Registro Público Mario Zaldívar Rivera

El bolero

Este año publica su quinta novela y su historia del rock nacional está en proceso, pero el investigador Mario Zaldívar aún se da más gustos como guitarrista consumado, bailarín ocasional y bohemio de cabecera. El gran relato de la música popular costarricense es su tarea permanente

Por María Montero 18 de julio, 2015

Fotos de David Bolaños

Mi nombre es Mario Zaldívar Rivera y le voy a explicar por qué me gusta la música. Nací en barrio México el 22 de julio de 1954, cuando los niños aún nacíamos en la casa y cuando el bolero estaba en su apogeo. Pegada al puente del río Torres había una cantina llamada El Gran Sesteo que tenía una rocola con música extraordinaria. A nosotros, los chiquillos del barrio, nos fascinaban esas canciones. El dueño nos permitía poner los discos, y entonces nosotros metíamos una moneda y escogíamos lo que más nos gustaba entre unas 70 piezas. Mis dos hermanos mayores también eran coleccionistas de música, y de ellos aprendí que la música era algo muy importante. Debo decirle que también tuve un hermano menor, que ya falleció, y cuatro hermanas mayores, pero mucho mayores que yo, casadas, con las que no compartí estas cosas, quizá por cuestiones de edad e intereses. 

Mi papá había comprado un radio motorola que pasaba encendido de 6 de la mañana a 10 de la noche. Mis hermanas ponían sus programas y nosotros escuchábamos series de aventuras por la tarde. Todos los días, cuando llegaba del trabajo a eso de la 7 de la noche, mi papá ponía tango. Le encantaba el tango. 

En la cantina teníamos la rocola, y en la casa, el radio. La música no paraba nunca. 

Aquella zona de San José era muy particular, porque entre Barrio México y barrio Iglesias Flores vivían muchos maestros. Ahí vivía Ricardo Mora, el famoso compositor, y por ahí pasaron Rafa Pérez, el cantante; Solón Sirias, Lorenzo Ureña, la intérprete Maritza Palma... El compositor de la Cartaginesa, Carlos María Hidalgo, vivió entre la cantina y la escuela Ramiro Aguilar, adonde yo hice los seis años de primaria. Quienes vivimos en ese barrio de la capital, recordamos a Carlos María con su traje oscuro y su inseparable cartapacio, atiborrado de partituras y letras de canciones que dedicó a su pueblo. 

Esos dos barrios fueron mi infancia. Ahí viví desde 1954 hasta 1982. Ese universo me jaló, y con el tiempo, yo mismo quise convertirme en músico y escritor, hasta que me volví coleccionista de discos y de libros. 

Mi madre murió cuando yo tenía cinco años. Eso me convirtió en un muchacho callejero, que vivía retozando en el río Torres, el Virilla y los potreros. Empecé a trasnochar a los 12 años. Nos metíamos a todos los burdeles del Paso de la Vaca, que no eran poquitos. No me interesaba el alcohol, ni fumar y mucho menos la droga. A nosotros, niños y jóvenes de aquel entonces, nos interesaban la noche y el erotismo. Éramos samueleadores profesionales. 

Siempre digo, y conste que no es una frase mía, que la persona que más me ha influenciado en mi vida es Mario Zaldívar niño. 

Yo estaba seguro de que mi futuro estaba en la educación. Mis hermanos no estudiaron. El mayor se hizo mecánico de precisión, el otro, taxista, y el menor, polaco. Desde muy joven intuí que yo podía seguir una carrera, que era mi deber. ¿Sabía qué quería estudiar? No, no lo sabía, solo sabía que medicina no. 

A punto de entrar al colegio, al Liceo de San José, papá me dijo: No puedo seguir sosteniéndote, hijo. Vas a tener que ponerte a trabajar. Yo le dije que quería seguir estudiando, pero que no se preocupara, que yo me encargaría de resolver. Así que me conseguí una beca de ¢30 por mes. El día de la graduación de sexto grado siempre daban un premio al mejor estudiante. Ese fui yo. Tengo muy buena memoria, podía concentrarme con facilidad y, además, leía mucho. Conseguí la beca en 1967 y pude seguir con mis estudios, siempre con buenas calificaciones. 

Me gradué del colegio en 1971, y otra vez mi papá vino a decirme que no podía seguir sosteniéndome, pero ya saben, yo quería continuar. De haber sido por mí, hubiera estudiado arte o literatura, pero entendía mi realidad. Tenía que estudiar una carrera que me permitiera trabajar pronto y llevar dinero a la casa, entonces me metí a Administración de Empresas y estudié Administración Pública. 

En 1975 ya estaba trabajando en el AyA, y en agosto del 77 ya era egresado, con todo y licenciatura. Ese mismo año empecé a trabajar en la Comisión Nacional de Préstamos para Educación, Conape. En 1980 me fui con una beca para Brasil y en el año 81 me ofrecieron la gerencia de la institución, donde estuve hasta el 2009. Ahí terminé mi vida laboral. Durante 28 años trabajé como funcionario público, pero desde enero del 2015 estoy dedicado de lleno a la música y la literatura.  

Mi papá fue un obrero de la industria textil de la época de los telares, un salvadoreño de facciones indígenas llamado Benito Zaldívar. Llegó a Costa Rica en 1940 y se fue a trabajar a una pequeña fábrica de Cartago. Mi mamá, Antonia Rivera, vivía en aquella provincia, donde se conocieron. Ella era blanca, española y alta. Por eso nosotros salimos así, tan guapos.

Cuando ella falleció, a causa de un cáncer gástrico, seguimos viviendo todos juntos en la misma casa de barrio México y mi papá no se volvió a casar. 

Muchos años después, cuando la industria textil se mecanizó, él se quedó totalmente rezagado y pasó a ser guarda nocturno de un parqueo, pero no le fue tan mal. 

Se me olvidó decirle que en 1975 yo me hice cargo de la casa. Fui y le dije: Papá, no quiero que trabaje más. Fue suficiente. A partir de ahora, va a ser mi responsabilidad. Y ya en esos años él se pensionó.

La casa de mi infancia aún ronda en mis sueños. Permítame que le cuente cómo era. Vivíamos en un solar con un callejón que daba a la calle. Nuestra casa era de madera, muy pequeña, y era la única que había en el solar. Estaba rodeada por habitaciones donde vivían hombres solos con nombres muy raros, y que constantemente llevaban mujeres. Día y noche entraba y salía gente. Las paredes eran muy delgadas y se oía todo lo que sucedía, a un lado y al otro, todo al mismo tiempo, así que era imposible que no sintiéramos el embrujo de ese ambiente erótico tan fuerte, de excitación permanente. 

En los potreros también había mucha actividad sexual. ¡Había una promiscuidad tremenda! Era el ambiente del barrio, donde además abundaban las mujeres mayores a la espera de muchachillos curiosos, como nosotros.

Toda mi literatura está marcada por el erotismo, y estoy seguro que viene de ahí.

Yo empecé escribiendo poesía, pero no duré mucho. Gané dos veces el concurso de cuento de la Revista Nacional de Cultura. En el año 1994 empecé a escribir un cuento sobre Capablanca –José Raúl Capablanca y Graupera, jugador de ajedrez cubano, campeón del mundo–, pero se me fue haciendo muy largo, y me di cuenta de que era una novela. Mandé el manuscrito a la Editorial Costa Rica y ganó el certamen de ese año, bajo el título Ahora juega usted señor Capablanca. Me la publicaron al año siguiente, en 1995, y ahí prácticamente dejé de escribir cuentos y empecé mi labor como novelista. 

Volví a publicar en 2001 (Después de la luz roja), en 2007 (Herido de sombras) y en 2013 (Tres extraños en el paraíso). En agosto de este año saldrá una nueva, policíaca: El amanuense solitario. 

Como novelista, me interesa mucho la experimentación formal. Todas mis novelas tienen esa doble búsqueda de forma y fondo. Voy experimentando, pero con el objetivo de no confundir al lector, pues quiero que pueda comprender una trama normal dentro de una propuesta experimental. No he podido entender la novela psicológica que carece de argumento. Yo sí me comprometo con el lector en contarle una historia. 

Tarde o temprano, en todo lo que escribo siempre aparecen los mismos temas, muchos de los cuales son propios de la novela negra. El erotismo, la sangre, las casas viejas, el pasado –que no la Historia– y la música. Me inquieta la dimensión erótica de la sangre y todo lo que aún no se ha descubierto acerca de ella; también me intrigan los aposentos abandonados y la cultura y la música cubana, principalmente. 

Me gusta la novela corta, y soy admirador del escritor de novela corta.

Tengo varios escritores que me alientan mucho a escribir. Hemingway, Graham Greene, Leonardo Padura, Philip Roth –pero cuando escribe novela corta–, Alejo Carpentier, Rubén Darío y Borges. Son escritores que me incitan a escribir. También leo muchas cosas diferentes, constantemente. Novela, Ciencia, Historia, poesía. Me gusta mucho la entrevista, los libros de testimonios o memorias y, por supuesto, los libros de música.

Mi amistad con Ray Tico empezó en el 2003 y terminó con su muerte, en el 2007. Nos hicimos amigos porque yo insistí. Quería escribir sobre él, pero Ray se negaba. Prácticamente tuve que convencerlo de cuánto me interesaba él como figura clave de la música popular costarricense. Finalmente nos entendimos. Fue un brillante guitarrista y compositor. Cantando era normal, pero como compositor sí era buenísimo. Parrandero. Mentiroso. Difícil. Tenía un modo peculiar de saludar a sus amigos. Cuando se encontraba a alguno en la calle, apenas lo veía venir, exclamaba: ¡Salí de mi vida por favor!, y luego venía el abrazo. 

Era un atorrante. Era un hombre totalmente marcado para ser un marginal, pero el arte lo salvó. Ramón Jacinto Herrera Córdoba. Lo bautizaron Ray Tico a los 20 años, en Colombia, en 1948. Al final, quedó el libro que escribimos sobre su vida, y que salió el año de su muerte. Él ya no está, pero yo sigo siendo su amigo.


En 1980 yo tenía 25 años y medio. Fue cuando apareció la beca a Brasil y me fui a Rio de Janeiro. Tenía un apartamento en Copacabana, a 100 metros de la playa. Imagínese. Hice otro posgrado, pero en la calle. Volví a San José al año siguiente, y un año después, compré casa en Guadalupe y me llevé a toda la familia, pero yo veía la vida con otro enfoque. 

Tenía los medios para pasarla bien. Me gustaban las orquestas y las mujeres. 

Me dediqué a bailar, aunque siempre escribía y leía muchísimo. Los viernes me iba a Los Higuerones; los sábados, a Sus; los domingos, al Típico Latino, y los lunes, a El Yugo. No tenía novia ni hijos, y así estaba bien, pero llegó un momento en que empecé a creer que nunca iba a tener otra vida. 

Viajaba mucho durante todo el año por motivos de trabajo, y fui haciéndome con una gran cantidad de libros y de música. Conocí a un escritor cubano que vive en Puerto Rico, Cristóbal Díaz Ayala, quien es la persona que más ha escrito sobre música popular latinoamericana. Una vez vino de visita al país y me pidió que lo llevara a comprar libros sobre música popular costarricense, y fue cuando me di cuenta de que no había bibliografía, que no podía llevarlo a comprar algo que no existía. Me dijo: Mario, usted tiene que escribir esa historia. Entonces empecé. Me dediqué a recopilar testimonios, hacer entrevistas y recolectar fotos. Fue un trabajo lento en el que mezclaron música y literatura. Mi primera investigación la escribí en 2003, Costarricenses en la música. Son 27 entrevistas a las figuras más importantes, que aún estaban vivas. 

Ahí aparece mi crónica del encuentro con Ray Tico, sucedido por casualidad la noche del 12 de junio del 2001, en el bar Adriático, en Barrio Luján. 

Cuando tenía 30 años, entró a la institución una compañera nueva. Yo la veía como una chiquilla, porque era diez años menor que yo. Sandra Coto. A los cuatro años empezamos a formalizar nuestra relación, poco a poco. El papá de ella no estaba muy de acuerdo, porque yo era el jefe, pero en el año 90 le dije: Sandra, casémonos. Ella respondió: Me caso si usted deja de ir a bailar

Yo sabía que si seguía yendo a salones de baile, mi matrimonio no tendría futuro. 

Si yo no cambiaba mi sistema de vida, la cosa no iba a funcionar. Así que dejé de ir. Tampoco fue un gran sacrificio, y además le dediqué más tiempo a la literatura. 

La pérdida de la madre, en mi vida, solo tiene relación con la pérdida del trabajo. De Conape me despidieron el 30 de abril de 2009. Tenía 55 años, 32 de servicio y ni una sola mancha en el expediente. Tuve que ir a los Tribunales a pelear mis prestaciones. Ese golpazo me costó digerirlo, pero mi respuesta fue investigar más y publicar otros libros. Pensé: Como la vida me ha golpeado, voy a responderle con las mismas armas. Ahora voy a ser escritor de tiempo completo. ¿Qué qué pasó? ¡Mire cuántos libros! Después de 2 años y medio, me pagaron las prestaciones. 

Hace 7 años empecé mi programa Eres Inolvidable, que se transmite por Radio Nacional todos los domingos, de 8 a 9 p. m. Grabo uno por semana. Material tengo de sobra. A nosotros nos vendieron la idea de que la música nacional es pobre y mala, y no es así. Cuando uno se mete de lleno se da cuenta de que hay cosas extraordinarias, y que autores como Mario Chacón, Otto Vargas, Ricardo Mora y Ray Tico son de nivel internacional y no tienen nada que envidiarle a ningún compositor latinoamericano, así como cantantes de primer orden, como Rafa Pérez, Manuel Chamorro, Quique Guerrero, Ronald Alfaro y Gilberto Hernández. 

Crecí con la idea de que no teníamos grandes músicos, pero claro que sí los hay, y su producción tiene que ser revalorada. Creo que esta visión autodestructiva se sustenta, en parte, en el estereotipo que había del músico. Era terrible, era lo último.

Las familias trataban de evitar a toda costa que alguno de sus hijos se dedicara a la música. 

En Costa Rica tampoco tuvimos agencias de promoción, y no nos conocían en el exterior. La producción criolla pasó inadvertida simplemente por ese menosprecio. Muchos coleccionistas se lo preguntan. ¿Cómo es posible que una cantante como Julita Cortés sea costarricense? 

Tengo seis libros de investigación musical, hechos generalmente con financiamientos míos. Con una platilla pude levantar el Museo Virtual de la Imagen de la Música Popular Costarricense (mariozaldivar.com), aunque no me alcanzó para los pies de foto. La gente me hace muchas consultas. Doy charlas en universidades, bibliotecas, comunidades. Las fotografías me las fueron dando los mismos artistas, o me decían dónde podía conseguirlas, en una cadena interminable. No están encriptadas así que cualquiera puede usarlas, ¡qué caramba! Son unas 600 imágenes de músicos, artistas, orquestas, cantantes, compositores y salones de baile, de 1939 a 1965. 

Todos los días estoy de pie a las 5:30 a. m. Me paso la mañana trabajando en lo mío. Por las tardes, muevo la publicidad del programa de radio, o simplemente me regalo el placer de encontrarme con amigos en las viejas cafeterías de San José. Me gusta mucho caminar por la avenida Central, recorrer el Mercado, pasar por Chelles… Cruzar la “bohemiata”, dos o tres veces por semana, en busca de la conversación literaria o musical. Los personajes de esos gremios no se encuentran fácilmente. Mi equilibrio psíquico pasa por ahí. 

No tengo la ambición de tener una casa en la playa: no soporto el calor. 

Tampoco me interesa tener una quinta o algo así. Quiero viajar, no tanto por hacer turismo, sino para ir en busca de libros y de música. Mi futuro lo veo como escritor. Me interesa mantener la unión del núcleo familiar, pero con espacio para escribir. Me veo escribiendo novela negra e investigando. 

Solo necesito un carro que me mueva, porque las grandes cosas en sentido material, se lo digo sinceramente, me tienen sin cuidado. 




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