Registro Público Laura Ellington

La estudiante

Laura Ellington vino a Costa Rica por unas lecciones de español y terminó al frente de una escuela de idiomas. Después de obtener una maestría en Antropología Cultural, no buscó más excusas para quedarse en el país que ya era su casa. Aquí sigue enseñando, porque no se cansa de aprender

Por María Montero 29 de agosto, 2015

Fotos de Glorianna Jiménez

“¿Quiere la versión larga o la corta?”, pregunta muy sonriente Laura Ellington, dispuesta a contar cómo fue que llegó a ocupar el escritorio en el que está ahora. Al minuto siguiente, regresa con dos jarras de café que responden a su pregunta. 

Es una mañana de viernes en la casa herediana que, hace 21 años, Laura Ellington y su socia, Adelita Jiménez, alquilaron para instalar una escuela de idiomas. 

Profesores y estudiantes salen de todos los rincones. Cuesta determinar las jerarquías porque todos parecen estudiantes. 

Al principio no era una arquitectura laberíntica, sino una sencilla casa de madera con pisos de cerámica antigua, pero el proyecto fue creciendo con el apoyo de las propiedades vecinas, hasta convertirse en un espacio híbrido al que acuden, con cierta regularidad, cerca de 1000 estudiantes, aunque nunca al mismo tiempo. Afortunadamente. 

Entonces nada era como es hoy. Laura tenía 23 años y ninguna intención de convertirse en empresaria. Trabajaba tiempo completo como recepcionista en otra academia de idiomas y tenía un novio tico, pero de todos modos no creía que su estancia en Costa Rica se prolongara más de un año. La pura verdad, aunque su especialidad era la Literatura Inglesa, Laura Ellington se veía a sí misma trabajando para alguna ong, quizá en temas de capacitación o ayuda humanitaria. Lo único que la arraigaba a este país era su familia adoptiva, que vivía en Curridabat. Rosa Jiménez Vargas, su “mamá” costarricense, era una mujer que tenía casi su misma edad y que, a su vez, tenía dos niñas pequeñas, Jennifer y Rebeca.

Un par de años atrás, en 1990, cuando aún vivía en Nueva York y estaba a mitad de carrera, Laura vino una temporada a Costa Rica con el objetivo de aprender español. No existía Internet, así que lo más cerca que había estado de un país latinoamericano era a través de un documental que presentaba a un grupo indígena de México haciendo sus labores cotidianas en taparrabo. Imaginó que viviría algo similar. Pasó su primera noche en un hotel de putas de la cocacola, gracias a una guía turística del Cuerpo de Paz que aseguraba que, ese, era un hotel muy barato. 

En el país estuvo solo un par de meses, pero qué meses. Su visita coincidió con la inolvidable participación de la Sele en el mundial de futbol que se jugaba en Italia. 

Laura recibió clases dentro y fuera del aula, y no solo del castellano aprobado por la Real Academia de la Lengua. 

Su experiencia fue mucho más allá. Descubrió cómo un gol se transformaba en un día feriado, por ejemplo. Cuando, al cabo de dos semanas, se vio a sí misma haciendo chistes de sobremesa, en español, con su familia tica, y experimentando el jugoso sabor de la ironía, sintió que había descubierto un universo paralelo. 

“Eso cambió totalmente mi perspectiva de lo que es aprender un idioma”, dice. “Estaba experimentando una nueva cultura”. 

Regresó a Nueva York a terminar sus estudios y aprovechó los conocimientos adquiridos para sacar, además, una subespecialidad en Literatura en Español. Estaba convencida de que, tarde o temprano, volvería a Costa Rica, como efectivamente sucedió, pero antes hizo un par de mandados en otro continente.  

En Katmandú, Nepal, estuvo nueve meses y, en Indonesia, cerca de dos. En ambos casos se vinculó a organizaciones no gubernamentales –una capacitaba a mujeres y otra, a jóvenes– pero su trabajo en Nepal la acercó a realidades absolutamente ajenas a la suya. Conoció a una señora nepalí, “pequeñita y muy dulce”, que rescataba a niños y niñas cuyos propios padres –empobrecidos de todas las maneras imaginables– mandaban a mutilar, para sostener el negocio de las limosnas callejeras. Esta mujer tenía una especie de orfanato, sin ninguna ayuda gubernamental. 

“Cuando yo llegué, estaba en el proceso con una niña a la que acababa de rescatar. Su papá le había mandado a quebrar el brazo –que tenía en dos partes–, pero como no era suficiente, la iba a mandar a Calcuta a que le amputaran la pierna”. 

Laura regresó a Estados Unidos porque ya no tenía ni un cinco en la bolsa, pero también porque se le había acabado el año de gracia que le daban antes de tener que cancelar la deuda que había adquirido para pagar la universidad. La comunidad “hispana” le abrió los brazos: consiguió trabajo en un restaurante cubano y en una cafetería mexicana. 

Pagó su deuda y logró ahorrar los $1000 que necesitaba para volver a Costa Rica. 

Cuando descubrió que su salario como recepcionista era de ¢25 mil por mes –y no por semana, como había pensado–, ya era tarde para renunciar. Además, había empezado a cultivar algunas amistades de oficina, con las que se iba a bailar salsa dos o tres veces por semana. Se había negado en redondo a recibir clases, porque le parecía más humillante actuar como una auténtica extranjera, que verse expuesta a las metidas de pata en un salón de baile. Lo segundo siempre sería más vital que lo primero. 

Hasta que un día sucedió “ese clic”, como describe el momento mágico en que se dijo: “¡Ah, ya entiendo! Y ya pude bailar”. 

En esas andaba en la época en que Adelita le propuso que fundaran una nueva escuela de idiomas. Parecía un bonito proyecto, en el cual no tenía que involucrarse a fondo, pero no pasó mucho tiempo antes de que Laura confirmara que nunca ha sido buena nadando en aguas superficiales.


Ya habían empezado con la redacción de los planes de estudio y, sobre todo, con su promoción y mercadeo, cuando Laura y Adelita se quedaron sin ‘socio capitalista’. A partir de ese momento, todo lo demás sucedió en cuestión de horas. 

No habían terminado de lamentarse, cuando recibieron una llamada de una universidad de Florida, muy interesada en mandar a un grupo de 40 estudiantes a vivir una experiencia de “inmersión” al español. Los académicos gringos estaban tan entusiasmados que solo enviarían a un par de supervisores para verificar que todo funcionara de forma aceptable en la escuela tica. El único problema es que ellas aún no tenían escuela. 

Laura respondió con el tono jovial que la caracteriza: “Ya casi les devuelvo la llamada”. 

Las socias tuvieron una reunión de emergencia. Laura calculó que si cada una ponía $600, podrían alquilar una casa y equiparla como era debido, pero de dónde iban a sacar esa cifra astronómica. Reflexionó: “Si a los gringos no les gustaba, solo habríamos perdido $600, pero si les gustaba, podíamos contar con el depósito que nos darían como capital de trabajo”. 

Ese mismo día, Laura recibió la llamada de un gringo que, meses atrás, la había entrevistado para un trabajo como asistente. Le había parecido tan extravagante, por no decir loco, que había preferido rechazar su oferta. “Me decía que podía hablar con la Reina de Inglaterra, y cuando yo le decía, bueno, a ver, llámela, él hacía toda la pantomima”. Nuevamente, el gringo le rogaba que trabajara para él. Laura hizo cálculos mentales y puso sus condiciones. Su nuevo jefe aceptó todas. “Inmediatamente llamé a Adelita y le dije: ¡Ya tenemos la plata para el negocio!” 

Tuvieron que correr, ante la inminente llegada de los representantes de la universidad. El montaje de la escuela fue lo más parecido a una producción de Broadway, solo que sin canciones. Antes, por supuesto, negociaron el alquiler de la casa, la cual obtuvieron por un precio mucho menor al solicitado. Tuvieron tan buena estrella que su nuevo casero les regaló el escritorio para la recepción.

Un día antes de la llegada los supervisores, recogieron muebles, gringos y maestras de español como si fueran objetos de utilería. 

Alquilaron un camión que pasó por las casas de todos sus amigos recolectando sillas, mesas y sofás en calidad de préstamo. Convocaron a toda la comunidad de amigos extranjeros para se hicieran pasar por alumnos, y casi todas las hermanas de Adelita –cuatro de ellas que ya de por sí eran educadoras–, se prestaron para interpretar a las profesoras de español de Intercultura. Su esquema de estudios incluía clases de idioma, pero también de baile y de cocina, así que otra amiga de Laura se presentó como maestra de salsa. La presentación fue un éxito y los extranjeros estaban maravillados. 

 “Con los ¢1000 que nos quedaban, los llevamos a una sodita típica que había en un garaje, donde había una promoción de birra con boca. Dijeron: ¡Qué lindo, qué típico! Nosotros les explicamos que habríamos podido llevarlos a un restaurante de lujo, pero que no hubiera sido la Costa Rica auténtica. Ellos fueron muy enfáticos: Esta es la experiencia que queremos que tengan los estudiantes”. 

–¿Y qué pasó con el gringo que te contrató? 

–Empecé a trabajar con él, pero en realidad era tan loco que lo único que quería era tener a alguien que lo escuchara. Había heredado negocios y no sabía ni qué hacer. Hasta que un día estábamos en Liberia, comiendo en un restaurante, cuando de pronto oímos sirenas y vimos cómo se acercaban un montón de carros del OIJ. ¡Nuestra mesa terminó rodeada de agentes, porque venían a detenerlo a él! Resulta que tenía un montón de armas y ametralladoras en su casa. Terminaron echándolo del país. “Bueno, Laura, me dijo, usted se queda a cargo del negocio”. 

“Luego supe que había vuelto al país, y que lo habían encontrado corriendo chingo frente al San José Palacio, y que lo habían metido dos semanas a Pavas”.

“Otro día, años después, un profesor de inglés me dijo que había conocido en Dominical a un amigo mío. ¡Era el gringo! Andaba con el pelo largo, caminando por la playa y haciendo dibujos en la arena con un palo. Totalmente chiflado, y diciendo: ¡Yo soy amiguísimo de Laura Ellington… y de la Reina de Inglaterra!” 

“Nunca me sentí muy cómoda con la idea de tener una empresa, tal vez por mi formación”, comenta Laura.

“Mis papás eran periodistas de izquierda que veían con malos ojos a los empresarios. Hasta que un amigo me dijo: Usted está haciendo lo que muchas ongs quisieran hacer. Aquí, ustedes dan trabajo a muchas mujeres de bajos recursos, recibiendo estudiantes de español, y dan clases de inglés a bajo costo para que la gente mejore su circunstancia. Bueno, es muy parecido a lo que podrías estar haciendo en una ong, y además estás viendo el resultado casi de inmediato. Entonces empecé a verlo diferente. Me dije: Puedo hacer que la empresa crezca y sea exitosa y, a la vez, tenga un impacto positivo en la comunidad”.  

                                                    ******

Laura Ellington nació en Ginebra, Suiza, el 23 de junio de 1969, donde vivió los primeros tres años de su vida. Creció como hija única en un hogar de periodistas de tiempo completo. Su papá estaba especializado en temas financieros y, pese a colaborar con el Wall Street Journal y el Financial Times, sostenía una columna sobre ‘estilos de vida’. 

Su mamá, más ligada al activismo social, trabajaba entonces en una revista dedicada al medioambiente. La familia se trasladó a Londres y, aunque sus padres se divorciaron y su mamá se fue a vivir a Estados Unidos, Laura siguió viviendo en la capital inglesa. Por recomendación de una actriz, amiga de su madre, Laura entró a un colegio que era una especie de internado artístico, muy liberal, socialmente consciente y vegetariano. 

Un experimento educativo que a Laura le encantó y donde, sin ninguna duda, se afirmó su amor por las letras y el teatro. 

Cuando cumplió 16 años, su mamá la mandó a llamar, y ella no supo cómo negarse. Terminó trasplantada en Massachusetts, donde terminó el colegio, y luego se fue a Nueva York a estudiar literatura. 

En esos años, le nacieron dos hermanas. Una por cada progenitor: Hanna, por parte de su mamá, que nació cuando ella tenía 17 años, y Amy, a quien le lleva 24 años de diferencia. 

En términos migratorios, Laura tiene dos nacionalidades: la gringa y la inglesa. Está a punto de obtener una tercera: la tica. 

“¡Quiero poder votar en las próximas elecciones!” 

Tampoco fue que llegó tan rápido a ese ajuste de su identidad. Un año antes de que acabara el siglo XX, decidió tomarse una especie de año sabático que se transformaron en dos. 

Un año estuvo en París, y otro más en la Gran Manzana, donde hizo una maestría en Antropología Cultural con énfasis en América Latina. 

“Esto me dio un sentido de más pertenencia aquí. Hice mi tesis sobre la música y la identidad cultural de Guanacaste, y este proceso coincidió con el momento en que empezamos el proyecto en Sámara”. 

“Además, tenía 30 años y ¡ya había empezado a leer el periódico todos los días!”

“La que tuvo la idea de una escuela de idiomas en la playa fue Adelita”, cuenta Laura. 

Probaron en Dominical y en Jacó, pero finalmente se decidieron por Sámara pues, de todas las playas importantes de la zona, esta era una de las que tenía la comunidad más grande de costarricenses. Querían arraigarse a una verdadera comunidad local y ser parte de su desarrollo. 

Además, el modelo de su escuela lo exigía: que los estudiantes extranjeros, interesados en estudiar español, se quedaran con familias del lugar, para que tuvieran una experiencia cultural más interesante y rica, más allá del idioma. 



En la sede de Heredia siguieron el ejemplo de los testigos de Jehová, pero en Sámara no tuvieron que ir casa por casa convenciendo a jefas de hogar. 

Crearon una especie de red de familias que, hasta la fecha, deben pasar un proceso de reclutamiento. Actualmente, unas 60 alojan estudiantes que van a Sámara extasiados con la idea de aprender español en la playa. Laura explica que el progreso material de las familias de acogida es notorio en casi todos los casos. 

Asegura que en las comunidades pequeñas todos los problemas saltan a la vista, y que esta fue  una de las primeras cosas que notó cuando se fue a vivir a Guanacaste para hacerse cargo de la sede de Intercultura, fundada en el 2001.

“Lo primero es la falta de oportunidades de educación para los niños”. 

La basura, el reciclaje, la limpieza constante de la playa, la certificación de Bandera Azul, el empoderamiento de las niñas y adolescentes, la seguridad, el mejoramiento vial, la construcción de áreas recreativas públicas y la capacitación gratuita para la comunidad en diversas áreas son algunos de los asuntos en los que Laura Ellington se metió a colaborar, para impulsar el crecimiento de Sámara, aunque casi nunca tuvo que hacerlo sola. 

De hecho, nunca lo hizo a título personal, sino a través de iniciativas comunales, como asociaciones o grupos organizados. Recuerda con especial valor una campaña que emprendieron contra una gran corporación de supermercados que tiraban las aguas usadas prácticamente en la desembocadura del río Lagarto.

“Logramos que ellos cambiaran su viejo sistema por uno de riego interno, entonces, básicamente, nuestra campaña fue un éxito”.  


Hace unas dos semanas que Laura Ellington se trasladó a Heredia con toda su familia –su hija Ela, y su compañero, Tyrone Jackson– después de vivir 10 años en playa Sámara. El único que sigue allá es Tauren, el hijo de su pareja, aunque posiblemente se una al clan dentro de poco, pues está a punto de empezar el colegio. 

No cambió su hábito de andar a pie, pero sí retomó con más fuerza el de la bicicleta, su medio de transporte favorito. Sabe que esta nueva etapa herediana podría transformarse fácilmente en un nuevo reto, y parece que ya le ronda una idea. “Saqué la maestría pero nunca trabajé en eso... Siento que hay un mundo de oportunidades que se me abren por estar aquí”. 

También quiere que Ela y Tauren tengan otras opciones, ahora que están creciendo. “Sámara siempre va a estar ahí. Quiero que conozcan el mundo, que tengan la confianza de meterse en cualquier lado, y hacer cualquier cosa. Eso es algo que le agradezco mucho a mis papás, que me educaron para no tener miedo a los cambios, como cuando me vine para acá y empecé este negocio. ¿Quién era yo para pensar que podía hacer eso? ”. 

Esta es la versión larga de la historia de Laura Ellington, porque la versión corta no existe. Más bien, hay una versión más larga todavía.    




ameliarueda.com

El muñequito

12 de Setiembre, 2015

La estudiante

29 de Agosto, 2015

El solista

22 de Agosto, 2015

La guerrera

15 de Agosto, 2015

El curioso

8 de Agosto, 2015

La hija del predicador

24 de Julio, 2015

El bolero

18 de Julio, 2015

La savia

11 de Julio, 2015

El maestro

27 de Junio, 2015

El resplandor

20 de Junio, 2015

El anfitrión

13 de Junio, 2015

La visionaria

6 de Junio, 2015

El objetivo

30 de Mayo, 2015

La guitarra

23 de Mayo, 2015

La incondicional

16 de Mayo, 2015

El elegido

8 de Mayo, 2015

El adversario

11 de Abril, 2015

El estilista

21 de Marzo, 2015

El futuro

14 de Marzo, 2015

La positiva

7 de Marzo, 2015

El tesoro

28 de Febrero, 2015

La cuentacuentos

21 de Febrero, 2015

El Inextinguible​

Febrero 14, 2015

El Perro​

Febrero 07, 2015

La extraterrestre​

Diciembre 20, 2014

El cabezón​

Diciembre 13, 2014

La joya

Diciembre 6, 2014

El universal​

Noviembre 29, 2014

El entrepreneur

Noviembre 22, 2014

La extraordinaria

Noviembre 15, 2014

El mago

Noviembre 8, 2014

El bichillo

Octubre 25, 2014

Los enamorados​

Octubre 18, 2014

Su Majestad

Octubre 11, 2014

El paladín

Octubre 4, 2014

La amorosa​

Setiembre 27, 2014

El autodidacta

Setiembre 20, 2014

La milagrosa

Setiembre 13, 2014

La bandera​

Setiembre 6, 2014

El jardinero​

Agosto 30, 2014

La diva

Agosto 9, 2014

El chunchón

Julio 26, 2014

El ratón​

Julio 19, 2014

La jefa

Mayo 31, 2014

Supermansito​

Mayo 24, 2014

Los cincuenta

Mayo 17, 2014

La hija

Mayo 10, 2014

​El español

Abril 29, 2014

La rubia

Abril 26, 2014

El alquimista

Abril 19, 2014

El melocotonazo​

Abril 12, 2014

El acelerado

Abril 5, 2014

La Señora Ríos

Marzo 29, 2014

El retocador

Marzo 22, 2014

Desamparados

Marzo 15, 2014

Cafeto en flor

Marzo 8, 2014

La bohemia​

Marzo 1, 2014

La "Popo​"

Febrero 22, 2014

El sociólogo

Febrero 15, 2014

El artista

Febrero 8, 2014

El chico

Enero 18, 2014

El Machaco

Enero 11, 2014

El "cocorioco"

Enero 4, 2014

El alfa

Diciembre 14, 2013

La rosa

Diciembre 7, 2013

El Mercurio

Noviembre 30, 2013

Medio Ambiente

Noviembre 23, 2013

El último capitán

Noviembre 16, 2013

Ovnipresente

Noviembre 9, 2013

Sujeto, sexo y predicado

Noviembre 2, 2013

Guadalajara

Octubre 26, 2013

La mujer que nunca soñó con el asfalto​

Octubre 21, 2013

Between

Octubre 19, 2013

La líder

Octubre 12, 2013

Pumita por la pista

Octubre 5, 2013