Registro Público Lawrence Pratt

El maestro

De la guitarra clásica saltó al jazz, y luego a la economía y a la física. Entre sus especialidades están inyectar conciencia ambiental en las empresas y mejenguear con mocasines, pero, sobre todo, hacer pensar a sus estudiantes. Lawrence Pratt echó raíces en Costa Rica, pero su ecosistema es el Incae

Por María Montero 27 de junio, 2015

Fotos de David Bolaños

Nadie, ni la mente más brillante de Washington D.C –cuna de algunos de los thinks tanks más influyentes de Occidente– habría podido vislumbrar el destino que correría otra de las mentes más valoradas de su generación, una vez lanzada al mercado global: enfrentarse al espantoso dilema de cómo entrar o salir de La Garita en horas pico, al menos tres veces por semana y durante casi 20 años. 

La suerte de Lawrence Pratt es que ninguna de esas mentes brillantes, salvo la suya propia, alcanzaría jamás a comprender cuánto ha disfrutado él de esos atajos alajuelenses para llegar a tiempo hasta las aulas del Instituto Centroamericano de Administración de Empresas, mejor conocido como Incae. Su segundo hogar desde hace dos décadas. 

Parte de esa satisfacción se le nota en la cara, pero también en un español alegre y trabajador, adaptado a las ironías latinoamericanas, para lo cual muy probablemente han contribuido su esposa, la actual ministra de Deportes, Carolina Mauri, y sus dos hijas, Paulina y Doménica. 

“Según dicen, cuando ya uno tiene familia tica, no va para ningún otro lugar”.

Lawrence Pratt es capaz de convertir el barro en oro sin pervertir la pureza de los barriales. Esto significa, entre otras cosas, que el profesor Pratt es uno de los poquísimos expertos en América Latina en el tema de Sostenibilidad de Negocios y Políticas Públicas Sostenibles, algo que podría traducirse cándidamente como que el progreso no se da a toda costa, y si se sustenta a costa de cualquier cosa, entonces no es progreso. Por eso mismo, posee la habilidad y el conocimiento suficiente para persuadir a sus interlocutores de que no todo lo que brilla es oro. 

“Si se le pregunta a la gente en Costa Rica si las compañías deben tener derecho a destruir el medio ambiente, probablemente dirán que no, pero en otros países probablemente dirían: Claro, así se hacen negocios. Todo es relativo”.

Ya sea como profesor, gerente o consultor –las tres caras de su moneda–, Lawrence Pratt ha ayudado a  transformar la conciencia medioambiental de empresas y gobiernos, impulsando otras ideas del desarrollo y la transformación de la sociedad, donde la rentabilidad y la competitividad de las empresas, sean éstas públicas o privadas, se sustenta en el uso racional de los recursos ambientales y sociales. Diríase que su expertise impulsa ciclos constructivos entre el medioambiente, los negocios y los seres humanos. Y no es ciencia-ficción.

“En este momento, casi en cualquier parte de América Latina, una compañía puede estar o no dentro de la legislación, pero si la comunidad está enojada, la compañía va a tener que cambiar su comportamiento. En Ecuador y Perú cierran minas. Cada mes hay un nuevo cierre debido a la presión. Entiendo que el reglamento dice que usted tiene derecho a usar el agua, sin embargo, mi comunidad también tiene ese derecho, y si no tengo agua en mi comunidad, ustedes tampoco van a poder operar su mina. Punto. No me importa lo que dice la legislación. Y cierran la mina hasta que se arregla la situación. Muchos ven esto como una debilidad gubernamental, pero yo lo veo tal y como debería ser una conversación”. 

“Una compañía es legítima solamente cuando es legítima frente la sociedad entera, no solamente frente al gobierno”. 

“Y las compañías que buscan ser legítimas frente a la comunidad y grupos más amplios, en general encuentran un camino bastante positivo, siempre con gente gritando y peleando, quizá, pero por lo menos hay una conversación y van avanzando”.

A Costa Rica llegó en 1996, y todavía sigue aquí. Su contrato era por dos años, que se multiplicaron por nueve. Lo mandaron a traer de Washington porque, como él mismo explica, los mejores MBA del mundo comenzaban a insertar temas ambientales y sociales dentro del ‘pensum’ de sus programas, y muy pocos sabían cómo hacerlo. Él sí. El proyecto que finalmente lo capturó fue bautizado al cuarto día de su llegada como Centro Latinoamericano para la Competitividad y el Desarrollo Sostenible, Clacds. Un producto marca Incae.

“El objetivo era muy ambicioso pero muy específico”, explica. “La idea era ayudar a todos los países de Centroamérica, desde el más alto nivel, a entender qué significa la competitividad –orientarlos en un mundo globalizado, de una forma que fomente un desarrollo a largo plazo–, y la sostenibilidad: cómo ingresar a los mercados internacionales sin destruir su patrimonio cultural y ambiental, ni el recurso humano”.

–¿Se refiere a reeducar a los políticos? 

–No solamente políticos. En esa época, cuando al sector privado le hablaban de competitividad, entendía que era cuánto bajar los salarios de los empleados, no cómo ser diferente, ni más eficiente, o cómo aprovechar mejor los recursos naturales. Era cambiar un chip mental regional y tratar de incidir en procesos de sectores estratégicos. Desde cosas muy puntuales –como la señalización de las carreteras hasta otras muchísimo más sofisticadas, como la política monetaria.

“Para nosotros, en los centros de impacto, un proyecto que termina con una buena investigación es un fracaso. Si no hay acción basada en el esfuerzo de investigación que hicimos, es un fracaso”. 

En el horizonte del profesor Pratt y sus socios académicos se dibujaba el camino hacia una Centroamérica más integrada, competitiva y sostenible. Al cabo de los años, asegura que los avances regionales son palpables, y que su empeño colaboró en crear algunas condiciones para estos resultados.

“El problema en la región es que todos están de acuerdo en que avanzan, pero no avanzan. Esa es la parte interesante y a la vez frustrante de trabajar en Centroamérica: la gran brecha entre lo que los líderes del sector privado y público dicen versus lo que hacen. Todos los presidentes firman los mismos acuerdos casi todos los años”.

Hace cuatro meses dejó la dirección de Clacds. De ser un ejecutivo de alto rango pasó a ser un educador común y corriente: el profesor Pratt. “Tengo el mismo contrato, nunca he firmado uno nuevo. Simplemente me siguen pagando y sigo llegando a la oficina”, comenta. 

En los últimos 20 años hizo muchísimas cosas distintas, pero cada una de ellas le permitió consolidar su prestigio como gurú de la sostenibilidad de negocios. 

Ni su imagen ni su trato parecen haber sufrido impactos negativos: es un hombre de una saludable espontaneidad, que incluso se aventura a hacer chistes delante de desconocidos.

“Hasta febrero, mi vida era 60 por ciento de mi tiempo manejando Clacds, 20 por ciento clases, y 20 por ciento consultorías. Generalmente, las escuelas de negocios a nivel internacional dejan un bloque de tiempo bastante amplio, normal, para que los profesores puedan salir de la facultad a dar consultorías en el mundo real. La lógica parte de que los profesores no son académicos puros y necesitan tener contacto con el mundo de los negocios. ¡Y también creo que da excusa a Incae de pagar salarios inferiores diciendo que todos tenemos consultorías muy lucrativas!

El profesor Pratt aprendió bien cómo es que la sostenibilidad fomenta el desarrollo de compañías, sectores y países,  pero si terminó viviendo la mitad de su vida en Costa Rica e incorporando a su rutina el trayecto hasta el Campus Walter Kissling Gam, en La Garita, es porque, además, tuvo la capacidad de transmitirle su conocimiento a otros.

“La misión de Incae es crear líderes para el desarrollo de la región. Podemos cumplir nuestra misión sin ser escuela de negocios, pero no podemos cumplir nuestra misión si no hacemos cambios en la región”.


La identidad genética de Lawrence Pratt se distribuye, quién sabe en qué proporción, entre un papá estadounidense, oriundo de Kentuky, y una mamá griega, originaria de Atenas. Washingtoniano por nacimiento, gozó, junto a su hermana menor, de una infancia asfaltada y suburbana, más no por eso privada de bicicletas, cañas de pescar y aventuras en el bosque, con venados, zorros y gigantescos árboles de roble. 

“Washington tiene muchas áreas boscosas y protegidas. Es un lugar muy lindo y muy interesante para crecer”, asegura. 

Su mamá dejó de trabajar en 1964, el año de su nacimiento.

Durante la época de colegio fue un estudiante regular, situación que mejoró una vez que entró a la universidad. Entre uno y otra, hizo ese tipo de cosas locas que hacen los jóvenes sin pensar en las consecuencias. En su caso, aprendió guitarra clásica y español. 

Obtuvo un bachillerato universitario con doble concentración –Economía y Física– y más tarde coronó su currículum e incrementó sus deudas con una Maestría en Administración Pública y Privada de la Universidad de Yale. Aún sí, el profesor Pratt también aprendió a repetir con fluidez los acordes más transgresores de Jimmy Hendrix, Mile Davis, Wes Montgomery y Django Reinhardt, algunos de sus guitarristas predilectos. Es más, con esas partituras hasta se ganó la vida.

“La única planificación académica que yo hice fue asegurar que me gustó lo que estaba estudiando, y que lo que estaba estudiando abrió más oportunidades que cerró. Eso hice conscientemente”.

Desde los 7 hasta los 14 años, la guitarra clásica fue su norte, pero conforme se hizo mayor, se le fueron electrificando las cuerdas. Entró a la universidad dispuesto a dejarse sorprender, pero siguió encaminándose hacia la música. Sin embargo, cuando ya tuvo que practicar de 6 a 7 horas diarias, dejó de disfrutarlo, así que dejó la carrera, no fuera que la guitarra se convirtiera en un instrumento de tortura. “Decidí que música era mejor hobby que profesión”, acepta. Aún después de abandonar su carrera artística, siguió ejecutando su alto voltaje en bares y otros escenarios rentables.

Asegura que es académico por accidente, lo cual demuestra cómo un accidente puede revelar nuestra verdadera naturaleza. Lógicamente, Lawrence Pratt es un hombre acostumbrado al diálogo razonado, pero no basta con ejercitar a menudo el intercambio de ideas, ni siquiera liderando discusiones en un aula con capacidad para varias decenas de estudiantes. Definitivamente, hay que tener talento. Y ojalá, el recuerdo de algún jam

“La música me ha ayudado muchísimo como profesor. Es un lenguaje, y un lenguaje tiene estructura. Uno tiene que aprender la estructura para después romperla. Si uno no entiende la estructura y cómo funciona el lenguaje, es imposible ser creativo fuera. La razón por la que hice la transición al jazz fue porque la música clásica vive siempre en la estructura, y la primera cosa que yo quería hacer cuando la dominé, fue romperla. El otro aspecto es la improvisación. Ayuda muchísimo en el manejo de la clase”.

“El profesor que está liderando una discusión de 90 personas está improvisando, está en un jam”.

“Lo que tiene que hacer es mantener la suficiente estructura como para guiar la clase hacia el fin deseado, aunque uno no sabe exactamente adónde está, ni tiene la más remota idea de cómo llegar a él, porque todos los 60 o 90 músicos están trayendo nuevas ideas y nuevos conceptos. Se lo puedo decir con certeza absoluta: lo que hacen los profesores de Incae son dos o tres sesiones de jazz. Yo siento que estoy usando habilidades y destrezas que aprendí en la música”.

–Las tres cosas que estudió (música, física y economía) parecen muy diferentes. 

–Los físicos y los músicos tienden a ser zurdos. 

–¿Usted es zurdo? 

–Absolutamente. 

Su labor como consultor la dedica casi exclusivamente al sector financiero. Es una tarea complicadamente sencilla: si los bancos latinoamericanos quieren tener acceso al dinero de los bancos internacionales, deben poder demostrar a sus acreedores que cuentan con mecanismos para asegurar que sus clientes no van a cometer errores ambientales y sociales tan graves que terminarán perdiendo el negocio y, por ende, el préstamo.

–De todas sus actividades, ¿cuál es la que más le interesa?

–Siempre digo: la que no estoy haciendo.

–Eso lo decimos todos.

–Sí, pero cuando yo estoy calificando 100 exámenes… 

–Pero tendrá asistente. 

–No, en el Incae no hay asistentes… A veces los profesores hacemos exámenes de opción múltiple o de verdadero y falso, y eso nos ayuda, pero no, nosotros lo calificamos todo. No hay asistentes.

–¿Y por qué no? 

–La diferenciación de Incae es que tiene la mejor enseñanza probablemente del mundo, y digo esto con bastante criterio. 

“Tenemos una conexión con los estudiantes que no existe en ninguna otra escuela de negocios de América Latina”. 

La curiosidad es constitutiva de la personalidad de Lawrence Pratt y eso ha contribuido, afirma, a mantener despiertos intereses diversos. “Lo mejor del mundo académico es poder contribuir en algo a mejorar la sociedad y, también, que cuando uno se aburre de un tema de investigación, o se cansa de la gente que está en ese tema, corta, y aplica su conocimiento en otra área que le interesa más”. 

Por esa misma capacidad de abordar la realidad con entera flexibilidad, le parece que las sociedades latinoamericanas pagan un precio muy alto al empujar a los jóvenes a decidir, de cara a la universidad,  a qué se dedicarán por el resto de sus vidas cuando apenas alcanzan la mayoría de edad. 

“La idea de la educación estadounidense –herencia inglesa– era tener futuros líderes de la sociedad que sabían de muchas cosas, con una perspectiva mucho más amplia del mundo. Yo entiendo la lógica de por qué en países más pobres quieren disponer de la especialización ya, pero viendo a mis propias hijas, lo encuentro cruel. ¿Qué hace una joven de 19 años que ya tiene dos años de la carrera terminada, y un día descubre que lo que realmente le llama la atención, y en lo que podría ser una de las mejores del mundo, es otra cosa? Ese es el costo”.

 “¡Por eso yo todavía no sé exactamente qué voy a ser cuando sea grande!”  

ameliarueda.com

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