece comportarse en el bar quizá mejor que en su casa. “No dejo que nadie llore, ni se duerma, ni se vomite”, cuenta Roberto. “Inmediatamente o cambia la conducta, o se tiene que ir, por las buenas o por las malas. Primero por las buenas. Tampoco permitimos que nadie se emborrache: ese no es el estilo del bar. Creo que la buena fama se logra con valores, no solo cumpliéndolos, sino practicándolos. Le hemos dado trabajo a personas y tenemos una planilla fija de siete personas. Los mismos clientes crearon un reinado que otorga La Reina de la Plancha”.

Después de experimentar con diferentes géneros de fiestas y distintas fiestas sin género, Roberto y su socio dieron con “el planchatón”. 

Ideadas por Blanco, las Noches de Plancha crecieron con una vitalidad inesperada hasta convertirse en tendencia nacional.

Desde finales del año pasado Roberto alquila una bodega en la zona roja del Líbano. Hasta la fecha, lo único que ha hecho ha sido “crear una zona de seguridad”, contratando a los lugareños para que hagan pequeños trabajos de pintura y reparaciones; ganándose la confianza de muchos, a vista y paciencia de todos, sin la ayuda prácticamente de nadie.

“Mi rutina toda es en San José centro y todo lo que hago tiene que ver con activación urbana, con arte y con comercio. También me interesa mucho entender a los vecinos, pero sobre todo a los que son más vulnerables, como los indigentes y los piedreros”.

El espacio del Líbano aún no está abierto al público ni es un negocio, sino solo el germen de una idea que, aunque Roberto no ha logrado determinar exactamente en qué consiste, para él tiene un valor incalculable. 

“Creo que lo voy a manejar como un salón comunal, como se manejan los salones comunales de los barrios, que lo alquilan para todo tipo de eventos”. 

Lo que sí decidió es poner ahí su oficina, es decir, convertir esa bodega en su cuartel general.

Su trabajo en la galería Despacio, del artista costarricense Federico Herrero, parece un movimiento inevitable hacia lo que Roberto Chaves también espera obtener de sí mismo en un futuro cercano: convertirse en art dealer profesional. A estas alturas, la coincidencia de que la galería misma esté en la zona más céntrica de San José tampoco nos toma por sorpresa.

“Como artista, Federico ya está en las grandes ligas. A él se le genera trabajo que no quiere hacer, y que no tiene por qué hacer: desde vender los cuadros hasta cobrarlos, desde organizar una actividad académica hasta llevar una obra a la casa de un coleccionista. Estamos trabajando juntos en un proyecto de formación. Tengo dos años de estar estudiando. Todos mis viajes ahorita tienen que ver con arte. Mi tarjeta de la galería dice project manager. Es un puesto que sirve para resolver absolutamente cualquier cosa”.

“Sinceramente, yo tenía una gran ilusión, y han pasado 12 años y la ilusión ha aumentado, no solo porque yo sea muy optimista, sino porque he ganado plata. Yo le tengo cariño a esta ciudad. A mí me bendijo. Me trajo prosperidad y me hace sentir productivo”.


ameliarueda.com

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