Registro Público Edgardo Alfonso Salas

El solista

Sus fans le han regalado gallinas achiotadas, queques, botellas de tequila, llaveros, ropa, tamales y hasta un lomo relleno. Edgardo Salas y Germaín son la misma persona, solo que uno vive en la sombra desde que el otro empezó a cantar

Por María Montero 22 de agosto, 2015

Fotos de Glorianna Jiménez

Germaín espera su turno sentado en una mesita de la entrada, desde donde puede atisbar el escenario y pasar medianamente inadvertido. Su jornada de trabajo generalmente empieza cuando es de noche, pero si no lo es, lo importante es que parezca, porque un bolero se oye mucho mejor en la penumbra. 

En su negocio, como en la vida real, todo empeora bajo los efectos de la luz. 

Una de sus últimas citas empezó a las 5 de la tarde. Fue el día de la Madre. En el cielo aún había celajes, pero el interior del salón estaba encendido por bombillos. En el Valentino’s, uno de sus escenarios regulares en Alajuela, no se filtraba un rayo. Las parejas se guiaban por el tacto antes que por la vista para distinguirse. 

Durante esas largas veladas Germaín no se toma un trago ni prueba bocado, y continúa como un faquir hasta más tarde, cuando llega a su casa, en San Pablo de Heredia. Come a la medianoche o en los albores de la madrugada, después de haber cantando en dos o tres lugares. Prefiere mantenerse lúcido y en línea, dice, ajeno al desorden que inspira la vida nocturna. 

En general, es estricto, comedido y coqueto, porque todas las mañanas sale a caminar por los cafetales que aún le quedan a su barrio, la mayor parte de su agenda la planifica a principios de año, y se cuida la voz tanto como las manos, aunque solo se duerme cuando le hacen el manicure.

Germaín es de los pocos solistas que le quedan a los salones de baile de Costa Rica. Cualquiera diría que los salones de baile que le quedan al país también son pocos, pero repasando la agenda semanal de este bolerista, uno intuye el error. Es cierto que muchos grandes salones han muerto y con ellos la hiperactividad de las grandes orquestas, pero han florecido nuevos espacios, algunos mutantes y otros mejores, ya sea en mitad de un bar o de un restaurante, especialmente en las zonas alejadas de la capital. 

Asegura que las que más han sufrido con la extinción de los salones son las orquestas, por la cantidad de bocas que deben alimentar. 

Sin embargo, suelen ser las mismas orquestas las que lo llaman para que se integre al programa de alguna noche e interprete su set de boleros en mitad de un baile que puede durar de cuatro a cinco horas. Él solo canta una. 

 

“Tener un salón de baile sigue siendo un gran negocio, pero al haber menos, los perjudicados son los grupos, porque hay menos trabajo y menos plata”.  

Acepta invitaciones a lugares lejanos como Guanacaste, Limón o Paso Canoas, pero no es lo habitual. Las acepta si se las pagan, claro, porque además del sombrero de artista, Germaín también tiene que ponerse el de empresario, y está obligado a ser muy práctico. Él es la estrella y su propio manager.

“Si cantar no me retribuyera económicamente, no me muevo. ¿Sólo para que me vean y me admiren? No me muevo. Al principio sí, pero esa época ya pasó”.

Como cantante e intérprete, Germaín es un obrero calificado. Regala eventos si hace falta, pero incluso sobre un escenario, sigue siendo un trabajador, alguien que espera una justa remuneración a cambio de un servicio profesional. 

La filosofía que siguió toda su vida como técnico en electrónica se trasladó fácilmente a su vida artística, porque fueron sus conocimientos en electricidad, electromecánica e informática los que le dieron de comer los últimos 25 años.

“La música me llegó como un agregado y no ha sido la principal piedra en la que me he trepado. Como artista, no me engaño. Uno tiene que estar con los pies sobre la tierra. A mí me gusta mucho que me aplaudan, pero lo que me llena es cuando saco la plata y digo: Esto fue lo que me gané. Por esto trasnoché”.

A Germaín tampoco le faltan lugares para echarse a pista y, además, le cuesta decir que no. Parte de su éxito se lo debe al hecho de mantenerse activo, presentándose por aquí y por allá, nunca muy lejos del escenario. 

“Hay que estar grabando, hay que estar sonando. El que no suena, no tiene mercado, no tiene trabajo. Hay que hacer esto”, dice Germaín, golpeando la carátula de su disco más reciente –El tractor amarillo–, el noveno de su carrera. 

“Un tema me suena en la radio tres o cuatro meses, entonces estoy vigente y tengo trabajo por todo lado”. 

Tampoco es que Germaín tenga toneladas de competencia. Constantemente analiza el mercado de solistas –que no son muchos– y tal y como entiende su negocio, él está en el lugar correcto. El suyo no es un “bolero-abuelo”, sino uno “fino”, modernizado y popular, dedicado a seducir a adultos jóvenes. “Mi música va de 30 años a lo que queda de vida”, explica. 

Todos los temas que graba fueron éxitos en algún momento, pero orquestados e interpretados con una nueva visión, porque toda la música de Germaín es a la medida, como sus trajes. Manda a grabar sus propias pistas y paga para tener sus propios arreglos. 

“Si usted pone una venta de empanadas, yo al frente le pongo una venta de refrescos, para que usted se compre la empanada pero me compre a mí el refresco. Yo no le voy a poner otra venta de empanadas más pequeñas, más grandes o más baratas”. 

Por eso a Germaín no se le ocurre meterse con el repertorio de las orquestas con las cuales alterna. 

Para él, nada de salsas, cumbias o bachatas, a menos que sea para dar un plus, una especie de guiño musical para su público. Puede hacer una excepción y cantar algo que no está en su repertorio para que la gente que llegó a disfrutar de la música en vivo sienta que él, Germaín, quiere darle algo más. 

“Uno tiene que ser sencillo. Al público hay que llegarle al corazón, porque interpretar no es lo mismo que cantar. El que no canta con sentimiento no le llega a la gente. Eso lo trae uno, igual que el que canta afinado. Eso cuesta mucho aprenderlo”. 

Era amigo de músicos, pero no era uno de ellos. Tocaba guitarra, eso sí, pero nada más. El nombre artístico se lo puso su “hermano”, el cantante Javier Cartín, amigo suyo desde la infancia. Ahora, hasta su esposa le dice Germaín y prácticamente nadie, a no ser de su círculo más cercano, se acuerda que en realidad se llama Edgardo Alfonso Salas Jiménez. El bautizo también tiene apellido, un eslogan que sobrevive hasta el día de hoy: Germaín, la voz del bolero

Su carrera musical empezó en el año 2004, precisamente con Cartín como padrino. Casi se diría que sucedió por contagio, pues de tanto andar con el intérprete, un día terminó él cantando unas canciones de Gilberto Hernández y otro, metido en el estudio de grabación de una emisora, casi de incógnito, grabando un primer disco artesanal con algunos de sus temas favoritos. 

“Cuando yo empecé, no sabía cuál era mi estilo, y para mí, el éxito de un artista, es tener un estilo, que es lo que yo creo que he logrado, o lo he intentado. Cantar como todos no tiene ninguna diferencia”.

Cartín estaba convencido de que el estilo de su amigo era original y que, ya que Gilberto Hernández y Memo Neyra habían fallecido, tal vez Germaín “podría entrar por ese lado”. Exactamente eso fue lo que hizo: aprovechar el pequeño espacio romántico en el ambiente de la música popular y edificar su nombre. 

Así empezó la larga noche cantada de Germaín. 

“Yo sentí que era el único cupo que había en ese tiempo, al no haber un bolerista. Claro, para mi repertorio, necesito lo que a la gente le gusta no lo que me gusta a mí o a la emisora. Tengo más de 100 canciones grabadas y de ellas, un 90 por ciento ha sonado en la radio”.  

Edgardo Salas siempre se ganó la vida como electricista y técnico en electrónica. En esos temas, sabe todo lo que hay que saber. Estudió en colegios técnicos de Heredia –nació en Santo Domingo, un 10 de marzo de 1955– y luego se especializó en el Ina, donde estudió de sol a sol durante más de tres años. 

Entró rápido al mercado laboral, y pasó una larga temporada en el departamento de ingeniería del Invu y en una compañía privada, hasta que un amigo le calentó la cabeza con las cuantiosas ventajas de convertirse en pequeño empresario. “Eso fue como echarle azufre al diablo”, reconoce. En el año 1990 empezó a realizar contratos independientes para empresas e instituciones, obviamente en su especialidad –la electrónica, la electricidad, la electromecánica y hasta la informática–, y efectivamente le fue muy bien. 

“Soy muy estricto y tengo metas. Con el trabajo he sido como militar. Para mí, no hay nada entre 10 y 11, sino únicamente 10 y 11. Si tengo que llegar a las 10, llego a las 9:30. Igual, no me compro nada si no tengo la plata. Al menos hasta hoy, no sé mañana”. 

Su hijo mayor, Neil, es quien maneja su empresa en la actualidad: Sistemas eléctricos S.A. 

Tuvo una infancia rural, porque Santo Domingo de Heredia, no hace tanto, era una zona repleta de palos de guayaba, pajarillos y pozas. “Tanto la familia de mi mamá como la de mi papá tenían plata, pero nosotros no teníamos. Vivíamos más o menos bien. Mi papá fue trabajador municipal y agricultor, y mi mamá, ama de casa”, relata. 

Su única tía materna, Lía López, era profesora de piano del kínder de la comunidad, así que a los 4 años a Germaín ya lo mandaban a las aulas, a que se entretuviera con las notas artísticas de la tía. 

“Imagínese, ella, en los actos públicos, ¿a quién ponía a bailar?”, recuerda Germaín. Bailar el jarabe tapatío con escasos cinco años es algo que, de no haber sido por las fotos, quizá habría olvidado, más no así cuando conoció a Memo Neyra, aunque nadie haya inmortalizado esa velada. Germaín aún recuerda con toda claridad cuando el cantante, fallecido en 1977, llegó a presentarse al Ina, siendo él estudiante. “Me encantó. El mundo artístico es como el mundo del mago. La magia le llama la atención a todo el mundo”. 

Sonia Arroyo se encarga de balancearle la dieta, y después de cuatro años de convivencia, aún le cuesta que se coma la ensalada. Además de cocinera y nutricionista, Sonia es su asesora de imagen y su relacionista pública, pues invierte gran parte del tiempo en manejar sus redes sociales y su canal de música en Youtube. 

Durante las presentaciones, ella se encarga de controlar que todo esté conectado o desconectado, al inicio y al final de la función. Vigila los detalles: desde el color del saco hasta las fotografías. Sonia es su mano derecha y quizá también la mitad de la izquierda. Es la que termina sus frases cuando Germaín se olvida y la que repasa de memoria la lista de radios rurales y emisoras online en las que están sonando sus canciones. 

Es su esposa pero también su sombra, porque ha recorrido con él prácticamente todo el país, de salón en salón. 

“El trabajo mío es muy difícil”, comenta Germaín. “Yo soy solista. Soy solo yo, valga la redundancia. Yo manejo la computadora, yo tengo que saludar al público, yo tengo que firmar autógrafos… Yo canto seguido una hora, yo no tengo derecho a equivocarme ni para toser. Si me agarra tos, tengo que ver cómo hago”.  

Germaín estuvo casado en otras dos ocasiones –la primera vez, a los 18 años–, y ambos matrimonios le dejaron un hijo: Neil y Ana Yensi. Hoy tiene, además, tres nietos. 

“Ahora estoy disfrutando mucho. Más que nunca”, confiesa. 

“A mí esto no me produce ningún problema, pero en el momento que me presente problema, lo voy a dejar. Dios quiera que no, pero si tuviera algún quebranto de salud –normal en cualquier ser humano– lo dejaría. Pero por ahora estoy muy vigente. Tengo mucho trabajo”. 

Le gustaría jugar más billar, visitar más a sus hermanos (porque tiene seis), jugar más futbol, pero si no lo hace es por falta de tiempo, asegura. Su carrera musical ha ido desplazando a la otra, a la del técnico, y en ambos oficios Germaín se lo toma con calma, porque dice que ya ha trabajado bastante. 

Le encanta viajar, y lo hace cada vez que le dan los números. En enero, él y Sonia tomaron un crucero por el Caribe. Estuvieron más de un mes y recorrieron siete islas. Durante esos viajes, suele buscar nuevas oportunidades musicales. En este último viaje contactó un estudio en República Dominicana, donde grabó unas pistas recientes. “Siempre que voy a un lugar, saco provecho”, dice. 

“Yo le agradezco a todo el mundo. A mí me llaman de radio taxi para una entrevista, y yo voy. A nadie le digo que no, téngalo por seguro. Así sea el espacio más insignificante, alguien me va a oír, y yo le voy a dar la misma seriedad. Cuando a uno no lo llaman, uno no existe para nadie. Es como cuando a la mujer no le piropean el marido… algo pasa”.

Germaín aún se siente en plena forma y no piensa en el retiro. 

–Si fuera por mí, trabajaría en la música todos los días, dice. 

–¿Y por qué no lo hace? 

–Porque no lo necesito, gracias a Dios. 

“Yo cobro lo que yo cobro, y si me lo quieren pagar, me lo pagan, y si no, no voy, pero es porque no necesito. Claro, el día que necesite, por lo que me den, voy. Porque yo necesito comer, y mis hijos”. 

Hace poco empezó un negocio inmobiliario en San Carlos, y viaja de vez en cuando para supervisarlo. Sale temprano, sin prisa y con buena letra. 

También lo hace porque puede: Germaín tiene siglos de no tener una resaca. 

Dicho en tico: ya se le olvidó lo que es andar de goma. 

“Pienso que tengo la voz muy clarita, porque no he abusado. Por eso le digo que mi show es de una hora. La garganta mía está limpia. Yo canto fresquito”. 




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