Registro Público Sonia Mayela Rodríguez Ortega

La savia

La bióloga Sonia Mayela Rodríguez, mejor conocida como ‘La Negra’, ha hecho documentales educativos durante casi 40 años. En su mundo, todas las metáforas son de comprobación científica: ríos que caminan, bosques que murmuran y aguas que vuelan. Acaba de pensionarse, así que ahora tendrá más tiempo para seguir trabajando

Por María Montero 11 de julio, 2015

Fotos de David Bolaños

Hace muy pocos años, mientras investigaba la masacre de robles ocurrida tras la construcción de la carretera Interamericana sur, La Negra descubrió que los árboles son eternos. “Sí, sí, eternos”, dice. “No se enferman ni se mueren, a menos de que los envenenen, claro, o los corten, o les caiga agua contaminada ¡o los parta un rayo! Solitos, por sí mismos, se siguen reproduciendo para siempre, ad eternum… ¡Eso es tener poder! Es el verdadero secreto de la eterna juventud. ¿Mae, vos te imaginás?” 

Delante de una taza de buen café, La Negra es capaz de conversar durante horas. En realidad, aunque el café la inspira, La Negra no necesita coartadas para comunicarse con otro ser vivo, y sería capaz de hablar hasta con las piedras incluso si no le dieran ni agua. Si así fuera, lo más probable es que terminaría grabando un documental, porque cuando se trata de extraer información sobre las vicisitudes de la Naturaleza, hasta las rocas más áridas tienen algo que contarle. Y lo han hecho.  

“Yo hablo mucho, yo sé, hablo demasiado, mi hija siempre me lo dice… ¡pero también tengo un don para que la gente hable! Yo me cago de risa cuando oigo que dicen de mí: ¡Esa mujer! ¡No sabés lo bien que escucha!” 

El apelativo civil de La Negra no se parece mucho a ella –Sonia Mayela Rodríguez Ortega– y confirma que el sobrenombre que le endosaron hace añales se lo pusieron sus amigos, pues la describe mucho mejor: es fuerte, impetuoso, flagrante. Más que un apodo, es un subrayado. Al menos, así funciona en el plano personal, porque en el profesional, La Negra siempre ha firmado sus documentales como Sonia M. Rodríguez, sin mucha pompa. 

De hecho, en la mediateca de la Universidad Estatal a Distancia, donde desarrolló sus casi 40 años de vida profesional, su nombre de pila no es un criterio de búsqueda, aunque sí los títulos de sus trabajos, que son muchísimos. Al acogerse a su pensión, el pasado 15 de junio, La Negra dejó tras de sí una estela de más de 100 documentales educativos, en su gran mayoría sobre problemáticas ambientales, hechos para acompañar el aprendizaje de los estudiantes, pero no solo eso, al menos, no en su caso. 

“Soy una documentalista, es decir, alguien que quiere contar una historia real, que denuncie algún problema muy grave o que descubra algo muy hermoso que casi nadie conoce. A veces son las dos cosas. Espero que la gente conozca un tema, se emocione y cambie”. 

–De no haber estado en la Uned, ¿se habría dedicado a este trabajo de todos modos? 

–No tengo ni la menor idea. Gracias a la Uned lo descubrí… ¿Cómo lo hubiera hecho, si no? La Uned me ofreció esa posibilidad. ¡Me lo creían! Claro, me lo creían, porque yo me lo gané. 

La Negra es bióloga, aunque empezó estudiando microbiología en la Universidad de Costa Rica. Sin embargo, rapidito se dio cuenta de que los laboratorios y las gabachas no realzaban ni su figura ni su talante, así que dio un salto evolutivo y descubrió su verdadera naturaleza en las materias que le proponía la Biología. Ciclos, relaciones, interdependencias, mutaciones, colaboraciones, equilibrios… Estudiar el entramado de la vida natural le permitió conocer todo el país, ‘callejear’ en la montaña, cazar nubes, conocer el lenguaje de los ríos, asimilar cosmovisiones. 

“La ciencia solo ha sido un camino para ayudarme a entender” .

También hizo un bachillerato en Educación, y un profesorado en Ciencias y Biología, y cuando se cansó de no estar más activa, sacó una maestría en Comunicación para la Paz.

“Hago documentales para que los chavalos aprendan muchas cosas, no solo la materia de un curso, por eso nunca escribo un guion antes de ir a grabar. Tengo el tema y el problema, pero mientras estoy grabando, el ambiente me sopla el texto –los ríos, los árboles, el agua– y, por supuesto, la gente. Así me salen las metáforas. Creo que soy más una investigadora social que una educadora. Yo me dejo enseñar”.

Empezó su carrera en la Uned en 1978 y, aunque no soporta que la consideren una pionera en su campo, lo es. Arruga la cara, no le da importancia, pero lo cierto es que La Negra fue una de las primeras realizadoras audiovisuales –si no la primera– en plantear sistemáticamente los problemas ambientales del país a través de documentales. Es cierto que, como empleada pública, le pagaban para eso, pero sus funciones eran mucho más limitadas y fue ella quien decidió sobrepasarlas. ¿Y por qué? Pues porque le dio la gana. 

Venía de hacer libros en el departamento de publicaciones de esa misma universidad. Le encantaba escribir desde carajilla, y eso favoreció su cercanía con el mundo editorial, pero cuando empezó a explorar otros lenguajes como productora y realizadora (primero el radiofónico y luego el audiovisual), descubrió que tenía carácter para hacerlo: carácter, conocimiento y ganas. 

No se trataba solo de educar, sino de sensibilizar. Si le pedían materiales para un curso, ella sabía cómo convertir los informes científicos en un relato didáctico pero cautivador, y conocía tan bien “el despelote ambiental” que había –que hay– en el país, que podía proponer sus propios temas e investigaciones.

Las autoridades universitarias coincidieron en que tenían la obligación de ser, además, una tribuna de denuncia de temas de urgencia nacional, y le permitieron ‘abrir fuego’. 

Algunos de sus trabajos favoritos lo demuestran con creces: Agua nuestra, tesoro frágil; Defendiendo gigantes; Osa la última frontera; Piel de fuego, corazón de agua. No era una labor sosegada ni para la cual podía tomarse el tiempo que quisiera. A veces se iba de gira hasta 15 días, pero tenía fechas de entrega, plazos de edición, un día preciso para salir al aire. Había que correr, musicalizar, trasnochar. Ella lo hacía. 

Durante muchos años, sus trabajos también se programaron en la televisión nacional. 


La Negra es explosiva, despistada, coqueta, socialista. Hija de Alcoa, pegó gritos, tiró piedras y la perfumaron con gases lacrimógenos. Muy enamoradiza. Ella dice: “histérica”. No come ni un grano de arroz, salvo cuando hace gallopinto, y solo porque su receta es cuatro a uno, ganando los frijoles. El arroz engorda y, ahora que se ha hecho grande, dice que ni loca va a rodar por la pendiente de la decrepitud. 

“Yo era una mae que me podía quitar los chuicas sin ningún miedo, en cualquier parte. No tenía complejos, tampoco mondongos”. 

Vive en un apartamentito diminuto, en Moravia, hace ejercicio con regularidad y tiene una melena con destellos refulgentes gracias a la henna. “No quiero llevar el pelito cortito, como viejita modosita”. Le fascina cantar –pero ya no canta– y de la música, prefiere Los Beatles y la trova cubana. Detesta la burocracia y por eso, cuando finalmente le dieron el carnet de pensionada, sintió que había realizado una proeza personal. “Hacer todo eso... no soy capaz. Frente a los trámites me siento inútil, como con lo digital”. 

Acomodadas en orden cronológico, sus actividades favoritas son “tomar café, leer, ver fútbol y tomar guaro”. Por “guaro” no se entienda el “guaro-guaro”, sino la ginebra –“acordate que viví en Inglaterra”, dice–, y el vino, que es inseparable de la comida. “Por eso sé que no soy alcohólica, porque me encanta comer cuando me tomo una botella”. 

A veces usa tacones, largas faldas de colores, aretes y pulseras de turquesa. Tras una desilusión local, se hizo hincha del Barca. Tiene cintura, tres hijas –Silvana, Natalia y Morgana–, cuatro nietos y ningún marido, por ahora. La Negra se achina cuando habla, porque sonríe en cada punto y aparte. Se cuida mucho la piel y aunque es minuciosa con su imagen, no se maquilla ni un poquito. Es una muchacha de 68 años. 

“No podría escribir si no puedo caminar. Me gustaría volar. Ese ha sido mi sueño toda la vida, por eso, cada vez que puedo, me monto en una avioneta o en un helicóptero”. 

Su infancia y juventud transcurrieron entre la vida del campo y el nomadismo. Por dónde no anduvo.  
“Siempre fuimos como gitanos”, dice. “Seguro por eso me gusta tanto la gente del sur, porque son todos migrantes”. 

Su familia pasó por La Cruz de Guanacaste, Puriscal, Paso Canoas, Limón, San Carlos y San José, por mencionar solo algunas metrópolis. Como su mamá era maestra, contaba con cierta facilidad para cumplir con la infatigable tarea de seguir a su marido, funcionario público, que llegó a ser capitán del resguardo fiscal de Sixaola. 

Sonia Mayela fue la hija del medio, por debajo de un hermano y por encima de otro, nacida el 9 de marzo de 1947, en el hospital Calderón Guardia. Buena estudiante sí era. Muy buena, especialmente después de haber aprendido a convivir con las cascabeles de Guanacaste y con los bordes del tajamar, en Limón. Su chispa tuvo oportunidad de lucirse cuando llegó la hora de ir al colegio, cuyo primer año cursó en un colegio de monjas que, para mayor integridad, estaba recién inaugurado y se llamaba María Inmaculada, de la que era entonces Villa Quesada. “Yo estaba fascinada con esas monjas”, confiesa.  

Era una alumna aventajada que siempre ganaba los concursos de ortografía, pero también era buena en todo lo demás. Y las monjas, por cierto, no se quedaban atrás, amantísimas hermanas del conocimiento. La Negra vivía orgullosa de sí misma, hasta que el cura de la localidad intervino, para mal. 

“Mandó a llamar a mis papás y les dijo que no podían matricularme en segundo año porque ellos eran divorciados y vivían en pecado”.

En efecto, ambos eran divorciados, y de hecho, el hermano mayor de La Negra era hijo del primer matrimonio de su mamá. Hasta ese momento, ella jamás había pensado que hubiera algo malo en aquel estado de cosas.

La familia regresó a San José y las economías se vinieron a pique, entre otras razones porque su papá no lograba encontrar trabajo. La pobreza sacó su látigo y, aunque a La Negra la matricularon en un buen colegio para señoritas, el Anastasio Alfaro, ella cayó en una depresión perfecta, solitaria y hambrienta. 

“Era un montón de pelos y un montón de huesos, y encima no me venía la regla. Luego supe que seguro era porque no tenía el peso mínimo para poder desarrollar. Triste, seria, callada. Me dormía en clases. Me daban 15 céntimos para el bus de ida, pero no para el bus de vuelta. Me iba caminando de La Paulina hasta El Alto de Guadalupe”. 

“Recuerdo poco esa época. Era como estar en una cueva. Estaba tan triste yo”. 

Hasta que llegó a quinto año se le pasó el trance depresivo, gracias a un grupo de compañeras que eran tremendas. “Traviesas. Locazas”, dice. “Esas maes se siguen reuniendo. ¡A mí me aburre que se reúnan tanto! Yo soy la única que sigue trabajando, bueno, seguía”.

En 1996, La Negra superó un aneurisma que terminó en derrame; algo peligrosísimo de lo que casi todo el mundo se muere, pero no ella. Después también se sobrepuso a un carcinoma en la nariz, en el 2003 que, según su relato, le sacó las arrugas que no le habían salido a causa de la radiación del tratamiento. Luego tuvo un incidente con la vejiga, pero no mucho más. Padece hipertensión reactiva, y hace como tres meses dejó la única pastilla que se tomaba: la cambió por el aceite esencial de una planta. Y en esas está.

Sigue pendiente del trabajo que le queda en la Uned, que no es poco. Aunque se pensionó, aún tiene que terminar los cuatro capítulos de una serie de radiodocumentales llamada Sobrevivientes, dedicada a estudiantes de esta institución cuyo deseo de estudiar es prácticamente sobrehumano, pues supera las condiciones más adversas. 

“Son pobres como Adán, y viven muy pero muy largo. Tengo material para hacer 25. Estos son los estudiantes de carne y hueso para los que fue creada esta universidad, y nadie debería olvidarlo”. 

Con el horizonte laboral despejado, dice que ahora sí, que a escribir se ha dicho. Siempre pensó que tras la pensión se dedicaría a la escritura de sus propios cuentos, aunque en realidad ya escribió la mayoría y los tiene por ahí guardados, sin pulir. “Me gustaría publicar algunos. Tal vez cuentos para niños. Libritos humilditos”. Sin embargo, eso la emociona mucho menos que un proyecto que tiene entre manos para el otro año, uno secreto. Dice que es algo grande, ambicioso. ¿Será un libro de poesía?  

“No mae, yo soy una gran perra con la poesía”.

Pero eso no es del todo cierto. Antes de despedirse, susurra un par de versos que dejó para el final, un poema suyo que algún enamorado convirtió en canción: “Tengo un techo de luna cada noche, y un jardín de palabras que te nombra”.

La Negra se aleja, achinada, moviendo la mano en señal de despedida. Tiene ganas de irse cantando. Y es lo que hace.




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