Registro Público Lisseth Salazar León

La guerrera

Lisseth Salazar llegó a Costa Rica dos meses antes de cumplir 18 años. Siempre supo que quería una profesión antes que hijos o marido, pero por su origen nicaragüense, estudiar se volvió una batalla contra las circunstancias. 15 años después, se mantiene firme y en pleno combate

Por María Montero 15 de agosto, 2015

Fotos de Glorianna Jiménez

En su casa viven tres personas, pero hoy solo está ella. Lo normal sería que no hubiera nadie, porque ahí todo el mundo trabaja, pero desde hace 6 meses Lisseth es la excepción de la familia: el 15 de enero se quedó sin trabajo. Aún así, es raro encontrarla en su casa a media tarde, sentada en la sosegada penumbra de la entrada, acariciando a sus gatos. “Este está recién castrado”, explica, mientras su palma convierte la espalda del animal en material elástico. “Me lo acaban de regalar”. 

Lisseth siempre encuentra el tiempo para hacer lo que se propone, pero sobre todo, siempre encuentra qué hacer con tal de no estar ociosa. Desde que tenía 18 años hasta ahora, que tiene 33, debe haber llevado un millón de cursos diferentes pues, por una razón o por otra, no pudo ir tan rápido como hubiera querido. Había planeado su vida de principio a fin, y el punto de partida de toda esa construcción imaginaria era una carrera. Ahora lo cuenta entre risas. 

“Yo pensaba: me gradúo a los 23; a los 27 me caso y a los 30 tengo mi primer hijo. A los 33, ya puedo tener el segundo. Y así, vida feliz. ¡Y después morir vieja y llena de nietos!

Siempre que le pasó algo similar, como ahora, se metió a clases de algo para aprovechar el tiempo. Siempre. 

Corte y confección fue un curso que llevó muchas veces; diseño de moda, otras tantas, así como inglés básico y computación. Los cursos más sofisticados llegaron después, en el 2011, cuando hizo un “Taller de cuidadores de personas adultas mayores” y otro llamado “Memoria, envejecimiento y demencia”, pero para ese entonces ya tenía un año de quemarse las pestañas en la carrera por la que finalmente se decidió: Enfermería. 

Esta temporada no tenía por qué ser diferente. Apenas se vio desempleada y con todo el 2015 por delante, se fue al INA y se matriculó en Emprendedurismo, curso que ya terminó, y hasta diciembre estará ocupada con el siguiente, bautizado Plan de Negocios, pero la historia no termina ahí. 

Lisseth descubrió muy joven que el orden de los factores sí altera el producto, especialmente para una mujer. Cuando aún vivía en Nicaragua, le bastó con mirar a su alrededor para descubrir un horizonte de primas, amigas y compañeras de colegio inmovilizadas por la maternidad y reducidas a una suerte de indigencia matrimonial sin haber tocado un libro. Luego lo vivió de cerca con cada una de sus hermanas, porque las cuatro están casadas y tienen hijos: Danelia tiene tres, Estelita dos, Yahaira también dos, y Mercedes, la mayor, cuatro. 

Lisseth se asustó, porque ella no quería empezar por el final, y aunque una cosa no lleva a la otra, se propuso no tener novio hasta salir del colegio y, cuando salió del colegio, se propuso alargar el plazo hasta terminar alguna carrera. 

El estudio siempre encabezó su lista de prioridades. 

Nadie sugirió que el suyo fuera un orden equivocado, mucho menos su mamá, y nadie frenó su deseo de superarse. Sin embargo, su entorno inmediato y no tan inmediato intentaba seducirla con un vasto paisaje sembrado de bebés y devociones conyugales al que Lisseth no le veía la gracia; no sin el barniz universitario.

Sus sueños profesionales rondaban el dibujo, el diseño de modas y la arquitectura. Desde niña le gustó pintar. Empapelaba las paredes de su cuarto con dibujos de elegantes figurines que llevaban prendas diseñadas por ella y que, en el fondo, eran como Lisseth: muchachas esbeltas, impecablemente vestidas, como princesas emancipadas. 

Lisseth Salazar León nació en Managua, Nicaragua, en 1982. “Estaba programada para el 25 de diciembre, pero salí hasta el 2 de enero… el día en que todo el mundo empieza a trabajar… el día en que se acabó la fiesta… el día en que todo el mundo queda palmado y no hay regalos”. 

Su primera infancia transcurrió cómoda y tranquila en una enorme hacienda ganadera, muy cerca del mar, y duró tanto como la bonanza de su papá, Juan Francisco Salazar, próspero finquero del municipio de Cárdenas –en la provincia de Rivas, fronteriza con Costa Rica– dedicado a la ganadería, la venta de madera y los negocios agropecuarios. Lisseth lo recuerda como un hombre enorme y rudo, pero no violento. “No era un hombre afectuoso, pero nunca nos pegó. Mami dice que era porque él no lidiaba con nosotros”.

“Le iba muy bien”, cuenta Lisseth, “aunque no era muy atento con los suyos. Era muy derrochador y, además, tenía dos problemas: las mujeres y el alcohol”. 


A mediados de los años 80, cuando Lisseth apenas iba a entrar a preescolar, la familia tuvo que salir huyendo del lugar debido a revanchas políticas, y don Juan Francisco, antes de ver su cabeza decorada por una bala, prefirió malbaratar la propiedad y venderla por nada, que era lo que querían sus adversarios. La familia se instaló en Tipitapa, en el centro de Managua. “Como dicen: pueblo chico, infierno grande. Podríamos hacer una película de eso”, asegura Lisseth.

A su papá, el alcohol finalmente le dañó el páncreas y, antes de reducirlo a una cama, lo convirtió en diabético e hipertenso. Dejó de tomar unos 10 años antes de morirse, pero no pudo volver a levantar cabeza, que era lo que hubiera deseado. Por una extraña casualidad, don Juan Francisco murió solo, en una cama del hospital México, durante un viaje a Costa Rica. 

“Me costó mucho aceptar que papi murió así, y me resentí mucho con Dios. Me costó. Me costó montones”, repite Lisseth. 

“Imaginármelo solo, enfermo de muerte, y no tener a nadie de la familia cerca. Los únicos que estaban aquí eran mami, que trabajaba con dormida adentro, y mi hermano mayor, que vivía en Guanacaste. Hasta la fecha, me duele mucho”. 

En ese entonces, Lisseth tenía 15 años, cursaba tercer año en un colegio de Managua y ni la más remota idea de que, dos años después, ella y sus hermanas también estarían trasladándose a vivir a Costa Rica. 

Lisseth estaba en cuarto grado cuando su mamá decidió viajar al vecino país del sur, Costa Rica. “Mi mamá se llama Félix León. Muchas veces preguntan: ¿Se encuentra don Félix? La gente suele confundirla con un señor”. Viendo cómo se deterioraba la salud de Juan Francisco, que ya para entonces no bebía, y cuánto le costaba mantener la casa, doña Félix prefirió dejar a sus seis hijos bajo el cuidado del padre, en Nicaragua, y venir ella en busca de fortuna. 

La situación fue manejable por años: ella trabajaba mientras todo el mundo estudiaba, hasta que Juan Francisco finalmente murió. Doña Félix pensó que ya había esperado suficiente y, tres días después de la graduación de quinto año de Lisseth y su hermana Yahaira, todo el mundo vino a dar a Costa Rica. “Llegamos un miércoles 22 de diciembre de 1999. Pasamos aquí Navidad”, recuerda Lisseth. “Venir fue un cambio muy brusco, pese a que somos países hermanos; desde ir a la pulpería hasta el clima. Ese primer año fue muy difícil para mí y me la pasé renegando, porque no estaba a gusto”. 

“Mi situación legal se complicó más que la de nadie porque me acababa de convertir en mayor de edad”. 

Para obtener su cédula de residente, los abogados que consultaba le sugerían casarse o tener un hijo, pero Lisseth no quería ni lo uno ni lo otro. Lo único que quería era trabajar y seguir estudiando con normalidad, pero de eso, de la sensación de normalidad, fue de lo primero que tuvo que despedirse. “Me atrasé toda. Yo nunca en la vida pensé que después de que saliera del colegio me iba a estancar. Yo quería graduarme joven, casarme joven. Se me cerraban las puertas y por eso me preguntaba a cada rato: ¿Qué estoy haciendo aquí? Fue un cambio de planes completo”. 

Entonces Lisseth empezó a hacer lo que ya dijimos: aprovechar cualquier oportunidad de formación, por insignificante que pareciera. 

Pasó y repasó los cursos que pudo tomar en las academias capitalinas que le permitieron hacerlo, y se mantuvo activa y productiva. Aprendió a coser y a diseñar y, con tal de poder hacerlo aún sin tener los recursos suficientes, cosió y diseñó para quien se lo pidiera a cambio, únicamente, de la tela. 

Mientras su situación migratoria evolucionaba e involucionaba según la retórica burocrática del momento, Lisseth fue niñera, secretaria, mesera y cuidadora de viejitos, entre otras labores, y todos esos trabajos los obtuvo gracias a recomendaciones. 

En el 2001 cuidó a su primer adulto mayor. “Sentí que se me hacía muy fácil trabajar con esta población”. Se encargó de él durante un año, hasta que falleció. “Un abuelito que tenía un poco de demencia senil y poca movilidad”, recuerda Lisseth. “Con él pude darme el gusto de cuidarlo como no pude cuidar a mi papá”. 

Su cédula de residencia la obtuvo en octubre del 2009, gracias a que su hermano mayor –un hermano por parte de padre– se había naturalizado costarricense, pero después de dar tantos rodeos, certificaciones y dinero estuvo a punto de tirar la toalla y devolverse a Nicaragua.  

En enero del 2010 Lisseth pudo, finalmente, matricularse en una universidad privada y empezar a estudiar Enfermería.

 “Entré con muchas ganas. Al principio me sentía un poco incómoda, porque ya me había agarrado tarde. Todos mis compañeros eran carajillos que vienen saliendo del cole. ¡Yo casi con 30 y ellos con 18! Conforme pasaban los cuatrimestres me sentí mejor, porque ya había gente un poco más adulta”. 

Lisseth nunca ha perdido una materia, pero ha tenido que ir muy despacio, porque la que escogió es una carrera cara. “Siempre trataba de economizar lo más que pudiera. Todo era muy contado, por dicha siempre he sido muy ordenada”, dice. 

En julio del año pasado tuvieron que operarla por un problema de tiroides y estuvo una semana en el hospital. Previendo la cirugía, ese cuatrimestre no se matriculó, no fuera que perdiera su inversión. Una hemitiroidectomía la salvó del agotamiento permanente en el que vivía, que no le resultaba tan inexplicable debido a sus carreras permanentes, entre la universidad y dos trabajos. El día que, peinándose, se descubrió una pelota en el cuello, pensó lo peor, pero afortunadamente no era nada malo. 

El último cuatrimestre de la carrera lo llevó en mayo de este año, pero ahora, un millón de colones la separa de su licenciatura. 

“Hasta que no la tenga, no puedo ejercer, pero no puedo continuar porque todavía no puedo pagármela”, acepta. 

“No he podido darme ningún gusto porque todo lo ha consumido la universidad. Esos son mis ahorros. De hecho, no tengo ahorros por lo mismo. ¿En qué momento voy a ahorrar, si cada centavo es para la universidad? Entonces, diay, digamos que mis ahorros son mi carrera”. 

El campo clínico más caro que Lisseth tuvo que pagar fue una práctica profesional de una semana, a un costo de ¢400 mil los cinco días. 

Por vencida no se da ni en sueños. Johnny, su hermano menor, que también tuvo que parar sus estudios como ingeniero de sistemas, es en este momento el encargado de mantener la casa. “Vamos turnándonos. Él está esperando que yo consiga trabajo para seguir avanzando él también. Ahorita él está con toda la carga”, explica Lisseth. 

“Siempre hemos sido muy buenos hijos, muy obedientes”, presume. “Por eso mami no tiene canas, ¡hasta la fecha no tiene canas, y tiene 56 años! No somos de hacer vagancias”. 

Además, también tiene el apoyo incondicional de su mamá y sus hermanas. Hace un par de meses se puso a coser con Danelia, con la idea de montar juntas una pequeña empresa familiar dedicada a la confección de todo tipo de prendas. En este momento, están desarrollando una línea de bolsos. “El profesor del INA nos dijo: Somos lo que pensamos, así que será pensar en grande. Lo que nos detiene es la plata, pero nada más”.

“Yo estudio por vocación y para tener una carrera que me respalde, pero en el futuro yo quiero tener mi propio negocio, mi propia empresa. Y no pienso envejecer obligatoriamente ejerciendo la enfermería, pero era algo que yo quería lograr, y ya estoy más cerca que antes”. 

En este momento, lo más importante para Lisseth es cerrar ese ciclo. Poder decir: “Lo logré. Al fin”. Sabe que ella es un caso aparte y que su perfil no coincide con el de la mayoría de mujeres migrantes, pero tampoco se siente extremadamente especial. Dice que es su forma de ser, y punto. “No me gusta estar sin hacer nada y, gracias a Dios, ganas nunca me han faltado”. 

“El matrimonio nunca me ha preocupado, la verdad. En algún momento aparece, pero eso sí, cuando aparezca, no duro mucho. Quiero decir, ¡no voy a jalar tanto!” 

A veces, claro, recibe presiones. Hace poco la llamó una tía que tiene en Nicaragua sólo para decirle: ¿Y vos, qué? ¿No te pensás casar? En mi familia no quiero que haya una solterona. “Tranquila, tía”, le dijo Lisseth, “yo ahorita me caso, todavía estoy joven, puedo tener hijos… No se preocupe por eso”. 

–¿Ya hiciste tu vida aquí? 

–Yo creo que sí. Cuando yo ya empiece a trabajar, son otros cien pesos. Otro gallo canta. No sé qué tendrá Dios en un futuro planeado para mí, espero que no me vuelva a mandar a otro lugar, ¡y tener que empezar de cero otra vez!

–Solo te falta decidir si te vas a nacionalizar costarricense, o no.

–Yo amo este país. Creo que ya lo decidí.






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