Registro Público Andrea siliézar delgado

La incondicional

Andrea Siliézar no pudo acompañar a Pompoyo al cielo de los perros, pero sí transformar el vínculo con su mascota discapacitada en una pequeña empresa. Desde hace ocho años, Andrea fabrica sillas de ruedas para animales

Por María Montero 16 de mayo, 2015

Fotos de David Bolaños

En ese entonces Andrea salía de su casa de lunes a viernes con uniforme de colegio. No solo era mucho más joven, sino mucho más tímida. Tenía 16 años y estaba a punto de graduarse del liceo Laboratorio, pensaba que iría a la universidad y estudiaría veterinaria, pero arte, jamás. Un día regresaba de clases. Avanzaba por la calle ancha que va de Guadalupe hacia Coronado y, de hecho, le faltaban pocos metros para llegar hasta la puerta. Aquella era una época difícil. El año anterior, un compañero de colegio que iba un año adelante –un muchacho que le gustaba y al que ella nunca se había atrevido a decirle ni hola–, se ahogó en el mar. Andrea, tras la noticia, simplemente se hundió en el silencio que el difunto le había heredado sin saberlo. Habían pasado meses y no recuperaba el ánimo; tampoco sabía cómo.

De pronto vio que algunos vecinos se agrupaban a un lado de la acera, curiosos. Ella también se acercó. 

Descubrió a un zaguatillo chiquitillo que a duras penas se arrastraba por el asfalto, las patas traseras inservibles. 

Su mamá la llamó desde la puerta y la obligó a entrar a la casa, diciéndole que el espectáculo era demasiado triste, pero al cabo de una hora más o menos, Andrea salió de nuevo y empezó a buscar al animalito, caminando muy despacio y temiendo lo peor. Descubrió una caja de cartón, y debajo de ella, dos patitas que sobresalían. Se puso tan contenta al verlo que creyó que al perro le pasaba lo mismo, y cuando lo fue a agarrar, lo único que vio fueron colmillos furiosos. 

Entonces Andrea corrió a su casa por una cobija y, aún en contra de la voluntad del paciente, hizo la caridad. Conforme pasaron los días y empezó a comer de la mano de Andrea, la perrita –porque más tarde supieron que era una hembra de unos 8 años– incluso dejó que la bautizaran con un nombre caprichoso: Pompoyo. Durante cinco años, toda la familia Siliézar Delgado se involucró en la educación y cuidados de aquella mezcla diminuta de zaguate con dóberman pincher, y fueron años felices: Pompoyo era adorable (en las fotos parece que sonríe), aunque tenía el tamaño de un gato y un carácter de los mil diablos. Andrea sabe resumirlo. 

“Tenerla a ella me cambió la vida”.

Su espacio de trabajo es tan pequeño e indefinido que ni siquiera es cuantificable: una mesa de tablones entre la cocina y el patio, pero mucho antes de llegar al zacate. El taller de Andrea tiene las dimensiones que ocuparía una máquina de coser, pero en vez de máquina, lo que hay es una prensa, una caja con diversos tubos y unas pocas herramientas. Alrededor de la mesa pasta una jauría de perros y gatos, diez en total, todos rescatados de las calles y prácticamente rehabilitados en el regazo de Andrea o de sus papás o de alguno de sus tres hermanos: Diego, Karina o Randall. En medio de aquella fauna, pareciera que convivir sin hostilidades es la única regla que no necesita ser impuesta.

Desde que Pompoyo apareció, allá por el 2005, hasta hoy, las cosas han cambiado mucho en la casa de Andrea, y no porque antes no hubiera habido mascotas, sino porque su presencia despertó nuevas pasiones, encendió nuevas expectativas y desató nuevos resultados. 

La silla en la que Pompoyo recuperó su movilidad aún anda por ahí; es un artefacto prehistórico hecho con tubos de pvc  y aspecto rudimentario, pero fue la primera silla que Andrea ideó y desarrolló hasta convertirla en la precursora de todas las demás.

“Al final lo logramos. A ella le encantaba. Veía la silla y pegaba brincos”, cuenta Andrea.

La necesidad especial de Pompoyo se convirtió en una pequeña empresa que tiene su centro de operaciones en esa mesa de tablones entre la cocina y el patio, pero mucho antes de llegar al zacate: Animaladas con ruedas.

Andrea no puede fingir inocencia, porque durante todos sus estudios universitarios se la pasó uniendo tubos de plástico y probando con otros materiales, hasta que descubrió las platinas de aluminio, un material lo suficientemente liviano, resistente y accesible como para cumplir su cometido en la fabricación de las sillas de ruedas. 

Desde un inicio sabía lo que vendría, o al menos podía suponerlo, porque una vez que hizo el primer prototipo, no pudo tapar el sol con un dedo: se las empezaron a pedir. No fue un caso de oferta y demanda, sino de demanda y oferta. Cuando las personas veían a Pompoyo radiante y encaramada en aquel artefacto digno de Acción Mutante, la película de Álex de la Iglesia, no podían sino sentir una curiosidad frenética.

“Había gente que me decía: ¡Qué vagabunda, para que la perra no camine! Mucha gente no sabe que existen sillas de ruedas para animales, ni sabe que los animales también las necesitan”.

Andrea se había pasado el último año viendo cómo su mascota se arrastraba por el suelo sin poder correr, totalmente dependiente de ella cada vez que salían a pasear, y tratando de encontrar una vía para atenuar sus limitaciones físicas. Además, la permanente fricción debido a la discapacidad le producía llagas y ulceraciones muy dolorosas. 

Cuando otras personas en su misma situación descubrían el invento de Andrea, se sentían identificadas de inmediato. Y Andrea también: de pronto no estaban solas. Así que al principio hizo sillas por pura solidaridad, pero se dio cuenta de que si realmente quería ayudar, tenía que buscar otros ingredientes emocionales.

“Yo era muy tímida y no me lo creía… Yo le decía a la gente: Si usted quiere yo le ayudo, ahí hacemos una silla entre los dos, pero lo que pasó fue que tanta gente me empezó a preguntar, que yo misma me dije: No, diay, ya no le puedo ayudar a tanta gente. Ahí fue cuando empecé a fabricarlas yo sola”.

“Yo sabía lo que es tener una perrita con discapacidad, y por eso una condición de los materiales es que fueran resistentes pero muy livianos. Uno no les puede agregar más peso del que ellos ya están soportando, porque ellos soportan su propio peso”.

Andrea hizo mal los cálculos y, en cierta forma, le salieron bien, porque hizo lo contrario a lo que se propuso: en vez de Veterinaria terminó estudiando Arte. 

Pensó que podría entrar a la Universidad Nacional y, una vez dentro, trasladarse de carrera, pero no fue tan sencillo. Así que se fue quedando en las aulas de Arte y Comunicación Visual, cada vez con más entusiasmo, hasta que se graduó con una especialidad en diseño textil. No quería hacerlo precisamente porque conocía de buena fuente lo dura que puede ser la vida de un artista. Su papá es el conocido grabador y pintor Adolfo Siliézar, y su mamá, Alicia Delgado, también es artista, aunque no reconocida –acota Andrea–, además de ama de casa y de enfermera de su abuela. 

“Antes de que mi abuelita se cayera y se quebrara ambas caderas, mi mamá hacía esculturas en papel maché”.

“Lo que pasa con ella es que es muy dispersa”, dice Andrea, retomando el tema de su mamá. “Tenemos problemas familiares de dispersión”.

Bueno, vos tenés ocho años de hacer las sillas. No parece que estés dispersa.

–Hago muchas cosas... Ahora estoy en clases de grooming  [peluquería canina], así que soy estilista de animales... Yo le digo a la gente que duro de una semana a 15 días para sacar una silla, pero es porque no solo hago sillas de ruedas… También soy cazadora de gatos (con las trampas de la Asociación Nacional Protectora de Animales), peluquera en una veterinaria dos días por semana y, a veces, trabajo en una empresa que da mantenimiento a maquetas de museo.

Incluso mucho antes de tener que tomar decisiones aparentemente trascendentales, Andrea ya había sido marcada por la genética familiar.

“Aquí todos hacemos cosas muy raras”, confiesa.

Ella lo dice por sus “comederos”, un pasatiempo ligado a su gusto por los animalillos. Empezó a hacerlos cuando aún estaba en el colegio, utilizando telas de araña y todo tipo de soportes, generalmente colgantes. Ella los ve divinos, y realmente lo son... pero, ¿qué son? Estructuras orgánicas que exhiben, en una amalgama de seda pegajosa y despojos, la excitante vida de las arañas.

“El concepto de móvil es diferente a esto porque, en el caso de los ‘comederos’, lo móvil está en los insectos que viven adentro. Yo le pongo cosas, pero es la araña la que se encarga de unificarlo todo. Le pongo otras telas, esas que tal vez mami va a quitar con la escoba, y entonces ellas empiezan a tejer encima de todo lo que yo haya puesto. Parte creo yo, y parte crea la araña”.

Con más de 80 años de antigüedad, la casa de adobe donde Andrea creció ya dejó de ser habitable y además es una herencia que hay que repartir, así que la mudanza es inminente: a los Siliézar Delgado los espera otro nido en Moravia. Andrea aún no se hace a la idea de ir a vivir a otra casa, especialmente a una más pequeña y más limpia.

“Es muy traumante”, murmura. “Aquí yo me he enamorado de las telarañas, a mí eso me encanta, es parte de mi trabajo. Esto, en una casa nueva, no lo voy a tener… Ya me imagino todo limpio, ¡y me voy a volver loca! En esta casa nunca hay nada limpio, todo está sucio, todo está lleno de telas, mi mamá se enloquece, pero a mí me encanta la casa de tierra –hablo por mí, no sé mis hermanos–, pero ver las arañillas por donde andan, aunque las cucarachas no me hacen mucha gracia… Aquí vivo muy cerca de los insectos y de los animales”.

Desde que nació, el 18 de enero de 1989, Andrea Siliézar Delgado no conoció otro refugio que ese. Además, creció con el privilegio de escoger su paisaje inmediato, porque de un lado tenía la carretera y del otro, el río. En su casa, el amor por los animales no era algo fuera de lo común.

La escuela Pilar Jiménez, donde hizo toda la primaria, también tenía un zacatal donde a veces aparecían ardillas heridas o zanates que los niños terminaban de rematar con piedras y palos.

De vez en cuando Andrea lograba arrebatárselos y los echaba en una caja de cartón que pedía en la soda. Se iba para la clase y esperaba ansiosa la salida. Las maestras no disimulaban su cara de asco.

“A todos los animales yo los respeto mucho, incluso a las palomas, que dicen que son ‘ratas con alas’. En la escuela había un conserje que las mataba. Me acuerdo de haberlo visto un día metiendo una escoba en un estañón y golpeando así, con fuerza. Yo, chiquitilla, me asomé a ver qué era. Había echado un montón de palomas y les estaba dando con un palo. Era un montón de sangre y plumas, con las palomas medio muertas… Fue una cosa que me dejó marcada de por vida. ¡Horrible! ¡Estaba haciendo eso en una escuela! ¡Imagínese!”

Animaladas con ruedas no tiene sillas en exhibición ni catálogo ni una banda de producción en serie, pero en los últimos años, Andrea ha hecho cerca de 200. 

“Cuando la gente me pide algo y funciona, incorporamos el nuevo producto”. 

El uso del plural “incorporamos” es simbólico, porque la empresa tiene un único trabajador –Andrea– aunque, hace tres años, su novio se incorporó como mano de obra barata.

Andrea no lleva una estadística minuciosa, pero sabe que al menos Gaga y Milú y Antolín y Mía y Cleo y Viejito y Alaska y Canelo y Cora volvieron a correr gracias a sus maquinitas. Dice que, si le enseñan la foto, es capaz de recordar la historia que hay detrás de cada silla.

“¡Yo hago de todo! Hago inventos para animales. Siempre y cuando la gente tenga paciencia, porque todo es a la medida. Lo que me pidan, yo trato de hacerlo, porque así como puede que sirva, puede que no. Yo me comprometo a darle y darle y darle hasta que le quede. Las sillas de ruedas de nosotros son como un juego de resistencia. Y tienen mucho color. Hemos pasado por muchos cambios. Reciclamos ruedas de coche y de bicicleta”.

“A mí me busca todo el mundo. Yo no vivo de esto, pero es porque realmente no quiero. Me gustaría lograr una empresa un poco más sostenible, que también pudiera hacerse cargo de esa parte educativa... ¡Eso es! Quisiera convertir la empresa en un proyecto educativo que mezcle arte y bienestar animal”.

La han contactado desde Estados Unidos, Argentina y Panamá, pero solo concretó un negocio internacional: mandó una silla a Nicaragua. Con todo y todo, sus productos siguen siendo de bajo costo, con precios que oscilan entre los ¢30 y los ¢100 mil, aunque las sillas que se venden por Internet pueden alcanzar fácilmente los $2000. 

El tema del precio es un aspecto absolutamente delicado para Andrea, y otra razón para no desfallecer en una labor que, muy a su pesar, sigue estando más cerca de la orfebrería que de la revolución industrial.

“Nos hemos dado cuenta de que cuando la gente tiene un animal con problemas de discapacidad, no puede o no quiere pagar tanta plata por una silla, entonces lo que hacen es dormir al animal, teniendo él todas las ganas de vivir”. 

“Hay gente que sufre montones porque quiere mucho a su mascota, pero no puede comprar su silla de ruedas. Aunque nosotros las vendemos muy baratas, hay gente que aún así no puede pagar… A veces nosotros hasta les ofrecemos hacer rifas…”

“He querido meter a más gente pero esa es la parte que me ha costado más. ¿Cómo acomodarme? Todavía no hay capital para pagarle a nadie, y como las sillas son de bajo costo… He estado en infinidad de cursos y pymes, ¡pero esa parte nunca la explican! ¿Cómo hace uno? ¿Qué le dice uno a la gente? ¿Trabaje de gratis que algún día le voy a pagar?”

“Necesito que alguien me oriente. A veces quisiera crecer más y darle trabajo a otras personas. Eso para mí sería la realización entera. Imagínese. Estar haciendo algo que ayude a los animales y, al mismo tiempo, genere empleo. Eso me encantaría, pero me da horror tener que subirle el precio demasiado a las sillas. No es mi objetivo”.

Pompoyo se murió, por razones aún desconocidas, los primeros días de enero del 2011. Andrea dice que, con la muerte de su pequeña, ella también sintió que se moría. Suspira.

 “¡Se me hizo tan corto el tiempo que la tuve!”


ameliarueda.com

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