Registro Público Rodrigo montenegro araya

El objetivo

Empezó a vender periódicos a los 7 años y, durante cinco décadas, la prensa escrita fue su único negocio. Aunque ya está pensionado, la rutina de Rodrigo Montenegro es casi laboral: no toma fotos, pero se toma los tapis

Por María Montero 30 de Mayo, 2015

Fotos de David Bolaños

En el bar Quitapenas, a un costado del parque de Tibás, uno de los que más se alegra cuando ve entrar a Rodrigo Montenegro es Chupeta, el bartender. En diciembre del 2001, seis meses después de que se acogiera a la pensión, Montenegro tuvo un quebranto de salud –una úlcera casi lo deja sin duodeno– y tuvo que correr al hospital para contener una hemorragia interna. Tras varios días de convalecencia, Chupeta y Montenegro volvieron a verse las caras; la de Montenegro estaba pálida y demacrada. En ese entonces, el centro de acogida no era el Quitapenas, sino La Migueleña. 

Chupeta le dio la receta de un remedio casero que, le advirtió, le iba a funcionar de por vida, siempre y cuando empezara de inmediato, y de la forma más rigurosa. 

Además de los medicamentos, Montenegro empezó a tomarse cuatro vasos diarios de una cocción de manzanilla, juanilama, sábila, menta, linaza y zacate de limón. Lo hizo como un soldado, sin chistar. Empezó a sentirse mucho mejor. 

Al cabo de tres meses de pastillas e infusiones, consultó a los médicos. El veredicto fue que ya no tenía ni cicatrices. “Ya podés tirarte unos traguillos”, le dijo un doctor. Montenegro se lo tomó con calma. 

“Me dije: No, ya que me aguanté tres meses, voy a aguantarme otros tres. Y cuando esos tres meses pasaron, pensé: Que sean tres meses más. Y así fui, hasta que se me pasaron cinco años”.  

En el año 2001, Alberto Rodrigo Montenegro Araya tenía 61 años. Después de haber pasado los últimos 50 metido en la redacción del periódico La Nación, atravesaba otro gran momento de su carrera: el retiro. Le era difícil imaginar que un ciclo tan largo y un vínculo tan estrecho finalmente llegara a su fin –porque Montenegro siempre vivió del periodismo, y siempre en el mismo medio de comunicación–, pero de pronto se veía lejos de las primicias y las emergencias y, además, con tiempo, recursos y una familia con la cual compartir el botín de la libertad. 

No solo contaba con Flora Cecilia Carvajal Jiménez –la maestra Flory, su esposa de toda la vida–, o con su querida suegra, María Luisa Jiménez Mesén, o con alguno de sus doce hermanos: también contaba con Juano. El fotógrafo Juan José Aguilar Cantillano, exjugador de primera división y veterano en las trincheras del fotoperiodismo costarricense, también lo estaba esperando detrás de su casa –sus viviendas se comunicaban por el patio– para dar rienda suelta a su histórica amistad. 

Porque “Juano” y “Monte” no solo fueron amigos, colegas y compañeros de trabajo, sino que también fueron cuñados. 

Ese 24 de diciembre del 2001, el día en que Monte empezó a sentir un desasosiego en el estómago mientras estaban repartiendo regalos, fue Juano quien le aconsejó que se tomara un trago. Montenegro no lo pensó dos veces, pero tampoco se sintió mejor.  Al otro día le pidió a uno de sus hermanos que lo llevara a la clínica, pero no le dijo nada a Juano. 

–¿Por qué no le pediste el favor a Juano? ¿Para no preocuparlo? 

–No precisamente. Creo que Juano tenía algo que hacer. 

–Seguro se hubiera preocupado. 

–No quise decirle, porque como fue él quien me dijo que me tomara el trago… Y yo, por si acaso, me tomé dos. 

Su carrera periodística realmente empezó a los 7 años, cuando se lanzó a vender diarios en el centro de San José, junto a su hermano mayor, Mario. Más tarde se les unió Ángel, un poquillo menor. Esa primera iniciativa comercial de los hermanos que buscaban afanosamente aliviar la situación económica de su casa y, especialmente, el esfuerzo paterno por dar sustento a toda la tropa, marcó para siempre el camino de los tres. La Nación se convirtió en su primera universidad.

Mario trabajó en los talleres de impresión, Rodrigo –mejor conocido como Monte o Negro– se hizo fotógrafo y Ángel, agente vendedor. La familia acababa de llegar a la capital procedente de Santa Cruz de Turrialba, donde Monte nació un 28 de diciembre “del año de gracia de 1940”, y donde vivió hasta empezar la escuela. 

“Papá quería que fuéramos a estudiar. Y un día, siempre pensando en eso, vendió todo y nos vinimos a Calle Blancos, a la propiedad de mis abuelos maternos. Ahí construyó un ranchito. Cuando se le acabó la plata, ¿qué iba a hacer papá en la ciudad, si él solo sabía sembrar? Se fue a trabajar a un tajo. No pasábamos hambre, pero la situación no era boyante. Siempre estaba el rancho ardiendo”. 

Los hermanillos pidieron prestado algo de dinero –Monte no recuerda cuánto ni a quién– y compraron su primer cargamento de periódicos.  Se levantaban a las 4 de la mañana y se iban caminando hasta San José, donde conseguían los ejemplares que luego distribuían entre los clientes. 

“Si te digo que vendíamos 20, eran muchos, pero eso le ayudaba mucho a papá. No sé cuánto ganaríamos, si cada periódico valía 15 céntimos”. 

Regresaban soplados a la casa, porque tenían que bañarse antes de ir a la escuela. Estos recuerdos, más la experiencia de voltear la montaña en las laderas del volcán Turrialba para sembrar papa, yuca o ayote , son algunas de las memorias de su niñez. 

Mueve sus manos mientras conversa, para que el recuerdo de hace casi 70 años vuelva con más nitidez. Enseña sus palmas de niño, diminutas, heridas por las espinas de los chayotes que había que limpiar de uno en uno como si fueran manzanas. 

“De mi infancia, no puedo decir que disfruté como todos los carajillos, porque no podía, pero eso me ayudó a formar mi carácter, a ser más comprensivo con la gente, a entender que todos tenemos necesidades”. 

Como el dinero siempre hacía falta, Montenegro se fabricó un cajón de zapatos y empezó a embetunarle los pasos a cuanto periodista o gerente se cruzaba por su camino, hasta que un día, el director de La Nación de entonces, Ricardo Castro Beeche, le dijo que abandonara inmediatamente las labores de limpiabotas y pregonero y se fuera directo a los talleres de la empresa. 

¿Usted va a la escuela?, le preguntó don Ricardo. Monte respondió afirmativamente. Busque a Carlos Manuel Herrera Cambronero y dígale que yo lo mandé para que aprenda un oficio, le ordenó el jefe. 

Lo pusieron junto a un señor que se llamaba Víctor Manuel Campos Gutiérrez, quien realizaba una función que hoy en día resulta totalmente jurásica, pues consistía en marcar los anuncios y montar la portada con tipos de plomo. 

Haciéndose linotipista fue como Rodrigo Montenegro adquirió un oficio y abandonó la infancia.

Poco antes de ganar el sexto grado en la escuela José Figueres, en Sabanilla, (donde la familia finalmente echó raíces), Monte ya se había convertido en asalariado. Empezó a trabajar formalmente incluso antes de tener el permiso del Pani. 

“Tiene que haber sido como en el año 51”, dice, desenterrando los datos perdidos en algún lugar de su cabeza. “Cuando iba a cumplir 12 años estaba feliz, porque ya iba a estar a derecho”. 

Siempre fue bueno para el estudio, pero no es que fuera aplicadísimo ni un ejemplo de inmolación académica. “No era estudioso así, aferrado, pero tenía facilidad para aprender. Además, como no tenía vicios ni nada… eso vino después”. 

–Cuando llegué a primer grado, como ya sabía leer, la maestra de la escuela me llevó donde la directora, que me regaló una caja de lápices de colores.

 –Y no se te olvida. 

–Nunca. 

“Esas son las pequeñas cosas que le dan alegría a los niños pobres. Y lo hacen pensar que si logró eso, puede lograr algo más”. 

Es cierto que abandonó los estudios en sexto grado, pero como nada es eterno en el mundo, regresó a las aulas a los 19 años, siendo ya un experimentado trabajador. No solo era un muchacho inteligente, sino que estaba detrás de la jugada. No se le iba una.

“Había leído por ahí que el sistema de impresión con plomo iba a desaparecer tarde o temprano, entonces pedí permiso para ir al colegio. Ya antes había aprendido mecanografía, y eso me salvó, porque tenía muy buena ortografía”. 

Se matriculó en el Vargas Calvo, en San Pedro. Entraba a las 3:30 de la tarde y salía a las 9 de la noche. Su jornada laboral empezaba media hora después y finalizaba a las 3 de la madrugada. “Cuando terminaba de trabajar, me lavaba las manos, que estaban llenas de grasa, y me ponía a hacer las tareas, esperando a que pasara el primer bus”. 

De esas jornadas extenuantes obtuvo un Bachillerato con honores. Y entonces, con 24 años y un título glorioso, se casó con Flory. Un 27 de febrero de 1965.  

Rodrigo Montenegro fue carne de noticia antes de irse a Nueva York con una beca de la Sociedad Interamericana de Prensa para estudiar fotografía y fotomecánica. “Cumplí 30 años en Nueva York. No fue una pasantía muy larga; una gestación de 9 meses”. No era fotógrafo oficial entonces, ni lo fue después, al menos no de forma inmediata. En La Nación, esa responsabilidad le correspondía a otros muchachones: Mario Roa, Francisco González y Juano.

“Me gustaba la foto, pero mi modus vivendi era el linotipo. A los fotógrafos les pagaban como ¢5 por foto publicada”. 

Pasaron cuatro años más antes de que engrosara las filas oficiales del Departamento de Fotografía, aunque era un secreto a voces que algunas de las asignaciones que salían publicadas con el crédito de Juano eran, en realidad, y desde hacía muchos años, tomas de Montenegro. 

“A los 17 años, Juano ya jugaba en primera división. A veces tenía que ir a un partido y no le daba tiempo, así que yo le ayudaba haciéndole las fotos”. 

Monte hizo todo tipo de fotos, y todavía más. Su lente supo adaptarse a cualquier cobertura de las secciones de deportes, sociales, política, sucesos, espectáculos... Lo que hiciera falta. 

Tras la creación de El Excélsior, a inicios de la década del 70, la intensidad del trabajo dio un giro inesperado, porque este nuevo medio de prensa escrita fue competencia directa de La Nación. La presencia de un nuevo periódico encendió la luz de alarma de algunos, y todo el mundo se puso a correr. 

“Había que pellizcarse”. 

Montenegro se pellizcó por segunda vez: pidió permiso para entrar a la universidad a estudiar periodismo. Y entró. La Universidad de Costa Rica se dio el gustazo de recibirlo en su campus. Tenía 35 años y, de vez en cuando, tareas risibles comparadas con las reales. Todo iba bien. Montenegro-fotógrafo empezó a desarrollar sus habilidades como redactor, y así empezó a escribir largos reportajes y a encargarse de ambiciosas coberturas, incluso fuera del país. 

En Venezuela, entrevistó a Carlos Andrés Pérez; fue a la OEA, en Washington y, en Nueva York, cubrió la visita a la ONU del entonces presidente Daniel Oduber. Su reportaje sobre los estragos de un incendio en la sede de la Embajada de Costa Rica en la capital estadounidense lo tituló Una joya que se pudre, lo cual aceleró su reconstrucción. Cubrió el famoso y mediático juicio contra el adolescente tico Ronny Zamora, en Miami; reportó la despedida de Pelé, en Nueva York, en 1977; firmó una de las primeras entrevistas que se le hicieron a un joven científico escazuceño que estudiaba en el MIT y quería ser astronauta. 

Estaba entre tercero y cuarto año de la carrera cuando sucedió lo inevitable: se vino la guerra de Nicaragua. Montenegro se convirtió en corresponsal de guerra, que no es lo mismo.  

“Íbamos Pilarcita Cisneros y yo”, relata. 

Una de sus primeras asignaciones antes de que el conflicto estallara, fue ir a ver a la cárcel a Liana Benavides –hija de la escritora costarricense Virginia Grütter– quien había sido apresada por la dictadura de Anastacio Somoza. Su captura fue objeto de una campaña internacional y anticipó el clima de solidaridad que Costa Rica ofreció a la causa revolucionaria. Después, Montenegro se fue curtiendo en la frontera, el campo de batalla, la diplomacia y los balazos. 

Con la edad, Montenegro se volvió insomne. La noche y la madrugada son sus horas más productivas. A las dos de la mañana puede que conteste el teléfono, pero es inútil llamarlo antes de mediodía. “Voy saliendo del cuarto como a la una y media de la tarde, porque me quedo viendo periódicos y noticias”. Después de abandonar la cama y decir sus oraciones, se enrumba hacia la cocina en busca de su batido especial de papaya. Luego se alista como un dandy, almuerza y se va para el Quitapenas. Su rincón favorito está junto a los orinales. Monte la llama “la esquina del zoncho”. 

“Solo los zonchos podemos aguantar ese olor… ¡Mentira! Siempre los limpian, ¡pero me gusta decirle así!” 

Hasta hace tres años, viajaba a Nueva York hasta dos veces al año, porque ahí viven tres de sus hermanos, o salía a pasear con Flory y con María Luisa, su suegra, con quien la pareja ha vivido los últimos 35 años. Ella era la más apuntada, pero una caída cambió el panorama familiar. “No fue que se cayó y se quebró la cadera, sino que se quebró la cadera y por eso se cayó”. Monte no viaja desde entonces y vive pendiente, junto a su esposa y cuñados, de la salud de su suegra. 

En la esquina del zoncho pasa largas tardes, embelesado con el rumor del parque de Tibás. 

Su cuota diaria son dos tragos de whisky ahogados en agua y hielo. Números cerrados desde hace tres meses, sin excederse ni limitarse. “De lunes a lunes”, señala Monte. “No tengo feriados”. 

–Entonces, lo de tu abstinencia es un mito. 

–Después de cinco años volví a tomar, pero de una forma mucho más moderada. Dejame contarte. Un día venía de Nueva York y cuando sobrevolábamos Miami, apareció la aeromoza por el pasillo, jalando el carrito de bebidas. Me preguntó si quería algo. Le pregunté: ¿Tiene J&B? Ella me dio una botellita chiquitita que valía un dólar, y yo le pagué con un billete de cinco, pero no tenía vuelto, así que se fue, diciendo que ya venía. Regresó, pero sin mi vuelto, así que le pedí otra botellita, pero no más. Ella no me daba el vuelto. Esa es la cosa. 

–Volviste a tomar por culpa de ella.

–¡Yo a esa mujer la recuerdo con gran cariño!   

“¿Qué es lo que más me ha gustado de ser fotógrafo? Eso: ser fotógrafo. Me dio la oportunidad de conocer gente, que si hubiera trabajado como abogado o cualquier otra cosa, no la hubiera conocido. Esto del periodismo abre las puertas de cualquier parte. O las cierra, aunque generalmente las puertas se abren. Lo difícil es lo sacrificado que es. Recuerdo lo del secuestro de la Corte. Dormí en la acera... ¿cuántas noches? ¡Quién sabe cuántas! Si uno es honesto, y eso es lo más importante, llega a ser objeto de mucho respeto. Yo siento que soy apreciado por la gente. Respetado. No adulado, que es otra forma de insultarlo y desprestigiarlo”. 

El año pasado, Rodrigo Montenegro recibió (de forma compartida) el galardón Pío Víquez de Periodismo 2014. No se lo esperaba. Cuando le dieron la noticia, pensó que era una broma. 



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