Registro Público Abigaíl Jeshurun

La hija del predicador

Cantó para miles de personas en Costa Rica y la región durante 20 años, pero ella no la considera una carrera artística, porque alabar a Dios era un proyecto familiar muy lejos del arte. Nadie, excepto su hermana, tuvo una infancia como la de Abby Jeshurun

Por María Montero 25 de julio, 2015

Fotos de David Bolaños

Los Jeshurun tienen un álbum de unas 300 fotografías en las que siempre aparecen tocando sus instrumentos en mitad de plazoletas o explanadas al aire libre. Aunque son de diferentes épocas, todas tienen algo en común: ninguna de las fotos fue tomada por ellos. 

A finales de la década de los 80, el clan Jeshurun se trasladó de Pérez Zeledón a San José con el firme propósito de proclamar el amor de Dios a los cuatro vientos. Llevaban sandalias, trenzas y guitarras. Su música se convirtió en la primera banda sonora que tuvo la Plaza de la Cultura y su presencia en las calles de la capital, animada por panderetas, se volvió parte del folclor urbano. Durante casi 20 años, la familia recorrió cuanto parque hubiera en los alrededores de Centroamérica y México y, entre su fe y la venta de casetes siempre logró salir a flote, con las ofrendas por un lado y los negocios musicales por otro.

Cada una de las fotografías de ese álbum familiar fue tomada y obsequiada por algún espectador que se topó con ellos, y esa mezcla de casualidad y cortesía no solo les permitió guardar el recuerdo de esos años, sino reconocerse tal y como los veía el público. Para muchos, su estampa bíblica y su fervor rural los hacía inolvidables. 

“Todo el mundo nos conocía”, asegura Abigaíl Jeshurun. 

Si de algo está segura la hija mayor de la familia es que nadie sobre la Tierra tuvo una infancia como la suya.  

Abby Jeshurun nació en su casa, una tarde lluviosa de mayo, a las 4 pm. El 24 de mayo de 1984, para ser precisos, con la única atención de su papá, Nazir, y una partera de la religión menonita. No fue un error o un accidente, sino un acontecimiento largamente preparado. 

“Cuenta mi papá que estudió mucho sobre el asunto del parto”, dice Abby. “Fue planeado así porque él no quería nada con el gobierno ni con la sociedad ni con las instituciones públicas. De hecho, me inscribieron en el registro hasta que tuve 9 años, y porque tenía que entrar a la escuela. Y lo hicieron casi obligados”. 

La única hermana de Abby, Nazareth, nació exactamente un año después: el 24 de mayo de 1985, también en la casa. “Fue cuando mi mamá se asustó y dijo: ¡¿Qué?! ¡¿Voy a tener un hijo cada año?! Entonces ellos dos oraron y le pidieron a Dios que cerrara la matriz de mi mamá, para no concebir más. Y mi mamá no volvió a tener más hijos. Es increíble, pero cierto”. 

“Esa historia me parece que no es mía.       Me encantaría hacer un libro algún día”. 

Nazir Jeshurun, nacido en Tel Aviv el 3 de diciembre de 1951, fue un muchacho de su época, pero sobretodo, un muchacho costarricense. Criado en Costa Rica desde muy niño, su hija mayor no recuerda haberlo escuchado nunca hablar hebreo. 

El movimiento hippie le dejó al joven Nazir inquietudes sobre las libertades civiles y el desprendimiento material, además de una pequeña melena de colochos y varios pantalones campana, pero no llegó a convertirlo en uno de sus gurús. Tenía veintipocos años cuando ya se encargaba de administrar los negocios familiares junto a su padre, viudo desde que Nazir era adolescente. Era una familia grande  –nueve hermanos en total– pero el padre había decidido sacar adelante sus asuntos sin necesidad de un segundo matrimonio. Nazir era su mano derecha.

“Yo supongo que él quedó muy vacío con la muerte de su madre”, dice Abby. “Así que durante la adolescencia buscó con qué llenarlo, haciéndose las preguntas típicas de ese periodo, sobre el sentido de la vida. Creo que anhelaba tener un encuentro espiritual, pero no metido en ninguna secta ni en ninguna doctrina”. 

Un día, Nazir decidió dejarlo todo y marcharse en busca de su espiritualidad. 

Abby cree que aún no llegaba a los 30 cuando su papá dio un giro absoluto y abandonó casa, carro, negocios, amigos y familia. Se fugó lo más lejos que pudo y, una vez en Pérez Zeledón, se alquiló un cuartito y se fue a las calles a predicar. Al poco tiempo, “cayó en gracia” con el juez penal del cantón, quien le permitió vivir en una finca de su propiedad, a cambio de que la cuidara y sembrara, por lo que Nazir –que no tenía ninguna experiencia agrícola– empezó a cosechar maíz, frijoles y papa. 

“Cuando la gente lo veía en el parque o en las inmediaciones del mercado, pensaban que era un santo y le daban ofrendas”, cuenta Abby. “Sus prédicas se basaban en la Biblia, pero no eran necesariamente doctrina católica. Él creía firmemente en que la relación con Dios es directa, del individuo con Dios, sin pasar por ninguna institución ni doctrina específica. Él no calzaba en ninguna religión”. 

El espejismo de santidad no era infundado. Nazir era un pelirrojo radical, delgado, de ojos verdes y piel muy blanca, con un metro setenta de estatura. Llevaba una túnica y unas sandalias, y se dejó el cabello tan largo como la barba, que en ese entonces no era un accesorio masculino muy común. 

“Quería que la gente conociera a Jesús tal y como él lo había encontrado", explica Abby. “Y no a través de una religión cerrada, como el rito judío, el católico o el evangélico”. 

María Molina Otárola era una muchacha campesina que vivía con sus papás y seis hermanos en una propiedad familiar donde sembraban café. “Por aquel entonces, Pérez Zeledón era mucho más rural y menos poblado. Incluso vivir en el centro del pueblo era como vivir en la jungla”, asegura Abby. 

María tenía 18 años, el cabello muy largo, negro y ondulado, ojos achinados color miel y contextura promedio. Nunca llevaba ni una gota de maquillaje, muchos menos el día en que vio por primera vez a Nazir en el parque de su pueblo y sintió que se enamoraba perdidamente de él. 

“Les tocaba estar juntos. Mi papá también sintió que Dios le dijo que esa era la mujer para él. Ni siquiera fueron novios. Se hablaron un par de veces, y luego se casaron en una ceremonia donde solo estaban ellos, dos testigos y el juez, sin ningún pariente. Yo supongo que tendrían unos 6 meses de haberse conocido. Y ahí están. Ya llevan 32 años de casados. Los cumplen en julio, precisamente”. 

“Después de casarse, ella cambió totalmente su ropa, por eso cuando nos veían, pensaban que éramos de otro país, más bien, de otro planeta”. 

Ahora María es una mujer moderna que se maquilla a diario, usa jeans y luce el cabello corto y teñido. “Muy pocas veces la ves con vestido”, cuenta Abby. “Es una mujer muy linda y muy juvenil. Mi papá también cambió. Las tres hicimos que él cambiara. Ya usa ropa normal y se cortó un poco la barba, pero no el pelo, que siempre se dejó largo. Cambió su aspecto pero no su interior”. 

Las hermanas Jeshurun crecieron habituadas a una estricta rutina de placeres, paseos, estudios, canciones y juegos. Guiadas por su mamá, aprendieron a leer y escribir mucho antes de tener edad escolar, Abby a los 5 años y Nazareth a los 4. Los ejercicios de memoria también vinieron con sus primeras palabras, pues rápidamente se aprendieron el repertorio de canciones que su papá había acumulado antes de que ellas nacieran, así como los temas que iban surgiendo en el camino. Toda la música que interpretaban era original, en español. Y Nazir no dejaba de componer porque la música religiosa era una parte sustancial de su prédica, de su trabajo. 

Sin canciones, sus apariciones públicas no tenían razón de ser.

Desde muy niñas, Abby y su hermana se acostumbraron a viajar, a sostener un micrófono y a plantarle cara a cualquier auditorio. “Recuerdo que salíamos juntos a predicar, todos los días, como a las 9 de la mañana, pero no solo a San José”.  Su familia era una tribu nómada que vivía, hasta donde podía, según sus propias reglas, saltándose olímpicamente algunos ritos sociales. La escolarización formal de las niñas fue uno de ellos.

“Yo tenía como dos años cuando nos vinimos para San José, y mi papá se compró un jeep con el que recorrimos el país. ¡El carro más lindo que he visto!”, brinca Abby. “Íbamos y veníamos por todas las provincias. Por eso es que nos tenían maestras en la casa, porque nosotras siempre salíamos de gira y no podíamos tener un horario como los niños normales. A veces nos íbamos dos días para Pérez Zeledón, dos para Limón, uno para San Carlos; a veces íbamos y veníamos en un solo día. Vivíamos muy nómadas, muy libres. Predicábamos en la mañana y luego nos íbamos en la tarde a pasear, a conocer la zona”. 

“Aún no he conocido otra persona que me diga: Yo también crecí en un ambiente parecido. Los mejores recuerdos de toda mi vida están ahí, en mi infancia. Paseamos mucho, conocimos muchos lugares, mucha gente, y hacía lo que a mí me gustaba, que era cantar. Me encantaba cantar. Además, estábamos muy unidos como familia. No nos separábamos nunca. No era como que mi papá tuviera que salir a trabajar y mi mamá también. Siempre estábamos juntos”.

Las niñas también estudiaron piano clásico e inglés, hasta que amarrarse a un pupitre se hizo inevitable. “Nos hicieron un examen del Ministerio de Educación Pública y, por edad, nos ubicaron en cuarto y tercer grado, pero sabíamos mucho más, por eso la escuela se nos hizo tan aburrida, porque nos enseñaban cosas que ya sabíamos”. 

Muchos las llamaban “las hijas de la casa de la pradera”, pero para Abby no era una ofensa, porque le encantaba esa serie de televisión. Incluso hoy día es de sus favoritas, precisamente porque le recuerda su infancia. “Usábamos el mismo uniforme que las demás niñas, solo que con las faldas por el tobillo y dos trenzas muy largas. Yo con mis trenzas rubias y mi hermana con sus trenzas negras”. 

“Toda la vida nos vistieron iguales, y por eso la gente también pensaba que éramos gemelas”. 

“A mi papá no le gustaba que lo siguieran. Había mucha gente que preguntaba que dónde nos reuníamos, pero él les decía: No, no, busquen su iglesia. La iglesia donde se sientan mejor. Aún así, cuando yo cumplí 12 años, mi papá se hizo de un localito y se montó una iglesia, ante la insistencia de la gente, pero duramos como tres años nada más. Después lo dejamos porque nos fuimos de gira por todo Centroamérica. Por eso es que yo no fui al colegio. Terminando sexto me metieron a un instituto y yo ya a los 15 años ya tenía el bachillerato”.

Durante dos años, los Jeshurun viajaron por tierra hasta llegar a México, y después, de vuelta a Costa Rica. Como siempre, cantaron durante todo el trayecto, y vendieron discos y casetes. “Tengo grabaciones de cuando tenía 6 años. La última es de cuando tenía como 17. Es difícil escucharlos, porque ya esos aparatos no existen”. 

Abby nunca pensó que se convertiría en cantante, quizá porque lo había sido desde siempre. La idea de emprender una carrera como intérprete ni siquiera se le ocurrió, porque estaba más que acostumbrada a relacionarse con el mundo a través de la música. Cantar era su forma de existir, así que cuando la gira centroamericana llegó a su fin, ella decidió entrar a la universidad a ver qué le deparaba el estudio académico.

Probó con Relaciones Internacionales, pero al llegar a la sección de filosofía, su interés empezó a desvanecerse. Se matriculó en Derecho y repentinamente la cosa mejoró. Le gustó muchísimo, y viceversa. 

“Siempre fui muy buena estudiante”, cuenta Abby. “De hecho, en la escuela era la mejor alumna, y tuve el mejor promedio de sexto. Me llevaron a pasear al Braulio Carrillo por ser el mejor promedio en la escuela, y en el instituto, igual”. 

“No me ha costado nada el estudio, pero he sido muy efímera”. 

Cuando estaba en su tercer año de carrera, se casó, quedó embarazada y se dio un chance. “Y todavía estoy dándomelo”, dice, con gesto indeciso. “A veces sí me gustaría retomar los estudios y a veces no, porque ya tengo mi vida como muy hecha, y como que no me hace falta. A veces sí siento que es un sueño frustrado, pero no me veo trabajando dentro de una oficina, encerrada”. 

“Solo me faltan dos años para terminar la licenciatura en Derecho. Debería hacerlo, aunque sea para tener el título. Mi papá siempre me lo dice. Es algo que usted tiene que terminar, tiene que concluir ciclos en su vida. Porque siempre me aburro muy rápido”. 

Empezó por alejarse poco a poco de la dinámica familiar y de los preceptos paternos, y cuando nació su hijo Ismael, hace nueve años, dejó de cantar. 

“Me separé religiosamente de mis papás, por decirlo así, porque tenía mis propias convicciones de la religión y de la vida, que no concordaba con la visión de ellos. Fue una etapa muy personal. Creo que a todos nos pasa en algún momento, cuando nos preguntamos qué estamos haciendo y qué es lo que realmente queremos”. 

Después de su divorcio, Abby regresó a la casa paterna, en San Rafael Abajo de Desamparados. El dueño de la casa que alquilan desde hace décadas, y al que Abby ve como a un abuelo postizo, le construyó un apartamento en la segunda planta. “Seguí viviendo ahí, pero ya apartada de la religión y de acompañarlos a predicar. Ellos me comprendieron, porque toda la vida han sido muy chineadores, muy alcahuetas. En algún momento me dijeron: No estamos de acuerdo con su estilo de vida, pero tampoco vamos a interferir”. 

Abby ya no vive con sus papás, tiene un nuevo compañero, y asegura que aún se está acomodando. Sigue esperando el momento de tomar una decisión definitiva acerca de sí misma. 

“Nunca pensé en dedicarme de lleno a la música. No como carrera. Cantar sí es importante, aunque al final no lo es tanto. Tengo 31 años y a veces me siento como si tuviera 20, emocionalmente, al menos. Algún día tendré que sentar cabeza, en mí, en lo que me gustaría dedicarme al final de todo”.

Como su voz no la ha abandonado, hace seis años volvió a cantar. Esta vez, empezó con un repertorio totalmente diferente. Primero lo hizo como un pasatiempo, y luego como un trabajo. Durante tres años cantó con un grupo aleatorio de músicos y amigos que se reunían en el bar El Mambito, en San Sebastián, en el mismo rincón en que solía actuar el legendario guitarrista Álvaro Vargas, de Los Vargas Brothers, hasta  que un día un empresario invitó a varios músicos a formar parte del grupo Cuarta Generación. Abby también fue convocada. En esas filas permaneció tres años más, hasta que decidió que el rock y la música comercial tampoco era lo suyo, o no definitivamente.

Hace dos años, cuando sus papás fundaron una pequeña empresa de prestiños, Abby empezó a trabajar con ellos. Desde el 2007 tenía una moto, así que el trabajo de repartidora se le hizo de lo más natural.

Prestiños Doña María en realidad vende también buñuelos, pan casero y tortillas con queso, todos productos amasados y cocinados por el propio Nazir. Es una empresa en expansión gracias, en parte, a las hábiles maniobras que Abigaíl Jeshurun hace por toda el Área Metropolitana encaramada en una semipandillera 125, llena de cestas.

“Mi mamá tiene sus clientes y yo tengo los míos. Todos los días salgo  a repartir con la moto, por eso es que mi día empieza tempranísimo.  Siempre ando visitando panaderías, negocios, casas y talleres donde ya me esperan”. 

“Parqueo la moto y me voy a entregar los pedidos caminando”. 

Asegura que no se toma licencias por el hecho de ser su propia patrona, al contrario. “A pesar de que soy muy nómada y muy libre, yo me pongo mis horarios y los cumplo muy estrictamente”. 

Trabaja de lunes a sábado, de 7 de la mañana hasta el mediodía. Durante la mañana, sigue un rastro de clientes en una determinada zona y, a mediodía, regresa al cuartel general de Prestiños Doña María por más mercadería. Las presas que debe tragarse en esos viajes de ida y vuelta hasta San Rafael Abajo de Desamparados no la desalientan.

“De las 2 de la tarde hasta las 5 o 6 trabajo en otra ruta. Tengo como 10 ó 12 rutas a la semana, pero ando por todo lado, porque también voy a Heredia, Alajuela y Cartago”. 

“Hoy anduve por todo San Pedro y, como es quincena, me tocaron como 60 entregas”.


“De algo estoy muy segura”, dice Abby. “Ismael es el único hijo que voy a tener”.

También está segura de tener una deuda pendiente con su espíritu errante. La sensación de rodar por la carretera, sin mayor destino que un mapa extendido sobre los regazos, es algo que la empuja a sostener un sueño muy concreto.

“Cuando mi hijo esté un poco más grande –15 ó 16 años–, quiero viajar por toda Suramérica. Me encanta viajar. Quiero que mi hijo crezca un poco más, para viajar y escribir. Me gusta la vida libre, no me gustan las ataduras ni nada por el estilo. Conocer gente, conocer historias, países, lugares, culturas, pueblito por pueblito, sus tradiciones, su religión, sus comidas. Todo”. 

Escribir, además de cantar, es otro de los talentos que Abby tiene muchas ganas de conocer, pero se lo deja al tiempo y a la posibilidad de ese viaje futuro.

La relación con sus padres sigue siendo muy estrecha, “aunque ellos no conciben una vida así, como la mía”, dice Abby. ¿Así cómo?  “Como que a uno le guste salir y tomarse una birra. Igual no lo hablamos mucho, porque cada quien está en su casa. Hoy, solo eso nos separa”. 

“Ellos son mis columnas, mis pilares”, dice Abby. “Mi papá aún predica, todos los domingos, en el Parque Central. Él va con mi mamá y, muy de vez en cuando, voy yo. No van estrictamente todos los domingos, pero mi papá nunca dejó su mentalidad. Él dice que va a predicar hasta el último minuto de su vida. Por ahora, quieren que la empresa crezca un poco más y, cuando esto pase, mi papá dice que van a irse a Pérez Zeledón a terminar sus días”. 

“Retornar al principio. Eso es lo que él siempre dice”. 

“De amor ya no se muere”, de Gianni Bella.
Intérpretes: Abby Jeshurun e Israel Garita.




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