Registro Público Adián González Rizo

El muñequito

Han pasado 10 años desde que Adián González cambió La Habana por La Liga y, aunque su acento está intacto, dos hijos y un nuevo pasaporte le renovaron los cimientos. De Cuba solo se trajo lo necesario para continuar con su carrera como ilustrador editorial: su talento

Por María Montero 19 de setiembre, 2015

Fotos de Glorianna Jiménez

En un barrio de Centro Habana llamado Cayo Hueso hay un edificio que tiene 20 pisos, y ahí, en el cucurucho del departamento que se alza en la calle San José, entre Espada y Hospital, una de las habitaciones tiene un gran ventanal que da al Caribe. Hace mucho tiempo, cuando aún podía hacerlo, Adián se levantaba todas las mañanas dispuesto a ver el mar a través de los cristales, porque esa fue su ventana y ese fue su cuarto hasta el 14 de julio de 2005. 

“Simplemente me arrodillaba en la cama y podía ver la bahía y el Morro”, cuenta. 

Adián evoca su panorámica de La Habana mientras el centro de Alajuela, donde vive desde que se mudó de país, cae presa de la hora pico. En el atardecer del lunes que nos rodea es imposible encontrar la más mínima referencia de su relato, pero él muerde su sánguche de pollo con partes iguales de entusiasmo y resignación. 

“La primera vez que me desperté en este país fue muy duro. Cuando me asomé afuera de mi casa y, en vez del mar, lo que vi fueron los cafetales de Pollo Macho, a mí me dio algo, de verdá”. 

Adián padeció todas las versiones de ese algo, pero lo superó. Al cabo de 10 años de vivir en Costa Rica, Adián González Rizo ya es ciudadano costarricense, tiene dos hijos ticos –Mariel y Fabián– y un nombre propio como dibujante, historietista e ilustrador de libros para niños. 

El misterioso final de nada en particular es una aventura en la oscuridad y también su último libro publicado, hace mes y medio. 

“Es casi una broma”, dice Adián, tratando de explicar el argumento. 

Este es el cuarto libro que escribió e ilustró desde que vive en Costa Rica y que, como el resto de sus títulos, también publicó con una editorial de la casa: La jirafa y yo. 

El primer paso lo dio con Tres cuentos cortos para viajes largos; siguió con Abcdiablo y avanzó con El abc de Josefina. Sin embargo, libros suyos –proyectos de libros– tiene muchísimos más, solo que aún no los ha publicado, porque no es eso lo que le da de comer. 

No fue sino hasta el 2011 que se topó con un proyecto editorial a su medida. En ese entonces, La jirafa y yo empezaba a trasladar sus ideas al papel, y Adián colaboró en la mudanza como ilustrador independiente. 

Así empezó una de las mejores relaciones que ha tenido hasta la fecha. 

En los últimos cuatro años, Adián González se encargó de ilustrar más de 30 títulos de literatura para niños, entre libros suyos y de otros. 

Toda la colección Zoorprendentes, de Anne Señol, ha salido de sus manos.

“Esto es lo que me va a dar de comer en el futuro…”, explica Adián, tocando los libros de su autoría. “Y esto es lo que me da de comer en el momento”, agrega, rozando el resto de papales. 

A inicios de la década del 2000, el estilo de Adián homenajeaba a uno de sus ídolos, el director de cine Tim Burton, pero no se detuvo en esa influencia y su personalidad artística siguió evolucionando. 

Según qué proyecto, uno podría decir que sus ilustraciones evocan a Chagall, a Lempicka y a los vanguardistas de la antigua Unión Soviética, incluyendo los muñequitos rusos que ponían en la televisión cubana en horario infantil. 

Ni queriendo, Adián podría escaparse de esta última estación televisiva. “Esa es una de mis influencias más grandes: los animados rusos”, confiesa. 

Dibujó desde que era niño, e incluso llegó a plasmar alguno que otro Mickey Mouse, pero sin consecuencias graves. Rayar y copiar eran actividades prioritarias, capaces de interrumpir cualquier otra. 

“Lo que veía y me gustaba, lo repetía. Incluso en la escuela tenía problemas por eso, porque me rompían los dibujos”, cuenta.

Siempre fue un mal estudiante o, lo que es igual, pésimo para las matemáticas. Podía con todo lo que no fuera un número, pero no bastaba. “Repetí octavo grado por culpa de Super Mario”, confiesa, sin el menor arrepentimiento. 

Además, había impedimentos adicionales para que fuera un estudiante modelo, algo que Adián atribuye, en parte, a la herencia genética. “Mi padre es igual que yo –o yo soy igual que él, mejor dicho–, que no se queda callado. Cuando venían a joderlo, decía: El comunismo y yo no tenemos nada que ver”. 

Adián empezó a negarse a realizar tareas habituales para los estudiantes cubanos, como ir a la escuela del campo [una especie de granja donde los estudiantes realizan actividades agrícolas] o hacer “análisis de grupo” a la salida de clases. Sus respuestas, del tipo: Yo no le trabajo al gobierno, mi educación es gratis, no eran las más diplomáticas, políticamente hablando. 

Uno de los últimos episodios fue por un asunto del pelo. Él se lo estaba dejando crecer, pero en el colegio le prohibieron la entrada hasta que no se lo cortara. “Y como yo soy como soy, hice completamente lo contrario”, dice Adián. “Me corté el pelo al cero, que también en Cuba era un problema”. 

Su actitud insumisa, sumada a su discapacidad científica y a un talento natural para responderle a sus profesores –y no precisamente los exámenes–, no le ayudaron mucho durante el colegio, que arrastró como si fuera una carga, hasta que finalmente la soltó. 

La realidad es que Adián no dejó su educación: ella lo abandonó a él. 

“Todo eso me trajo muchas dificultades, al punto que creo que fui como el octavo en el escalafón de la escuela, de atrás pa’lante”, reflexiona. 

“¿Tú sabes qué fue lo que me quedó cuando terminé la secundaria? Hacían una lista de lo que tú querías y, en ese orden, te tocaba lo que te llegara. ¿Tú sabes qué fue lo que me llegó a mí?”, vuelve a preguntar, haciendo una pausa necesaria antes de la revelación... 

“Elaboración térmica de los metales”. 

Adián creció en una familia llena de hombres, con mamá y abuelas, pero sobre todo con papá, tíos, abuelos y primos varones. Una familia cariñosa y bulliciosa en la que, por cuestiones de espacio, había una inevitable cercanía emocional. 

“Vivíamos mis dos abuelos, mis tres tíos, mi papá, mi mamá y yo, todos en un apartamento de tres cuartos. Ahí nacieron primos con los que también jugué, porque soy el mayor de los primos: el primogénito del primogénito”. 

Curtió su infancia en dos de los barrios más bravos de La Habana: La Timba y Cayo Hueso. 


En el primero nació, un 25 de julio de 1976, y al segundo llegó con 10 años. Dice que ambos debían su mala fama al mercado negro, pero nada más: eran barrios buenos para crecer. 

“Por el nombre, ya tú te imaginas… Ahí estaban los solares, los negros, la guapería, el bisnes… Había gente peligrosa, pero en el barrio era todo tranquilo. Mi infancia fue de correr por el parque y subirme en las matas, jugando al escondido y tirando con tira piedras”. 

Rafael Herminio González Castro y Marta Rosa Rizo Alonso ejercieron la mejor de las influencias en su único hijo. Él como dibujante técnico, y ella como artesana, diseñadora y costurera. “Mi madre es una mujer que dejó la escuela muy joven y ya adulta sacó el noveno grado”, cuenta Adián, orgulloso. “Hoy por hoy es tremenda costurera, pero todo porque ella sola se lo propuso”. 

En un inicio, cada vez que le preguntaban qué tu vas a ser de grande, Adián respondía lo típico: Dibujante técnico igual que mi papá, pero cuando descubrió de qué se trataba aquel oficio, salió espantado. 

“Me dije: ¡Manda mierda ya no quiero dibujo técnico ni un carajo! ¡Pura medida y rayitas y paquí pallá! Lo asociaba con dibujo, aunque no era así”. 

Si hubiera que buscar algún responsable por las inquietudes artísticas de Adián, él cree que las medallas deberían ser para su abuela materna: Caridad Alonso. 

“Creo que es de donde mucho yo saqué. Ella es muy sensible y todavía está viva, tiene ochenta y pico de años... Escribía poesía, dibujaba, hizo teatro… Yo creo que por ahí saqué lo mío”. 

La palabra clave es “autodidacta”, porque su formación como ilustrador y artista plástico Adián se la debe a su propia curiosidad y perseverancia. 

Antes de cumplir la mayoría de edad, descubrió que eso que a él le gustaba tanto, dibujar, era en realidad un oficio increíble. 

Se dio cuenta de que la ilustración era una profesión con años de regar tinta por todo el planeta, y que estaba llena de maestros y estilos y posibilidades que no había imaginado. 

“En algún momento, un amigo de mi padre me enseñó una colección de historietas europeas para adultos… Un poco de cosas así, bien diferentes, y ahí fue donde me deslumbré. Tenía como 16 o 17 años”. 

Adián empezó a participar en encuentros de historietistas y, tras la elogiosa publicación de su primer trabajo en la revista cubana El Muñe (una historieta de una sola página, cíclica, que no tenía final) también se propuso vivir de eso, pero hacerlo fue mucho más difícil que desearlo. 


Deambuló por trabajos y oficios tan diversos como guía de pioneros exploradores y obrero en una fábrica de máquinas de refrigeración hasta que, finalmente, cayó en una asociación para artistas jóvenes –la Hermanos Saíz–, donde tuvo su primera exposición en el año 1998. Lo bello y lo horrible de la noche

Luego sobrevino un viaje a Chile, que lo entretuvo como 6 meses en Santiago, pero regresó a Cuba tan inocente, sin saber lo que le esperaba: su primer trabajo decente. 

Se alistó en una pequeña compañía de títeres de guante llamado La estrella azul, donde permaneció cinco años. 

Adián no solo diseñaba la escenografía y los muñecos, sino que también componía la música e interpretaba las canciones de los espectáculos, porque resulta que desde joven también había botado su tiempo aprendiendo a tocar guitarra. 

“Yo no actuaba, pero hacía presencia”, relata Adián, con una sonrisa de oreja a oreja. 

“Salía cantando como parte de la obra, aunque ellos me pidieron mil veces que actuara, porque decían que yo tenía talento. La pasábamos muy bien, ensayábamos con botella de ron y nos íbamos de gira por todo Cuba. Nos hospedábamos en hotelitos nacionales y conocíamos a gente de todas las provincias. Teníamos nuestro salario asegurado y lo hacíamos con amor”. 

Un día su mamá le recortó un anuncio que había salido en el periódico, donde la editorial cubana Gente Nueva, especializada en libros para niños y jóvenes, invitaba a todos los ilustradores a llevar sus carpetas y mostrar sus trabajos. Adián lo hizo y el flechazo fue mutuo. 

“Te vamos a llamar para un próximo libro”, le dijeron. Y no solo lo hicieron, sino que el título que le encargaron no fue cualquiera. Lo que sabe Alejandro, del escritor Andrés Pi Andréu, acababa de recibir el Premio Nacional de literatura infantil Edad de Oro. 

La encomienda significó 100 ilustraciones y la paga fue de 100 pesos cubanos por cada dibujo en blanco y negro, y 150 a color, así que con un solo trabajo, Adián se ganó el equivalente al salario de 5 años de su papá: unos 10 mil pesos cubanos. 

“Imagínate”, dice Adián. “¡Cuando el salario mensual promedio de esa época eran 200 pesos!” 

La sensación, dice Adián, rayó en el éxtasis mafioso. “El día que saqué la plata del banco y llegué con el maletín y tiré todos los billetes arriba de la cama de mi papá, me sentí como en las películas. Le dije a mi mamá: ¡Vieja, coge y cómprate un juego de muebles!” 

En un mismo año, el trabajo de Adián le significó a Gente Nueva un par de premios más así que, de ser la promesa de la Elaboración técnica de los metales, Adián González se convirtió en uno de los ilustradores más requeridos de la editorial. “Siempre tenía trabajo”, recuerda. 

Entre los dibujos y los títeres, la vida de Adián se había instalado en territorio artístico, hasta que un viejo amor costarricense le hizo una propuesta que no pudo –no supo, no quiso– rechazar. 

En el año 2004, cuando estaba a punto de volar a Ecuador con el grupo de títeres, la fotógrafa tica Xela Cabrera, a quien conocía desde el 98, le dijo que planeaba visitarlo a fin de año. El cuento corto es que la visita terminó en unión matrimonial pues, salvo esa vía, prácticamente no había forma legal de que Adián pusiera un pie en Costa Rica. 

 “La vida es una aventura”, resume. 

Con su vida en Costa Rica le pasó al contrario que con su vida de ilustrador freelancer: fue mucho más fácil hacerlo que desearlo. Adián pasó muchos años sin saber dónde acomodar su humanidad y cómo poder sacarle un beneficio a sus múltiples talentos. Su relación de pareja, como suele suceder, fue la que pagó el precio de la adaptación.

“Cuando llegué no tenía claro mi proyecto. No había prácticamente movimiento editorial, y yo, de tener tanto trabajo en Cuba pasé a no tener nada. Yo no quería empezar de cero y me empecé como a achantar. Fue un error mío, pero fue lo que me pasó, lo cual trajo problemas en el matrimonio, obviamente”. 

“Así, laboralmente, estuve mucho rato tirando piedras”. 

En los últimos 10 años, Adián se inventó una cosa por aquí y otra por allá, trabajando principalmente como artesano, comerciante y profesor de pintura, hasta que alcanzó cierta estabilidad con La jirafa y yo. 

“Aquí, la mayoría de ilustradores trabajan como diseñadores, pero yo no soy diseñador, soy ilustrador. Así que, aunque sea de a poco, en este momento estoy haciendo lo que me gusta, que es dibujar, escribir poquito y resolver las cosas visualmente”, explica. 

El nacimiento de sus hijos fue uno de los acontecimientos que terminaron de aclimatarlo. 

Aunque extraña a su familia con locura, se consuela pensando que, solo este año, Mariel y Fabián visitaron dos veces a sus abuelos de La Habana. 

“Este país, de gustarme, me gusta. Me tratan super bien. Aquí en La Liga conozco a todo el mundo. Donde vivo me dicen El cubano de Tacacorí. Y así me llevó la vida. Y me sigue llevando”. 




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