Registro Público María Ximena Loranca Moya

El resplandor

Practica ballet desde los cuatro años, estudia Economía desde hace tres y tiene uno de trabajar como modelo. La belleza, la juventud y la inteligencia son regalos que Ximena Loranca cultiva totalmente en serio

Por María Montero 20 de junio, 2015

Fotos de David Bolaños

Ximena está bajo amenaza de gripe, y por eso, aunque sean las dos de la tarde, anda con un suéter de lana gris que le llega hasta las rodillas. No es nada grave –aún no tiene tos, ni mocos, ni calentura– pero enfermarse es un lujo que no podría permitirse en este momento de su vida, así que decidió quedarse en su casa, que de por sí es uno de los lugares en los que más le gusta estar. 

“Una pequeña molestia”, dice, tocándose la garganta y acomodándose en el sofá. Basta con verla sentada junto a la ventana, con un chorro de luz sobre el pelo recogido –jeans y alpargatas, sin una gota de maquillaje–, para saber que Ximena, además de ser bonita, tiene habilidad para la belleza; talento para ir más allá de las apariencias. 

Si no, ¿cómo puede lucir radiante cuando está incubando un catarro?

En esa casa esquinera del barrio Lomas del Sol, en Curridabat, todo el mundo corre con la agenda llena: su hermana mayor, Mariana, está casi lista para salir a trabajar, y su mamá, Sonia, sigue en la cocina, preparando un almuerzo que quizá choque con la cena, gracias al magnetismo de un televisor encendido con las noticias. Sus hermanos mayores no están, uno porque ya está casado y tiene su propia casa, y el otro porque salió, seguro a la “u”, quién sabe. Lo normal. 

La vida en familia, dispersa pero segura, es la única que Ximena Loranca Moya conoce desde que nació, el 9 de enero de 1996, en San Salvador. Sin embargo, a la familia le falta enumerar un miembro, al fin y al cabo. 

–Mi papá vive en México, dice Ximena. 

¿Lo ves? 

–Claro, mis papás siguen casados, pero él vive allá. 

El matrimonio perfecto

–Eso dice mi mamá. Mi papá es español; es economista. Tiene el trabajo que a mí me gustaría tener. Es como lo que he soñado toda mi vida: algo que me permita viajar y que esté ligado a las relaciones internacionales. 

“Cuando era pequeña y me preguntaban ¿qué querés ser cuando seás grande?, yo decía: Embajadora”. 

Ximena aún está a tiempo de imitar a Antonio Loranca, su progenitor, pues hace tres años, inmediatamente después de salir del colegio, se puso a estudiar Economía. Sin embargo, por ahora es ella quien tiene justamente el trabajo que su papá no podría tener ni queriendo: modelo. Todo empezó hace un año, cuando Ximena acompañó a su hermana a una sesión de trabajo, es decir, de fotos. 

Mariana, seis años mayor que Ximena, ya estaba circulando en el reparto oficial de una reconocida agencia de modelos, y de vez en cuando instaba a su hermana menor a enrolarse en el mundo de las pasarelas, hacer un casting, nada complicado. Ximena siempre se mostraba mucho menos complicada, y se alejaba de la propuesta con un simple “Ay, no” . Sin embargo, un día finalmente la acompañó, conoció a las bookers de la agencia y, mejor todavía, las bookers la conocieron a ella. 

Desde entonces, ha estado trabajando como modelo. Íntegra o por partes, Ximena ha participado en pasarelas, sesiones editoriales, catálogos de boutiques, eventos que llevan marca. Los productos han tomado su rostro, su cuerpo, sus piernas, su cintura, para hacerse publicidad. A ella le ha costado acostumbrarse a ciertas cosas, algunas muy básicas. Aún se pone nerviosa cuando le toman fotos. 

–Es un trabajo relativamente fácil, muy cansado y se gana dinero, explica. 

Visto desde afuera, es un trabajo, sobre todo, fácil

–Es muy cansado. 

¿Difícil? 

–Es muy demandante. Te contratan, pero para qué te contratan exactamente… Eso es lo que a veces me cuesta entender: qué es lo que esperan. En el modelaje, vos sos una percha. Vos vendés algo y esa es la principal función, pero vos también transmitís algo. Vos podés transmitir otro tipo de cosas. 


Convertirse en modelo no es la culminación de un sueño ni el anhelado triunfo tras una dura competencia. Realmente, hasta el otro día, lo único que Ximena había hecho con la ilusión de ser recompensada era practicar ballet y estudiar, y ambas cosas las hacía –las hace- muy en serio. 

Era –es– una chiquilla tímida, perseverante y chispa, a la que primero llevaron a clases de gimnasia, sin ningún éxito, y a la que después no pudieron arrancarle las puntas, una vez enrolada en los rigores del ballet clásico. 

“Mami nos llevaba a gimnasia y yo odiaba ir, pero con el ballet no me pasó eso. No sé cuál fue el primer momento en que amé bailar, pero fue algo con lo que me sentí cómoda desde siempre”. 

¿Qué es lo que no se te olvida? 

–Ver a las grandes y pensar: Cuando nosotras usemos tutú. Y mis primeras puntas. 

¿Cuándo fue? 

–Como a los 10 años. Eran rosadas. Me acuerdo hasta la marca: Bloch. También recuerdo que un día dejé botadas mis primeras zapatillas de planta y se las comió el perro. Lloré, pero no tenían arreglo. Claro que mi mamá me regañó. 

Su cercanía con la danza empezó cuando tenía 4 años y vivía en El Salvador. Su mamá siempre actuó para que el del ballet fuera un espacio de uso exclusivo de las hermanas Loranca Moya; una forma de ejercitar su independencia, sin necesidad de intervención adulta. 

“Recuerdo que la primera vez que bailamos fue un baile de abejitas. Yo había entrado a una academia con mi hermana cuando ya casi iba a ser la fecha de la presentación, así que ni siquiera nos sabíamos bien la coreografía. Había muchas niñas de mi edad que tenían ahí a la mamá. Mariana y yo estábamos como perdidas, viendo a ver qué hacíamos, porque mi mamá no estaba. Ella siempre tuvo esa actitud, como quien dice: eso es de ustedes”. 

Una vez que la familia se trasladó definitivamente a Costa Rica, Ximena siguió sus clases en el estudio Danza Libre, hasta la fecha. Desde entonces, se sube al escenario al menos dos veces al año, a bailar frente al público. Su mamá, ni ningún otro miembro de la familia, se pierde las presentaciones y de hecho, la última vez que estuvieron juntos fue hace dos meses, en calidad de espectadores, cuando Ximena bailó el Grand Pas de Deux, de Don Quijote, en el Melico Salazar, como parte de las celebraciones del 30 aniversario de su academia. 

“Me preparé como dos meses antes, quizá menos. Dura unos 9 minutos. Es super difícil, porque tenés que acoplarte a la coreografía original, y es un ballet español de mucho carácter. También tenía que acoplarme a la personalidad del personaje femenino, que es la hija de unas personas importantes de un pueblo que va a casarse con el plebeyo. Fueron dos funciones y en ambas funciones había que mantener el mismo carácter. Es muy cansado”. 

“He aprendido un montón gracias al ballet. A desenvolverme, a tener más confianza en mí misma”. 

“Siempre he sido muy tímida, pero con el ballet el progreso vos lo notás. Las personas lo notan, el profesor lo nota. Es muy chiva. Aunque cada vez me cuesta más seguir, es algo que disfruto demasiado. No lo quiero dejar. Jamás. Me encanta”. 

Aunque aún es muy joven, del colegio se graduó aún más. A los 16 años ya iba para afuera, y con fama de verde. Dice que ha sido sobre todo su papá quien ha supervisado todos sus asuntos académicos, apoyándola. 

“Siempre me ha considerado inteligente y esas cosas”, dice Ximena. 

Uno de sus consejos más reiterados: “Si quiere estudie Relaciones Internacionales, pero estudie primero una carrera de peso”. 

–Con el ballet él siempre me ha apoyado. 

¿Y con el modelaje? 

–Me dice: Recuerde que lo mejor de usted es que usted es una persona inteligente. Mami lo que siempre me dice es: Si es suyo, va a ser suyo. Ella no se estresa por eso. 

Ximena entró resbalada a la carrera de Economía, en la Universidad de Costa Rica. Esa primera experiencia universitaria, muy reciente, la hizo conocer emociones nuevas, sentimientos que jamás había experimentado, ni siquiera en el amor. Fue la primera vez que se sacó malas notas, que dejó los pelos en el alambre y que, por más que estudiara, su rendimiento siempre parecía deficiente. 

Con dos años de frustración y desengaño fue suficiente. 

“Toda la carrera es un coladero. Me sentía muy frustrada, y todos los compañeros estaban igual. Sentía que todo estaba mal y que no sabía lo que quería. Alrededor todo se resumía en una frase: ¡HAY QUE PALMARLA, HAY QUE PALMARLA! El mejor profesor era el que solo pasaba dos alumnos. Y siempre tenía la sensación de que los profesores querían que fracasáramos. La intención con los exámenes era reventar a los estudiantes. Si en un examen nos iba regular, el próximo era aún más difícil”. 

A pesar de todo, logró pasar a segundo año, pero se mudó de universidad. “Voy empezando desde el principio, pero considerando las materias que me convalidan, no me falta tanto”, dice. “No sé si fue el cambio que hice, que todo se acomodó y cayó en su lugar. Economía es una carrera tan difícil que si no te sentís motivado, estás mal”. 

Y con la alegría recuperada, Ximena empieza a hacer nuevos planes académicos, como si estudiar fuera el único camino seguro hacia donde sí vale la pena ir. 

“Lo que más ansío sería hacer una maestría. De hecho ya me puse a averiguar. En Barcelona hay una que se llama Teoría de Precios y Mercadeo. Vi esta en específico, aunque también está la Universidad de Londres. Me encantaría vivir en Londres”. 

Su rutina diaria está marcada por la actividad física, en la que ser hija y hermana aún son responsabilidades importantes. No trasnocha ni se maquilla, y en ambos casos, no parece necesitarlo.

“Me despierto y me voy al gimnasio con mi mamá y mi hermana, dos horas diarias, aquí en Curri. Venimos, desayunamos. Voy a clases en la tarde. Generalmente me quedo aquí con mami. Le ayudo. Si tengo que estudiar, estudio. Me gusta mucho quedarme en mi casa. Me voy a clases hasta la noche, o me voy a ballet. En la noche veo a mis amigas o a mi novio. Me gusta mucho leer. Me gustan mucho los thrillers y las novelas románticas. Ahora me estoy terminando Orgullo y Prejuicio”. 

También le gusta ir a la playa –su familia tiene una propiedad en Miramar– y el cine la divierte, pero no es una materia sobre la que le interese saber. De gustarle, le gusta sobre todo su novio, un excompañero del colegio que antes fue su mejor amigo. 

“Llevamos dos años, y desde que éramos amigos, he pensado que era mi persona favorita. Es demasiado sociable, es dj. Trabajador y perseverante. Es lo que más admiro de él, de hecho”. 

Su nuevo trabajo le ha impuesto nuevas rutinas, afortunadamente no alimentarias, porque Ximena sigue comiendo como siempre, y eso quiere decir cuidando mucho lo que come. Generalmente saca dos días completos por semana para las cosas del modelaje, aunque sean cosas cortas, aparentemente simples. Mañana, por ejemplo, tiene una pasarela abierta en un mall. La cita es al final de la tarde, pero ella debe estar lista desde la una. Su cara lo dice todo: a eso se refiere con que el oficio es muy demandante.    

Ximena no es alta para su edad: es alta para el país. A sus 19 años ya alcanzó 1.78 m de estatura, aunque en su caso no es solo un asunto de edad o altura, sino de administración de recursos. Con tacones, los números se disparan. Con maquillaje, también. Aunque la Economía crece sin prisa pero sin pausa, su carrera en el modelaje es la que parece tomar ventaja sobre las otras. 

Hace poco más de un mes, firmó un contrato con la agencia de Miami Next Model Management, con sede en Estados Unidos y oficinas en todo el mundo. Es algo que no se obtiene fácilmente, pero para la industria del modelaje, quizá Ximena tiene cualidades de largo plazo.

“Me encantaría irme”, confiesa. “Lo ideal es que vos te vayás a Miami y empecés a hacer los castings que ellos te dicen. Si una agencia te tiene a vos, es porque quiere hacer una inversión en vos. La agencia se deja un 20 por ciento de tus ganancias. Igual es acá”. 

“No llevo ni un año en el modelaje y cuando empiezo a preocuparme por ese tipo de cosas, como ¡Ay, es que no me escogieron!, trato de no hacerlo. Uno se siente más observado pero, a la vez, me ha dado más confianza. Me he vuelto más desenvuelta. Me ha obligado a salirme de mi zona de confort”. 

¿Alguna vez pensaste en vivir del ballet? 

–Con el ballet yo hubiera tenido que tomar esa decisión hace mucho tiempo. Nunca estuvo en mis planes pulsearla como bailarina, aunque tampoco me imagino viviendo del modelaje por siempre. Siguiendo ese camino hasta el fin. 

¿Hasta, digamos, los 40? 

–¡Ojalá! ¡A menos de que fuera una eminencia del modelaje! 

“Procuro vivir mi vida poco a poco y aprovechar al máximo las oportunidades, aparte de que nadie me está presionando de que tengo que sacar la carrera ya”. 

¿Estás pensando en Miami? 

–No es una oportunidad que se va a presentar siempre, ni a cualquiera se le presenta. 





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